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Jorge Ramos
Periodista Internacional

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Cuando oigo hablar sobre los muertos por la lucha contra el narcotráfico en México es como un déjà vu. Me recuerda lo mismo que decían en Colombia durante los años 90; que Colombia ponía los muertos y Estados Unidos los consumidores de drogas.

Más de cuatro mil personas han muerto por la violencia en México desde que el presidente Felipe Calderón tomó posesión el primero de diciembre del 2006, de acuerdo con cifras de la Secretaría de Seguridad Pública.

Una de las prioridades de Calderón ha sido enfrentar a los carteles de las drogas en México. Pero México no puede solo.

"El narcotráfico (…) obedece fundamentalmente a un hecho clave: el mercado americano de drogas es el más grande del mundo", dijo Calderón recientemente. "La batalla que está librando México todos los días cobra la vida de policías mexicanos, no obstante que la mayoría de los consumidores son americanos".

Los que están muriendo ahora en los estados fronterizos de Chihuahua y Sinaloa son, casi todos, mexicanos. Y los que están comprando y consumiendo la cocaína (que sale de Bolivia, Perú y Colombia, y que pasa por Centroamérica México) son en su mayoría norteamericanos.

El año pasado se enviaron 1,421 toneladas de cocaína de Latinoamérica a Estados Unidos y Europa, según cifras del gobierno norteamericano publicadas por el diario The New York Times. Casi 40 por ciento más que en el 2006.

Lo que hoy dice Calderón es lo mismo que antes decían los ex presidentes colombianos Cesar Gaviria, Ernesto Samper y Andrés Pastrana. Y aún sigue siendo un misterio, o una gran hipocresía, que en México y en Colombia se hayan identificado a grandes carteles (del Golfo, de Medellín…) y a líderes de las drogas -llámense Pablo Escobar o los Arellano Félix- y que no tengan sus equivalentes en Estados Unidos.

La guerra contra el narcotráfico en América Latina se está perdiendo, en parte, porque el consumo de cocaína en Estados Unidos se ha mantenido constante. "Alrededor del 2.5 por ciento de los norteamericanos usaron cocaína al menos una vez en el 2006, el mismo porcentaje que en el 2002, de acuerdo con el Departamento de Salud de Estados Unidos", reveló un editorial reciente de periódico The New York Times. Y hay más.

El mismo diario, citando un estudio de la Universidad de Michigan, asegura que el 5.2 por ciento de los estudiantes de highschool (secundaria) del grado 12 usaron cocaína el año pasado. Un considerable aumento frente
al 3.1 por ciento de los alumnos que consumieron cocaína en 1992.

Estas son muy malas noticias para América Latina. Si muchachos estadounidenses de 16 y 17 años están consumiendo más cocaína que los jóvenes de hace dos décadas (y convirtiéndose en adictos), entonces los narcotraficantes verán cómo hacerles llegar esa droga desde el sur. Y eso significa más violencia y más muertos en Latinoamérica.

Este no es un problema que se resuelve sólo con dinero, luchando contra la corrupción y entrenando mejor a los agentes antidrogas. Los planes Colombia y Mérida, que inyectan miles de millones de dólares del presupuesto norteamericano a la región, tendrán un efecto muy limitado si no se reduce el número de consumidores de drogas en Estados Unidos.

En una reciente entrevista con el candidato presidencial Demócrata, Barack Obama, me dijo que había que reducir el consumo de drogas en Estados Unidos como un asunto de salud pública. Cualquier Republicano puede coincidir con Obama en este punto. Sin embargo, no está muy claro qué es lo que Obama o John McCain, el candidato Republicano a la presidencia, harían en concreto para que haya menos jóvenes norteamericanos que consuman cocaína y otras drogas una vez que cualquiera de los dos llegue a la Casa Blanca.

Y mientras no haya, dentro de Estados Unidos, una estrategia anti-drogas medible y confiable, que tenga un efecto contundente e irreversible entre consumidores más jóvenes, América Latina seguirá poniendo los muertos y pensando que esta es la guerra del nunca acabar. Narco-Déjà vu.

Los Republicanos se quejan que la prensa norteamericana está reportando mucho más lo que hace Barack Obama que lo que hace John McCain. Tienen razón. Según el Tyndall Report, del 4 de junio al 23 de julio, los noticieros de las tres principales cadenas de televisión (ABC, NBC y CBS) dedicaron 166 minutos a cubrir a Obama y solo 67 a McCain.

¿Por qué? Porque la candidatura de Obama es histórica -nunca antes un afroamericano había tenido la oportunidad real de llegar a la Casa Blanca-, porque es más noticia que un candidato viaje a Irak, Afganistán, Alemania y Francia (como Obama) que a Ohio y Maine (como McCain), y porque Obama es el primer candidato global -más alemanes lo fueron a ver a Berlín (200 mil) que a John F. Kennedy (120 mil) a Ronald Reagan (40 mil).

Sin embargo, esto no significa que Obama tenga asegurada la presidencia. La encuesta de encuestas
realizada esta semana por CNN indica que Obama tiene el 44 por ciento de la intención de voto frente a 41 por ciento para McCain. Todo dentro del margen de error. Es decir, a pesar de la desigualdad en la cobertura periodística, cualquier cosa podría pasar durante las elecciones presidenciales del martes 4 de noviembre.

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