Esta semana tuve una conversación muy bonita con algunos niños y niñas de mi comunidad sobre lo que se necesitaba para estar en el cielo junto a Diosito. Como siempre admirado por las respuestas y la fe inocente de estos pequeños me convencía más de que el reino de Dios es para los que son como niños (Mateo 19,14). Luego en una reunión en la misma tarde, poco antes de comenzar una señora algo confundida me compartía sus sentimientos de tristeza e impotencia al no poder comprender porqué en las últimas semanas tantos miles de personas morían a causa de los desastres naturales.
Consideré apropiado hablar un poco sobre el tema e hice la misma pregunta que hice a los pequeños. Encontré muchas respuestas como: cumplir los diez mandamientos, amar a Dios, portarse bien, tener fe, cumplir la voluntad de Dios, etc. Todo esto es muy cierto solo que falto una cosa, que ni los pequeños ni los adultos nombraron y que aunque no depende de nosotros si es necesaria para llegar al cielo: Morir, si amiga o amigo lector, tenemos que morirnos (Juan 12,24). Pocas veces tenemos conciencia de que algún día vamos a partir de este mundo y que aquí solo estamos de paso, peregrinos que llegamos a este mundo sin nada y lo dejaremos sin llevarnos nada (Eclesiastés 5,14), solo frutos que nacieron del amor, de la fe y la caridad.
Saber que en algún momento el viaje terminará y abandonaremos el tren de esta existencia nos da una luz para aceptar lo que esta pasando. Es normal que aparezcan muchos charlatanes dando explicaciones fatalistas o apocalípticas (sobre el fin del mundo) o hablando de castigos divinos aprovechando la confusión que deja la muerte. Con humildad y reverencia frente a la tragedia que están viviendo los pueblos de Haití, Chile, Turquía, etc. Les invito a reflexionar en el evangelio de san Lucas 13, 1-9: aquí Jesús para evitar interpretaciones tendenciosas y mentirosas de la gente, pone delante de ellos dos tragedias que cobraron vidas humanas: una la masacre de los galileos acecinados por Pilato y otra el accidente de la caída de la torre de Sileo que mato 18 personas, en cada caso Jesús deja algo claro, “ustedes creen que los que murieron eran más pecadores que los demás galileos o todos los que viven en Jerusalén. “ De ningún modo” - dice
en Señor. Aquí el problema no es si por que eran pecadores fueron acecinados o fueron victimas del accidente, el problema es que la muerte les puede ocurrir a ustedes también en cualquier momento como aquellos y podrían no estar preparados. En los versículos siguientes Jesús cambia el foco de atención de quines lo escuchan proponiéndoles una parábola sobre un árbol de higos. Con este ejemplo Jesús pone a sus oyentes a reflexionar sobre sus vidas y muerte. Ellos son el árbol de higos. Cambia la pregunta de porqué murieron aquellos al porqué ellos están vivos y como estará su vida cuando llegue el momento de la muerte. Mientras el jardinero limpia, abona y cuida el árbol para que no sea arrancado, el dueño espera pacientemente sus frutos. El árbol somos nosotros que no hemos sido arrancados de esta vida, el jardinero es el Espíritu Santo que con Jesús cuida cultiva y alimenta (en la Eucaristía) El Padre es el dueño que espera recibir los frutos de los que cambiaron su camino y viven rectamente Ante el drama del sufrimiento y de la muerte no hay explicaciones facilcitas y desalentadoras, como cristiano afirmo que ante estas realidades esta la esperanza que nos pone frente Aquel que venció a la muerte y nos prometió la vida eterna.
Recordemos que Dios es un Dios de vivos no de muertos (Lucas 20, 37-38).