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Jorge Ramos
Periodista Internacional

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Es difícil poner en perspectiva la euforia que está causando, en Estados Unidos y en el resto del mundo, el inicio de la presidencia de Barack Obama. Dos cosas la explican: una terrible crisis económica mundial y la personalidad de un hombre, muy joven, que nos asegura que el futuro será mejor. La promesa de Barack es casi religiosa. Más que caudillo, Obama se nos presenta como un salvador (de trabajos, de casas, de la paz, de los derechos humanos, de las causas más justas). Y, la verdad, será imposible que satisfaga todas las expectativas que han sido puestas sobre él

Pero eso viene después. Ahora es el momento de la fiesta, del cambio, de echar a volar los papalotes y las esperanzas.

Este momento me recuerda mucho el entusiasmo que presencié en Alemania tras la caída del muro de Berlín. Era noviembre de 1989 y tenía la clara sensación de que el mundo, ahí mismo, estaba cambiando. Con cada martillazo en ese muro (construido en 1961) se caían los cimientos de varias dictaduras en Europa del Este y de décadas de represión.

Todav√≠a tengo como recuerdo los pedazos de ese muro que personalmente arranqu√© con un cincel. De la misma manera, tengo en mi i-phone fotograf√≠as de la campa√Īa del primer afroamericano en ganar la presidencia de Estados Unidos. No deja de ser incre√≠ble que Barack Obama vive en una casa que fue constru√≠da, en parte, por esclavos afroamericanos hace m√°s de 200 a√Īos. Esta es, para m√≠, la se√Īal m√°s clara de progreso.

Estados Unidos, en una elecci√≥n, corrigi√≥ un error de siglos. S√≠, sigue habiendo racismo y discriminaci√≥n en este pa√≠s. Pero la lecci√≥n de Obama a todos los ni√Īos norteamericanos es que si √©l pudo, cualquiera puede tambi√©n. (Dudo, sin embargo, que esta lecci√≥n se pueda aplicar en muchos otros pa√≠ses.)

La toma de posesi√≥n de Obama me recuerda, tambi√©n, la alegr√≠a de millones de mexicanos cuando perdi√≥ el Partido Revolucionario Institucional (PRI) la presidencia en el 2000. El z√≥calo de la capital era un grito. Terminaban 71 a√Īos de gobiernos criminales y autoritarios.

Siempre pensé que me moriría con el PRI en la presidencia, pero no fue así y celebré jugando futbol en pleno zócalo. Nadie me dijo nada. Al contrario, muchos se sumaron al partido, mientras la policía miraba incrédula.

Y cuando Vicente Fox, el candidato del Partido Acción Nacional, salió a reconocer su extraordinaria victoria, la gente le gritaba: “No
nos falles‚ÄĚ. Seis a√Īos despu√©s, valga la reflexi√≥n, Fox le fall√≥ a muchos mexicanos. Fue mucho mejor candidato que presidente. Pero ese 2 de julio del 2000 cambi√≥ la historia y a√ļn lo recuerdo. Con Barack est√° pasando algo parecido aunque, a diferencia de Fox, las expectativas se extienden a todo el mundo. Hay tanta gente que ha perdido su optimismo en el futuro que Barack se nos aparece, a veces, como un mago que cumple deseos.

Este es, hay que decirlo, el mejor momento de Obama. Es antes de que empiece a tomar pol√©micas decisiones, se convierta en humano y regrese a la tierra. Y es justo despu√©s que dejamos atr√°s a un presidente sumamente incapaz e impopular. George W. Bush es el peor presidente de la historia, desde que se empezaron a hacer encuestas. La esperanza es que Barack sea borr√≥n y cuenta nueva. Porque Bush deja un terrible legado: un ataque terrorista que lo tom√≥ por sorpresa, la promesa incumplida de capturar a Osama bin Laden, una guerra en Irak que comenz√≥ con mentiras, la peor recesi√≥n econ√≥mica en 8 d√©cadas, la triste imagen de un gobierno que permiti√≥ la tortura, la incapacidad de un l√≠der que no supo c√≥mo rescatar a los suyos tras el paso del hurac√°n Katrina, y la era m√°s antiinmigrante que ha tenido Estados Unidos, basado en el n√ļmero de redadas y deportados.

El lugar de W, ahora est√° claro, siempre fue en un rancho de Texas y no en la Casa Blanca.

Pero ahora es el momento de ver hacia delante. Obama ofrece un momento de cambio que ocurre, a lo mucho, un par de veces por generación. El reto es gigantesco. Recuerdo perfectamente el momento en que Barack salió por televisión a reconocer su victoria sobre John McCain el pasado 4 de noviembre. No sonreía. Estaba taciturno. Era un hombre que, en ese preciso momento, parecían salirle sus primeras canas.

Atr√°s hab√≠an quedado las promesas de campa√Īa y, de pronto, estaba escuchando el clamor de los que lo eligieron. El sab√≠a que le dec√≠an: "No nos falles".

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