Cristal Munoz
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Cristal Munoz
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Cristal Munoz
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Entro al supermercado de mi vecindario y un aire helado me golpea la cara al abrirse las puertas automáticas. Instintivamente mi cuerpo me pide que me aleje de la zona de comida fresca y me vaya hacia las hileras, donde no hace tanto frío. Tomo un carrito y me hago la misma pregunta de siempre: “¿Y ahora para donde?” Mis ojos miran de lado a lado mientras mi mente hace una lista mental de lo que necesito comprar. A mi izquierda esta una montaña de manzanas en la sección de la fruta y enfrente, una hilera con un cartel que dice “Comida Preparada” atrae mi mirada. Sin darme cuenta el carrito de compras se empieza a dirigir hacia la hilera, dejando atrás las manzanas. Mi mente inconsciente toma en cuenta mis pies cansados por un largo día de trabajo y se pregunta: “¿Para que comprar ingredientes frescos cuando puedo comprar comida preparada?”
Quizás sea esta distinción (Ingredientes vs. Comida) la cual causa que tantos compradores se vayan derechos hacia las hileras, pasando por alto la sección de comestibles frescos. Desafortunadamente, nuestro cuerpo si sabe hacer la distinción entre los dos tipos de comida y te lo deja saber muy claramente con agruras, estreñimiento y todos esos problemas de salud que son leves pero molestos. Como consultora de nutrición, no me canso de decir que el cuerpo necesita comida de verdad todos los días, es decir, comida que aporta nutrición.
Una porción de sopa enlatada de verduras tiene tan solo el 10% de valor nutricional que tendría una porción de esas mismas verduras crudas. Nos encontramos entonces, con que la comida enlatada y envasada por muy conveniente que sea, no es un verdadero substituto a la comida fresca ya que no aporta suficientes nutrientes para mantener una
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