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Jorge Ramos
Periodista Internacional

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Espero este momento cada cuatro años. Como si fuera un atleta, me preparo para las olimpíadas con ahínco. Libero mi agenda, reviso hasta el cansancio los horarios de televisión, hago una compra grande en el supermercado, preparo el lugar más cómodo y aislado de mi casa, y me tiro en el sofá a ver a los mejores deportistas del mundo por 17 días. Sin excepción. Día y noche.

Las olimpíadas es el mejor invento de la humanidad. (Reto a cualquiera a que me presente algo que sea superior.) Los juegos olímpicos son la oposición de la guerra; son la mejor demostración de que jugando se entiende la gente. Contrario a lo que ocurría en la antigua Grecia, durante los juegos olímpicos modernos (reiniciados en 1896), ahora las guerras no se detienen. En las próximas dos semanas seguirán muriendo civiles inocentes en Irak y en Afganistán, al igual que en Darfur. Pero el contraste será aleccionador: los atletas de países en conflicto, en lugar de matarse, compiten entre sí.

La guerra es nuestro gran fracaso; las olimpíadas, el triunfo.

Pero el problema que tengo con estas olimpíadas es cómo disfrutar las hazañas de más de 10 mil atletas compitiendo en 28 deportes en Pekín, cuando en la misma China, al mismo tiempo, se violan los derechos humanos, censuran a periodistas, encarcelan a disidentes e intentan someter a los monjes budistas del Tibet. Son dudas olímpicas.

Bastan dos ejemplos para comprobar el talante totalitario del régimen chino. La organización Human Rights Watch denunció que un trabajador chino, Liu Shaokun, fue enviado a un campo de trabajos forzados por un año, sin ningún juicio, por tomar fotos de las escuelas mal construidas y derrumbadas por el terremoto del 12 de mayo en la provincia de Sechuan, y subirlas a la internet.

Y los periodistas extranjeros que cubren los juegos tendrán serias dificultades para entrar a los sitios de internet de Amnistía Internacional o de cualquier otra organización que critique la dictadura china. Lindos anfitriones los chinos; dan clases de censura a sus visitantes.

Algunos presidentes decidieron boicotear y no asistir a las ceremonias de inauguración o clausura. Otros no irán ni a pajarear. Pero varios grupos tienen ideas mas creativas e impactantes.

El llamado Team Tibet (o Equipo del Tibet) está reclutando a atletas olímpicos de varios países para que, dentro y fuera de las competencias, denuncien la represión contra los tibetanos desde 1959 y le den voz a
los que buscan las libertades más simples dentro de China.

No hay nada que irrite más a un regimen totalitario que ser denunciados en público, ante una audiencia mundial -4 mil millones de televidentes verán las olimpíadas- por un individuo que vence el miedo y se rehúsa a cumplir sus órdenes.

Así que, en lugar de boicotear los juegos olímpicos, el objetivo es llevar más voces de cambio dentro de China.

No soy inocente. Esto no terminará con la dictadura. Pero es una forma de promover los derechos humanos y fomentar el cuestionamiento interno al régimen chino una vez que terminen las olimpíadas. Las olimpíadas no deben ser un cementerio de la libertad de expresión. Al contrario. Hay que aprovechar que participan atletas de 203 naciones para que los juegos olímpicos sean, también, una fiesta de ideas. Y, de nuevo, no hay nada más rebelde y peligroso para los regímenes autoritarios que el flujo irrestricto de ideas.

No coincido con los que creen que los juegos olímpicos deben estar alejados de la política. Están, ya, totalmente politizados. Pero tienen la gran ventaja de que, lo que se dice y haga ahí, se repite en todo el mundo. Por lo tanto no hay mejor escenario que Pekín para denunciar a los que abusan del poder.

Y así como en estas olimpíadas se ventilan grandes temas –derechos humanos, libertad de expresión…- también estallan ahí conflictos muy particulares.

Es increíble que la mejor atleta mexicana, la medallista Ana Gabriela Guevara, no esté participando en los 400 metros planos. “¿Por qué?”, le pregunté en una reciente entrevista. “Por malos manejos y corrupción” dentro del deporte mexicano”, me contestó. ”Yo no puedo seguir solapando esto, no puedo seguir solapando corrupción”. No creo en el purismo olímpico. Y sí creo, en cambio, que las olimpíadas son el lugar ideal para discutir la terrible represión del Tibet y la mala administración del deporte en México, entre muchos otros asuntos. Las olimpíadas deben reflejar lo mejor del cuerpo y de la mente. Y por eso deben ser bienvenidas todas las expresiones, particularmente las de oposición y protesta, como las del Dalai Lama y las de Ana Gabriela.

Tras 17 días de televisión olímpica ininterrumpida, seré –lo sé- un búho, con ojeras moradas bajo los ojos y un par de kilos más en mi panza. No importa.

De adolescente formaba parte del equipo pre-olímpico de atletismo de mi país cuando una lesión en la espalda me
impidió conseguir mi sueño de participar en una olimpíada.

Pero, de alguna manera, no he desistido. Siempre estoy presente en los juegos olímpicos cada cuatro años. Es una cita que no me perdería por nada en el mundo. Es lo mejor que tenemos.

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