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Jorge Ramos
Periodista Internacional

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La crisis económica en Estados Unidos es tan grande que no basta un presidente para enfrentarla. Se necesitan dos.

Luego de ganar la elección (del 4 de noviembre), Barack Obama trató de tomar el camino diplomático y dijo que en Estados Unidos sólo había un presidente a la vez. George W. Bush agradeció el gesto y rápidamente lo invitó a él y a su esposa Michelle a la Casa Blanca.

Pero la crisis económica fue creciendo y Bush, otra vez, ya no pudo solo. La bolsa de valores de Nueva York se desplomó por debajo de los 8 mil puntos. Y varias compañías esenciales para el país -AIG, Citigroup, Ford, General Motors, hryslyer…- se colocaron al borde del recipicio.Lo increíble y escandaloso es que los ejecutivos a cargo de estas y otras empresas fueron muy listos para convertirse en multimillonarios y muy tontos para sacar adelante a sus compañías. Esta es una crisis que llevaba años cocinándose y que nadie vio venir.

Bush, mientras tanto, gobernaba a oscuras. Su gobierno se ha caracterizado por una casi absoluta falta de supervisión financiera. El mensaje del gobierno bushista a Wall Street era clarísimo: hagan lo que quieran que nosotros no estamos viendo. Así, se hicieron inversiones basadas en préstamos hipotecarios destinados al fracaso. La fiesta duró hasta que llegó el momento de pagar.Cuando John y Sandra no le pudieron pagar al banco por la casota que compraron, comenzó la crisis. A John y Sandra se sumaron Alberto y Alejandra. Y luego, poco a poco empezaron a evaporarse unas extrañísimas inversiones -que muy pocos entienden- y que estaban basadas en la errónea suposición de que John, Sandra, Alberto y Alejandra iban a pagar sus préstamos al banco. Grave error. Así se vino abajo el tinglado.

Más de tres millones de personas han perdido sus casas. Hay más de siete millones de personas que le deben más al banco que el valor actual de sus viviendas. Más de un millón de personas han perdido sus empleos este año. Muchos más seguirán. Y Bush, la verdad, no parece saber qué hacer. Le urge irse a su rancho en Texas.

Bueno, su solución temporal ha sido tratar de arreglar el problema echando dinero por todos lados. Me recuerda a esos padres prepotentes y complacientes que, cuando su hijo se mete en problemas con la ley, se aparecen en la estación de policía con la chequera en mano para liberar al heredero.

La
fórmula del rescate de Bush es muy simplista. ¿Perdiste dinero? No te preocupes. Yo te lo regalo. O te lo presto y ya luego verás cómo pagármelo.

El problema es que el plan de rescate de Bush no ataca el origen de la crisis ni ayuda directamente a la gente que está perdiendo sus casas. Y así como han estado a punto de desaparecer la aseguradora AIG y Citigroup, otras empresas más, grandes y pequeñas, corren el riesgo de seguir el mismo y tenebroso camino. Pero lo más grave de todo es que Bush está disponiendo de, literalmente, montañas de dinero como si fuera suyo. En realidad es de todos los que pagamos impuestos en Estados Unidos. No sólo eso. Está endeudando a los hijos de nuestros hijos. Y cuando ya no sabe de donde sacar, se pone a imprimir billete verde como si fuera de papel. Su legado está tapizado de errores.

Bush obtuvo la aprobación del congreso para gastarse la alucinante cifra de $700 mil millones en el rescate financiero y no funcionó. Luego dijo que se gastaría otros $800 mil millones más (para préstamos y pequeños negocios) y seguían las dudas. Y es aquí cuando viene Obama al rescate.

Por más que dijera que no quería que hubiera dos presidentes a la vez, Obama tuvo que entrar en escena. Si esperaba hasta enero, podría haberse encontrado un país hecho polvo.

No es que Barack sea un profeta ni un mago, pero tiene un don especial para medir bien los tiempos políticos. Lo hizo durante la campaña presidencial al ganarles a Hillary Clinton y a John McCain, y en esta crisis financiera lo ha vuelto a hacer.

Obama nos anunció, en tres conferencias de prensa consecutivas, lo que él haría al llegar a la Casa Blanca y nos presentó a los expertos financieros, que saben mucho más que él, y que lo ayudarán a salir de este caos. Obama vendió confianza. Y sólo entonces se calmaron los mercados. La gente lo oyó y le creyó.

¿Quién le cree a Bush?

Credibilidad. Eso es lo que tiene Obama y que no tiene Bush. ¿Cómo creerle a Bush cuando se inventó una guerra diciendo que había armas de destrucción masiva en Irak y luego no aparecieron? ¿Cómo creerle a Bush cuando dice que su gobierno no condona la tortura y luego aparecieron las imágenes de los abusos en la cárcel de Abu Ghraib? ¿Cómo creerle a
Bush cuando dejó que Nueva Orleans se ahogara?

Para muchos norteamericanos, ya no es posible creerle una sola cosa más al presidente más impopular de la historia moderna de Estados Unidos. Por eso, aunque Barack Obama no tome posesión hasta el 20 de enero, ahora este país tiene dos presidentes, actuando y tomando decisiones al mismo tiempo.

Y se necesitan dos, porque uno ya casi no sirve.

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