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Jorge Ramos
Periodista Internacional

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Me he pasado los últimos días saltando en avión entre México y Estados Unidos. Uno es el país donde nací y viví los primeros 25 años de mi vida, y el otro es el país que me adoptó y donde he pasado el último cuarto de siglo. Soy, como diría Isabel Allende, de los dos países y los dos me duelen.

Cada vez hay más personas como yo. Actualmente hay cerca de 12 millones de personas nacidas en México y viviendo en Estados Unidos, según los datos del Consejo Nacional de Población del gobierno mexicano. Y pronto seremos más.El propio Departamento de Seguridad Interna (DHS) de Estados Unidos acaba de calcular que, en promedio, entran a Estados Unidos -y se quedan- unos mil inmigrantes indocumentados por día. El cálculo me parece bajo. El gobierno mexicano considera que son muchos más.

Independientemente de la cantidad, siguen llegando.

¿Por qué? Primero lo obvio: por la geografía, por la demanda de su trabajo en el norte y por un notable incremento de comunidades mexicanas en Estados Unidos.México y Estados Unidos tienen una frontera porosa, de papel, apenas dibujada en los libros de geografía. Nada -ni un muro, ni nuevas leyes, ni un creciente sentimiento antiinmigrante- detienen a un mexicano que se quiere ir al norte por razones económicas.

Pero lo nuevo es el sorprendente número de mexicanos que dicen irse de su país por la violencia. El fin de semana pasado, en una boda, una joven madre me explicó con tristeza que no se atreve a que sus hijas salgan a jugar a la calle o a algún parque de la capital mexicana por temor a que las secuestren. Y en la boda, además de chulear a la novia, el otro tema de conversación era la reciente masacre con dos granadas en Morelia, Michoacán.

Esta es la primera crisis a la que me referí en el título. Si un niño de 13 años de edad puede morir con el estómago y los genitales destrozados, junto a otras 7 personas, en un zócalo de provincia tras celebrar la independencia de su país, es que las cosas están realmente mal y fuera de control. Y por si esto fuera poco, acaban de aparecer 49 cadáveres en Tijuana. ¿Cuántos muertos más se necesitan para que esto se convierta en una
emergencia nacional?

¿Cree que la crisis financiera en Estados Unidos detendrá la inmigración mexicana?

La principal señal de que la lucha contra los narcos y el crimen organizado se pondrán peor antes de mejorar es la absoluta desconfianza de la ciudadanía en los políticos que los representan -desde el presidente para abajo- y en la policía. Las autoridades mexicanas son famosas por su incapacidad para resolver crímenes. Son, como la selección mexicana de fútbol, campeones mundiales en fallar penales. Este México tambaleante e incierto me recuerda tanto a la Colombia de Pablo Escobar Gaviria y otros matones a finales de los 80. En esa Colombia también escuché propuestas como las que acaba de hacer el presidente de México, Felipe Calderón, para legalizar el uso de pequeñas cantidades de drogas. Pero aún si el congreso mexicano lo aprobara, el problema sigue estando en que el estado no existe en enormes secciones del país. Esas las controla el narco y los criminales.

Se acerca el final de un plazo de 100 días que se dieron el propio presidente Calderón, los 31 gobernadores y el alcalde de la ciudad de México para mejorar la seguridad del país y lo único que parece mejorar, como apunta el caricaturista Luis Carreño, es la inseguridad. No veo claro como esto se va a solucionar pronto.

Y cuando los mexicanos que se están yendo de su país -casi 6 por ciento más que el año anterior- llegan a Estados Unidos, se están encontrando con una segunda crisis. Salen de una para entrar en otra. Estados Unidos vive su peor momento económico desde 1929. No hay una manera fácil de explicarlo, pero basta ver las consecuencias: un millón de personas han perdido sus casas y otros dos millones podrían correr la misma suerte para fin de año, 159 mil trabajadores perdieron su empleo el mes pasado, y montones de empresas están a punto de irse a la bancarrota. ¿Y el gobierno? Distraído, viendo para otro lado.

Al presidente George W. Bush le queda muy poca popularidad, muy pocos días en el poder y muy poca credibilidad como para confiar en que manejará astutamente esta crisis. ¿Por qué creerle ahora cuando nos vendió, por ejemplo, la guerra en Irak diciendo que ahí había armas
de destrucción masiva y, cinco años después, todavía no aparecen? En cambio, Osama bin Laden, el verdadero responsable de los ataques terroristas del 11 de septiembre del 2001, sigue libre.

La mirada perdida, los ojos vidriosos y la cara asustadiza con que Bush ha aparecido últimamente por televisión no generan confianza. Su lenguaje corporal es tan poco convincente como cuando recibió la noticia de los ataques terroristas a las torres gemelas de Nueva York; en lugar de reaccionar rápidamente, se quedó sentado varios minutos escuchando un cuento para niños.

Lo bueno es que Bush ya se va. Lo malo es que esta crisis financiera va a durar varios años -a pesar de que ya se aprobó el plan de rescate financiero por $700 mil millones- y se la heredará a Barack Obama o a John McCain.

Los mexicanos que siguen llegando todos los días a Estados Unidos, huyendo de los asesinatos y secuestros, se están encontrando un país donde no hay tantos trabajos como esperaban, donde hay más redadas y donde cada vez es más difícil ser un inmigrante sin documentos legales.

Pero siguen llegando. La estrepitosa caída en el envío de remesas de Estados Unidos generará más pobreza en México y, posiblemente, más migración al norte. Irse a Estados Unidos es la escapatoria, la última opción de todo mexicano; dos de cada cinco mexicanos lo han pensado seriamente, según reporta un estudio de la BBC.

Estas son las crisis paralelas que están viviendo México y Estados Unidos. Ambos países viven dramáticos momentos de transición y, les guste o no, van agarrados de la mano. Porque después de todo, como decía Carlos Fuentes, la frontera entre ambos países es solo una cicatriz.

Y lo que pasa en un lado afecta al otro.

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