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Jorge Ramos
Periodista Internacional

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México está secuestrado; por delincuentes y por políticos incapaces de resolver los principales problemas del país. No hay otra forma de decirlo. Y esa combinación es mortal. Literalmente. Las marchas contra el crimen y el secuestro que se acaban de realizar en 88 ciudades de México responden a un hecho terrible: es difícil encontrar en esta nación de 110 millones de habitantes a una familia que no haya sufrido recientemente un robo, un delito o un secuestro.

Pregunten. Las víctimas son tu hermano o tu mamá o tu cuñado o tu mismo. Por eso, creo, nos han tocado tan de cerca los casos de Fernando Martí y Silvia Vargas. Si lo pensamos bien, en lugar de Fernando o de Silvia, pudo haber sido cualquiera de nosotros.

Fernando era un muchacho de 14 años cuyo cuerpo descompuesto fue encontrado en una bolsa de plástico en la cajuela de un auto. Fernando iba con su chofer cuando fue detenido en lo que, suponían, era un control policial. Se equivocaron. Eran sus secuestradores. De nada sirvieron las negociaciones. Lo mataron.

Su padre, el empresario Alejandro Martí, ha transformado su dolor en una misión: que no se vuelva a repetir lo que le ocurrió a su hijo. Y frente al presidente, Felipe Calderón, a los 32 gobernadores y al alcalde de la ciudad de México, les impuso un reto: "Señores, si piensan que la vara es muy alta, que es imposible hacerlo, que no pueden, renuncien".

Los políticos se dieron 100 días para hacer algo y se supone que para finales de noviembre las cosas deben cambiar. Pero dudo que haya renuncias masivas. Sólo uno de los 34 políticos asumió el reto del padre del jóven asesinado. Uno. En el 2006 hubo 601 secuestros denunciados al Ministerio Público. En el 2007 hubo 596. Y en este 2008 todo apunta que habrá aún más. Pero no vale la pena adentrarse en las poco fidedignas cifras oficiales. No sirven. Para qué denunciar si la sospecha es que la policía, lejos de investigar y resolver los crímenes, es quien los realiza, esconde o promueve. Basta decir que solo en Irak hay más secuestros que en México. Los mexicanos perdieron sus calles.

La impresión es que México está fuera de control. Y lo que oigo son puras excusas. Que son los narcos. Que la corrupción es un problema de toda la sociedad. Que hay un vacío de autoridad. Que el crimen está alimentado
por la pobreza y la desigualdad. Que los salarios de la policía son de risa. Sí, todo es cierto. Pero ya es hora que México deje de ser un país de excusas y empiece a ser una nación de acciones. Y los políticos trabajan para nosotros, para resolver nuestros problemas. Para eso les pagamos.

A Silvia Vargas la secuestraron el 10 de septiembre del 2007. Tenía sólo 18 años. La raptaron cuando salía de su casa a la escuela. Sus padres negociaron un rescate, pero hace 11 meses que no saben nada de ella ni de sus secuestradores.

"Por piedad, les suplico que me devuelvan a mi hija", pidió su madre en una conferencia de prensa frente a una manta gigante con la foto, sonriente, de Silvia. "Lo único que me interesa es recuperarla. Quiero que sepan que el acuerdo sigue en pie, solamente devuélvanme a mi hija y ustedes tendrás su recompensa".

Este pedido a los secuestradores, angustioso y público, es también un insulto y un reclamo a las autoridades; ustedes no sirven para nada, no confío en ustedes y prefiero lidiar directamente con los criminales.

La propia Procuraduría General de la República reconoció su irrelevancia al reconocer que supo del secuestro de Silvia un día después que ocurriera. La pregunta es ¿qué hicieron al respecto? Por menos ya hubieran caído cabezas en otro país.

Supe del secuestro de Marta Alcocer por un valiente testimonio que ella misma ha difundido a través de correos electrónicos. Comienza así: "El jueves 21 de agosto pasado me dieron un balazo entre el hombro y el cuello, muy cerca de la arteria aorta, me amagaron, me llevaron secuestrada..." Marta iba manejando hacia la ciudad de México cuando se encontró con un coche estacionado y un hombre apuntándole con una pistola. El le pide las llaves, se mete al auto y cuando ella trata de escapar por la puerta del pasajero, otro hombre le dispara a través del vidrio de la ventana.

Un tercer delincuente se suma, poco después, al operativo. "¿Qué quieren?", les pregunta Marta. “Dinero", dice el jefe.

Marta les da todo lo que tiene -el equivalente a $50, un reloj, una laptop...- y luego le amarraron los tobillos, le pusieron una sudadera sobre la cara y la tiraron dentro de la cajuela. Pero tras recorrer dos o
tres kilómetros en un camino rural, la desatan, la sacan de la cajuela y le dicen que se puede ir.

No, los secuestradores no son santos ni se han arrepentido. Tal vez creían que Marta se estaba desangrando, que se podía morir y no querían más rollos. Total, ya sacaron algo.

Todo esto ocurrió al mismo tiempo en que el presidente, el alcalde capitalino y los gobernadores se comprometían a luchar contra la inseguridad. Marta, secuestrada, los escuchó por la radio. Marta maneja hasta un hospital y entra a emergencias. Quiere denunciar su secuestro pero no hay nadie a quien reportarlo. La operan. Al día siguiente su cuñado y su hijo tienen que perseguir a un policía judicial para que acepte, de mala gana, ir al hospital a tomar la denuncia de Marta.

Ella ve al policía y lo siente derrotado. Además, no le da ni la menor esperanza de encontrar a los secuestradores.

Marta termina su relato diciendo que "es muy posible que al día siguiente de mi episodio (con los secuestradores) ellos haya vuelto a delinquir y tengan ahora secuestrado a alguien -sin bala-, al menos en lo que les entregan un rescate". Cuando veo a miles de mexicanos salir a las calles a quejarse de la inseguridad que vive el país -y de como muchos políticos parecen más preocupados en asegurar el puesto que en resolver los crímenes- no puedo dejar de pensar que todos somos Fernando y Silvia y Marta...

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