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Jorge Ramos
Periodista Internacional

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No puedo dejar de pensar que mi papá estaría hoy vivo si no hubiera fumado tanto. Estoy convencido de que el cigarrillo lo mató.

Aquel olor...

Cada año que fumó le quitó uno de vida. Habría llegado a este día del padre con 77 años. Pero ahora me tengo que conformar con recordarlo en fotografías y en olores. El recuerdo más nítido que tengo de mi padre es el de sus largos bigotes picándome el cachete, cuando se acercaba a darme un beso, y luego me abrazaba ese olor inconfundible a humo de cigarrillo y loción.

Qué terrible que aquello que lo mató –el humo- sea también lo que más rápidamente lo trae a mi mente. Hay veces en que voy caminando en un lugar público y, de pronto, la mezcla del humo del cigarro y el perfume de otras personas me obligan a detenerme buscando a quien, yo sé, ya no está ahí. Pero ese olor lo reaparece en mi mente y, por un breve instante, vuelvo a estar con él.

Mi papá nunca conoció a mi hijo Nicolás y se perdió de verlo jugar en los torneos de fútbol. Y apenas pasó unos años con mi hija Paola, pero se perdió su ceremonia de graduación de la universidad hace unas semanas.

Todo por fumar (y, tengo que reconocerlo, también por una infalible dieta de carne, huevos, pan, mantequilla y tocino que, aunada a una total falta de ejercicio, le reventó tres veces el corazón). Cuando mi padre empezó a fumar no había tanta conciencia sobre los peligros del cigarrillo. Y menos aún en México. Fumaba frente a mí y mis hermanos y jamás se le ocurrió a nadie que ese humo nos ennegrecía también los pulmones.

Fumar era “padre”. Tanto que de niños nos llevaban a una dulcería donde nos compraban cigarros de chocolate. Y mientras nos los comíamos a mordidas, pretendíamos fumar, echando aire, al igual que la mayoría de los adultos que nos rodeaban.

El recuerdo es un poco difuso, pero una vez mi padre me dejó darle una inhalada a uno de sus cigarrillos sin filtro. El sabor me pareció asqueroso y tosí por un buen rato. El efecto fue el esperado: nunca más en mi vida me acerqué al tabaco. Y ahora lo odio por haberme quitado los mejores años con mi papá.

Hace ya 45 años que el Asesor Nacional de Salud de Estados Unidos advirtió que el fumar causaba
cáncer de pulmón. Bueno, yo creo que nunca le avisaron de eso a mi papá en México y a millones de fumadores en toda América Latina. Los pulmones latinoamericanos siempre han sido subestimados por la industria tabacalera. Ellos venden donde los dejan. Y como nuestros gobiernos han recibido a cambio millones de dólares en impuestos, las empresas cigarreras han podido aniquilar con impunidad a cuanto fumador quede enganchado por la nicotina.

La historia se repite. El congreso de Estados Unidos acaba de aprobar una nueva ley que, por primera vez, le otorga al gobierno la autoridad de regular la industria tabacalera. Ahora la Administración de Alimentos y Medicinas (FDA) reducirá los niveles de nicotina en cada cigarrillo, prohibirá los sabores artificiales y controlará aún más las campañas de mercadotecnia y publicidad.

La nueva ley no es todo lo deseable pero es bastante. El fumar mata a 400 mil personas en Estados Unidos cada año, según el Centro para el Control y Prevención de las Enfermedades.

Y el objetivo de esta nueva ley es muy sencillo: que el tabaco mate a menos gente. De nuevo, los pulmones norteamericanos estarán un poco más protegidos que los mexicanos, los europeos o los chinos. Si mi padre hubiera sabido a tiempo del veneno que se estaba metiendo de joven ¿hubiera dejado de fumar? No lo sé. En los últimos años de su vida sí dejó de fumar pero ya era demasiado tarde; sus venas y arterías eran de cartón.

Lo extraño horrores. Siento que me hace más falta ahora que cuando yo era niño. Y lo entiendo mejor. Quizás porque me acerco peligrosamente a la edad en que el tabaco lo ahorcó.

Siempre he tenido la impresión que la verdadera vocación de mi padre fue la magia, no la arquitectura. Su cara se iluminaba cuando nos hacía trucos de magia y le encantaba desaparecer monedas y sus propios dedos ante los atónitos ojos de cualquier niño.

Y su dolorosa despedida tuvo, sin duda, algo de magia. Al final, mi papá se fue en el humo.

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