La Voz Hispanic News - Latino newspaper for Washington and Oregon - Periodico Hispano
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En el último capitulo del evangelio de san Juan (Jn. 21, 1-22), el evangelista nos habla del encuentro de Jesús resucitado con algunos de sus apóstoles en el lago de Tiberiades. Ha terminado la jornada de pesca sin frutos; sin embargo, la faena no termina sin el último intento inspirado por Aquel a quien el discípulo amado reconoce como el Señor. Luego de la pesca milagrosa, junto a las brazas preparadas por el Señor, se sientan, comen, lo tocan y hablan con Él. No están frente aun fantasma (los fantasmas no comen, ni tienen huesos y carne -Lucas 24- ). En esta conversación bien detallada en el evangelio Jesús se dirige a Pedro con palabras que cambiaran para siempre la vida del apóstol. Después de vivir la experiencia del miedo que venció el amor y la fidelidad de Pedro llevándolo a negar a quien había prometido de seguir hasta la muerte, Jesús reafirma su amor y confirma el amor de Pedro al preguntar tres veces si lo amaba. Ante la infidelidad, el miedo y el pecado, cada uno de nosotros podríamos ponernos en el lugar de Pedro tomando las pregunta de Jesús como nuestra: ¿María, Guadalupe, Jorge, Jessica, Ricardo, Juan, Manuel, Gloria,… tu me amas? La respuesta a esta pregunta es definitiva para medir la autenticidad de nuestra fe. No todo el que cree ama y todo el que ama cree. Creer no es en si mismo sinónimo de fe, compromiso y coherencia de vida. Personas que dicen creer e incluso se identifican con grupos religiosos y no se vinculan activamente con la vida de su comunidad, no siguen los compromisos morales que exige la fe y hasta critican y juzgan a los demás por sus manifestaciones de fe. Son tantos los que dicen creer en Dios pero viven como si Dios no existiera. Por otro lado creer sin amor conduce al fanatismo y la falta de tolerancia. Una cosa es clara, solo con creer no basta. Profesar la fe en Jesús exige que El Señor este en el corazón (Romanos 10,9), en otras palabras, hay que amarlo. La fe vinculada al amor es viva, activa, dinámica, coherente, diligente y comprometida. En el dialogo de Jesús y Pedro se revela otro componente ineludible de la verdad. Está en la última respuesta de Pedro ante la pregunta ¿tu me amas? “Señor tu lo sabes todo, tu sabes que te quiero”. Para que no haya dudas Pedro recurre al conocimiento sin límites del amor de Dios. Él lo sabe, no se puede engañar a Dios, El sabe si de verdad lo amamos. Además, el amor a Dios se manifiesta en el cumplimiento de la misión. Cumplimiento que el mismo Jesús revela con las palabras dirigidas a Pedro antes de separarse de los otros apóstoles. La muerte con que Pedro daría gloria a Dios es sin lugar a dudas la mayor prueba de amor de Pedro, que en ese momento solo Jesús conocía. El amor a Dios es para Pedro el motor que impulsa su misión de apacentar las ovejas de Dios. Lo mismo que para un padre de familia debe ser el motor para cuidar, proteger y proveer lo necesario a su familia en nombre del Señor Jesús. El amor que alimenta la fe puede lograr un cambio profundo en la vida de las personas. Creer en Dios como un concepto mental no garantiza familias fortalecidas y unidas, el amor si lo y pone la fe en el corazón, en la mente y en los labios.
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