Camino de visita a un amigo enfermo y antes de entrar a su casa mi atención se dirigió hacia la casa situada en la acera del frente; estaba adornada hermosamente con muchas luces, ciertamente la decoración de esta casa le daba a todo el lugar una sensación diferente; allí atreves de la ventana se veía un árbol de navidad grande lleno de luces y adornado con esferas de cristal y al lado de este, apenas se podía ver, la silueta de una mujer. Su mirada melancólica se dirigía impávida hacia la calle. Esta escena despertó en mí un sentimiento algo diferente, como si pasara de la alegría a la reflexión repentina. Entre a casa de mi amigo y permanecí casi dos horas de visita. Al salir no pude evitar dirigir mi mirada a la casa iluminada, allí estaba aún la mujer anciana, con su mirada perdida hacia la calle. Sentí unas ganas inmensas de acercarme y desearle feliz navidad pero solo me conforme con mover mi mano en señal de saludo.
Esta escena desvelaba ante mí una realidad presente en todas las navidades, una extraña mescla de luz y melancolía, de alegría y tristeza, de gozo y desesperanza. Esta situación no es algo querido, deseado o causado por Dios. Esto es el resultado de la actitud y las acciones de algunos seres humanos que por orgullo, indiferencia, individualismo, envidia y en resumen por su pecado y el mal uso de la libertad traen como consecuencia el dolor y el abandono de otras personas.
En un contexto muy similar, hace más de 2000 años aparece el mensaje de gozo y libertad que trae el nacimiento del Mesías. Ya desde antiguo los profetas, especialmente Isaías (Isaías 35, 1- 6ª,10) hablaron de la llegada del Mesías que cambiaría la tristeza en gozo, daría la libertad a los autivos, sanaría las heridas del alma y del cuerpo, vendría a dar la luz y la fuerza los que vivían en oscuridad y desfallecían. La vida de Jesús habla de una buena noticia, Él es la buena noticia para los pobres, Él es el evangelio real y vivo. Así asegura a Juan el bautista que El es el enviado de Dios, el Mesías Salvador (Mateo 11, 2-11).
Alguien me decía, “si Jesús ya vino a cambiar el mundo ¿porque hay tanto sufrimiento y la navidad no es lo mismo para todos? ¿Porque en su país hay tanta devastación por
el invierno, especialmente en navidad? Mi respuesta para ella es dirigida a todos ustedes que leen este artículo: Como dije antes, Dios no es la causa ni quiere que esto pase. La gente que sufre por causa del invierno en mi país son los pobres que tiene que construir sus humildes casas al lado de las riveras de los ríos o en colinas no aptas para construir, simplemente porque fueron engañados porque no tenían lo suficiente para comprar un terreno apropiado; mientras los ricos no tiene la preocupación que el agua del rio les moje la carpeta. Dios no tiene la culpa de la soledad de la señora anciana que mira atreves de su ventana, Dios no tiene la culpa que familias enteras sean divididas por la injusticia causadas por vacíos legales de inmigración unido a la vergüenza del racismo. Dios no es culpable del padre bebedor y drogadicto que se dedica a amargarle la navidad a su familia, o del accidente causado por el joven inmaduro e irresponsable que piensa que las calles son una pista de carreras.
Lo que si bebes saber es que los cristianos tenemos un mensaje de esperanza para todos, especialmente para los pobres, los que sufren y los que esperan un mundo mejor. Ellos y ellas son los preferidos de Dios. Dios cambiara su llanto en alegría y la Paz y la justicia llenara la tierra y ellos serán los primeros en ver la salvación de Dios. Amigos ágamos de esta navidad una experiencia de Dios para todos que nos trae felicidad.
Feliz Navidad.