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Jorge Ramos
Periodista Internacional

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Increíble. Esa es la palabra que describe el triunfo de Barack Obama. Hace 150 años, Barack Obama, en lugar de ser presidente, podría haber sido un esclavo en Estados Unidos. Hace 50 años, lejos de lanzarse a la presidencia, Barack Obama no hubiera podido ni siquiera votar en varios estados sureños.

No deja de sorprender que su triunfo es, también, una impresionante y bienvenida corrección histórica de un país que por décadas permitió la esclavitud y que, aún hoy, sufre de racismo y discriminación.

La Sección 2 del Artículo 1 de la Constitución de Estados Unidos defendía el derecho a tener esclavos. Y por mucho tiempo el censo contó a cada afroamericano como 3/5 partes de una persona.

Esta elección es un enorme avance. Demuestra que un niño que nació en una familia pobre, de un padre inmigrante de Kenya, y que luego quedó huérfano, puede llegar a Harvard, al senado y a la Casa Blanca. Eso difícilmente puede ocurrir en otro país.

Es increíble que alguien con un nombre tan similar al de Osama bin Laden haya roto los prejuicios surgidos luego del 11 de septiembre del 2001 y, venciendo la formidable maquinaria de los Clinton en las elecciones primarias, le haya ganado la presidencia a un héroe de guerra.

Estados Unidos se atrevió a romper varios mitos en la pasada elección. Un afroamericano por fin llegó a la presidencia. Pero dos mujeres -Hillary Clinton y Sarah Palin- también estuvieron muy cerca de la Casa Blanca. Y un soldado 72 años demostró que no hay edad límite para gobernar.

2008 es el año en que los norteamericanos rompieron los prejuicios de raza, género y edad. Todo en una sola elección. El genio de Estados Unidos, dijo Obama en su discurso de victoria, radica en su capacidad de cambio y en su confianza en tres ideas: libertad, oportunidad y democracia.

Otro de los grandes logros de las pasadas votaciones es que tanto Barack Obama como John McCain estuvieron de acuerdo en hacer algo por los 12 o 13 millones de indocumentados.

Si se fijan, el tema migratorio brilló por su ausencia en debates, anuncios y entrevistas porque los dos coincidían en la necesidad de una reforma migratoria integral. Eso evitó los frecuentes ataques contra los indocumentados que, en épocas de crisis como está, son culpados injustamente de todos los problemas del país.

Ya pasó el momento de las promesas y ahora Barack Obama tiene que pensar en cómo cumplirlas.
Hay una en particular que quiero destacar.

"No puedo garantizar que va a pasar en los primeros 100 días", me dijo Barack Obama en una entrevista en mayo. "Pero lo que sí puedo garantizar es que en el primer año tendremos propuesta de reforma migratoria."

Es una promesa muy grande. Podría legalizar, es decir, convertir en ciudadanos norteamericanos a millones de personas que se encuentran ilegalmente en Estados Unidos. Sin embargo, el asunto no sería una fiesta.

Cuando le pregunté si él suspendería las redadas y las deportaciones, que están separando a tantas familias hispanas, no se quiso comprometer. "Eso es parte de la revisión de nuestras políticas que tendré que hacer al tomar posesión", me dijo. En otras palabras, una presidencia de Obama no significa necesariamente el fin de las redadas. Barack Obama votó en el senado a favor de la construcción de un nuevo muro de 700 millas en la frontera con México. Obama, que quede claro, no va a abrir la frontera sur.

"Necesitamos mayor vigilancia y seguridad en la frontera", me dijo. Y no solo eso. "Tenemos que enfrentar a compañías y empleadores que están contratando a indocumentados, para asegurarnos de que estén cumpliendo las leyes norteamericanas."

Debemos quitarnos la idea de que la reforma migratoria que nos prometió Obama sólo va a incluir la legalización. Ese elemento importantísimo no podrá ser aprobado en el congreso, aunque tenga una amplia mayoría demócrata, si no hay mayor control en la frontera y en la contratación de indocumentados.

Pero hay más. Barack Obama, contrario a la política del actual presidente Bush, cree que hay que incluir a México, de alguna manera, en el asunto migratorio.

"Creo que es muy importante acercarnos al gobierno mexicano y descubrir lo que tenemos que hacer del otro lado de la frontera para promover el desarrollo económico y la creación de empleos allá", me dijo en otra entrevista a finales de octubre.

"Mientras sigamos siendo un imán económico, y la gente no pueda mantener a sus familias en México, va a ser casi imposible enfrentar el problema migratorio a largo plazo"”, añadió.

Barack Obama tiene enormes retos que enfrentar cuando tome la presidencia y la pregunta es si va a cumplir su promesa de lograr un acuerdo migratorio el primer año. Y se lo pregunté. "Entiendo lo que me dices", respondió, "y por eso no quiero comprometerme (a una reforma migratoria) en los primeros 100 días."

Cuando hablé con Obama la primera vez,
antes de que estallara la actual crisis financiera, me dijo que tendría cinco prioridades durante su primer año de gobierno: Irak, seguro médico, energía, educación y migración.

Y ahora no sabemos si ampliará a seis sus prioridades en los primeros 365 días, incluyendo la economía, o si sacará la reforma migratoria de sus proyectos para el primer año.

Y es ahí donde los hispanos debemos presionar. Barack Obama quería el voto de los latinos, él prometió una reforma migratoria en el primer año, y la mayoría de los hispanos (67 por ciento) votaron por él.

Los latinos ya cumplieron. Ahora le toca cumplir a Obama.

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