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Jorge Ramos
Periodista Internacional

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La imagen me mató. La tengo clavada en la mente. Es la de uno de los hijos del recientemente fallecido Secretario de Gobernación, Juan Camilo Mouriño, besando la foto de su padre durante el entierro. Iván tiene 6 años de edad. Esa imagen -de incertidumbre, temor, pesimismo, tristeza- refleja el momento que está viviendo México. Para el gobierno del presidente Felipe Calderón es muy importante demostrar que la caída del Learjet 45 –en el que iba Mouriño, un ex fiscal antidrogas y otras siete personas- no fue un atentado de los narcotraficantes. El asunto va más allá de la pérdida de su amigo y principal asesor.

Es una cuestión de percepciones y de poder.

En lo que se confirma oficialmente dentro de 11 meses cual fue la verdadera causa de la caída del avión, Calderón no quiere dejar abierto a la especulación la teoría de que los narcos le mataron al segundo hombre más poderoso del país. Pero el problema es que muchos mexicanos sospechan de lo que dicen las autoridades porque, en realidad, los narcos sí podrían haber ocasionado la caída del avión.

Este es el punto clave: no importa por qué se cayó el avión, sino que los narcos, perfectamente, lo pudieron haber hecho. México está tan vulnerable y hay tantos vacíos de poder en el país, que ya nada parece imposible para los criminales.

¿Sabotaje o accidente?

La respuesta, en realidad, no tiene mayor relevancia. Da lo mismo si fue un error humano (como parecen sugerir todos los hallazgos hasta ahora) aunado a la turbulencia causada por el avión que le precedía, o falta de mantenimiento del avión, o que alguien desatornillara parcialmente uno de los motores antes del despegue. Lo importante es que los mexicanos tienen la impresión que los narcos pueden, por igual, tumbar un avión que poner granadas en el centro de Morelia en medio de una fiesta patria y decapitar impunemente a decenas en la frontera. El país está patas p'arriba. La criminalidad ha cambiado la forma de vida de los mexicanos. Un ejemplo. Una familia mexicana con quien conversé el fin de semana, no permite a sus hijos meterse a esos portales sociales de internet que utilizan los jóvenes en todo el mundo, ante el temor de que posibles secuestradores sepan qué están haciendo y qué lugares frecuentan. Y sé de otras familias en México que toman precauciones similares. Eso no pasa en otros países.

Un
par de horas en el zoológico de la capital mexicana tampoco me devolvieron la confianza de que las cosas mejoran. Lo encontré triste; pocos animales en muy poco espacio y en condiciones que no son óptimas. Entiendo que es lo mejor que se puede hacer en un zoológico citadino donde no se cobra la entrada. Y estaba repleto. De hecho, no escuche ni una sola queja en mi visita. Pero es quizás la falta de verdor en las instalaciones y de energía en los animales lo que me impactó.

La ciudad de México, de día, a secas y en tierra, puede doler. Pero de noche y en el aire es espectacular. En una noche abierta o después de llover, la ciudad ofrece todas las promesas.

"Mexico es oro" le dijo entusiasmado su hijo a una amiga mía al ver los millones de luces poco antes de aterrizar en el aeropuerto de capital de la república mexicana. El problema está al bajarse del avión.

Aún detecto en los habitantes de la ciudad ese cierto pesimismo que me orilló a irme hace 25 años. Basta con preguntarle a cualquier mexicano si hoy estamos mejor o peor que antes. Si a los altísimos niveles de inseguridad por los crímenes y secuestros le sumamos la falta de empleos bien pagados y el espectro de una prolongada crisis económica mundial, no es difícil entender por qué medio millón de mexicanos se van a Estados Unidos cada año.

El avionazo del pasado 4 de noviembre solo alimenta ese clima de pesimismo. Por las razones que quieran, ni siquiera la vida de Mouriño (de 37 años de edad) estaba a salvo.

"Era como una guerra", me dijo una amiga al describir el paso de helicópteros, ambulancias y patrullas sobre la avenida Reforma poco después de la caída del avión del Secretario de Gobernación. Nadie sabía qué pasaba. Todos estaban asustados.

Estados Unidos, con el nuevo presidente Obama, por fin está viviendo un momento de esperanza luego de 8 años terribles. Pero yo no siento ningún tipo de esperanza en México ni sé de ningún líder que inspire confianza en el futuro. ¿Dónde está el Obama mexicano?

Luego del entierro de su padre, Mary Gely, la hija de Mouriño de 9 años de edad, fue a recoger la foto de su papá que estaba junto al féretro. La misma que poco antes había besado uno de sus dos hermanos menores.

Apenas la podía
cargar. Pero la llevaba apretada contra su cuerpo. De pronto, escondió la cabeza en la foto, como tratando de recuperar en vano a ese momento casi mágico, antes que la muerte entrara a su vida. En México todos somos Mary Gely.

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