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Maria Marín
Mujer Saludable

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El fin de semana pasado celebramos en mi casa el séptimo cumpleaños de mi sobrina Alexandra. Como no tengo hijos, ella es mi adoración. Soy una tía súper consentidora, por eso contraté a un mago, renté un castillo de aire para que los niños brincaran, traje piñata, columpios y todo lo necesario para que Alexandra tuviera un día inolvidable.

Mi hermana Liza, mamá de Alexandra invitó a la fiesta a un compañero de trabajo. Este muchacho llegó con su hijo Jorgito, quien tiene 10 años y padece del Síndrome de Down. Me conmovió mucho conocerlos, ya que este señor es papá soltero y cría a Jorgito y a su hermanita solo.

Asumí que padres en esta situación siempre temen que sus hijos sean víctimas del rechazo, entonces por esta razón decidí dedicarle más atención a Jorgito que a los otros niños. Cada vez que le pasaba por el lado le expresaba cariño ya fuera tocándole el cabello, haciéndole cosquillas o diciéndole con una sonrisa "Hi, Jorgito!". Como los niños aprenden con el ejemplo, mi conducta motivó a otros chiquillos a hacer lo mismo. Poco a poco Jorgito se fue integrando a la fiesta hasta que su condición no era un obstáculo y se convirtió en un niño más de la celebración. A tal punto que luego de soplar las velas del pastel y mientras mi hermana repartía unas bolsitas de dulces y juguetitos para cada invitado, un niñita le indicó muy preocupada "¡Jorgito no tiene bolsita!".

Al día siguiente cuando mi hermana Liza llegó a la oficina, el papá de Jorgito, con lagrimas le dijo: "Gracias por invitarnos…es la primera vez que mi hijo va a un cumpleaños y otros niños lo aceptan y le prestan atención. ¡Ayer pasamos el día más feliz de nuestra vida!".

Lo que más me asombró de éste incidente es que yo organicé esta celebración con el propósito de que mi sobrinita disfrutara el día más feliz de su existencia. Poco imaginé que sería el día más feliz en la vida de dos extraños que posiblemente, nunca más vuelva a ver. Realmente la vida nos da sorpresas.

Este suceso me enseñó que no debemos subestimar nuestras acciones de amor. Un gesto sencillo puede tocar profundamente el corazón de otra persona y traerle felicidad. A veces sólo basta con una sonrisa, un abrazo o escuchar.

La próxima vez que te topes con una viejita lenta,
un deambulante o alguien con una discapacidad, muestra tu compasión y aprovecha la oportunidad para hacer una diferencia en tu vida y la de otro.

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