La Voz Hispanic News - Latino newspaper for Washington and Oregon - Periodico Hispano
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La semana pasada les invitaba a reflexionar en la pregunta: ¿soy prójimo de quien? Seguramente no fue fácil responder, y no es culpa ni suya ni mía, el problema es que cuando se vive en una sociedad materialista y superficial poco importa las cosas del alma. Por eso el sufrimiento se quiere ocultar por miedo al que dirán o porque después de tanto gritar nadie escucha las voces de angustia. Pero ahí están, al borde de nuestro camino, los golpeados y maltratados por la vida o por los ladrones de sueños y bandidos que roban la dignidad, el tiempo y la esperanza, como el hombre golpeado y abandonado en el camino de Jerusalén a Jericó. Creo que esta parábola de Jesús sobre el Buen Samaritano es una de las más conocidas, al igual que la parábola del Hijo prodigo. Las dos tiene mucho en común y las dos revelan el corazón de la misericordia. En la parábola del buen samaritano se revela el corazón del hombre o la mujer de buena voluntad que se siente impulsado a acudir en ayuda del desvalido, abandonado, golpeado, maltratado y despojado de todo. En la parábola del hijo prodigo, Jesús revela, el corazón del Padre que ama sin limites y espera sin limites, el Padre que abre sus brazos para abrazar al hijo que había rechazado su amor y dejándose seducir por la falsedad de una vida superficial e irresponsable se da cuanta que para vivir necesita estar al lado de quien le ama. El corazón del buen samaritano, tiene mucho en común con el corazón del Padre de la parábola del hijo prodigo. Es mas, creo que el Padre de la parábola del hijo prodigo inspira los sentimientos del samaritano. Leyendo detalladamente las dos escenas vemos que compartes los mismos sentimientos: Lo vio de lejos, se acerco, sintió compasión, misericordia, ternura, lo abrazo, lo curo, lo lleno de besos, lo subió en su animal, cuido de él, hizo fiesta, pago sus cuidados, le devolvió la dignidad, etc. Así debe ser el corazón del discípulo de Jesús, como el buen samaritano, inspirado por el amor y la misericordia del Padre que movido por amor levanta al hijo desfallecido. Ayudar con misericordia no es un acto de filantropía simplemente, es un acto de fe donde no solo ayudamos sino que nos hacemos próximos, cercanos, hermanos y amigos del que ha sido maltratado y golpeado por las consecuencias del pecado de los que viven en la maldad o por malas decisiones que se hayan tomado.
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