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Jorge Ramos
Periodista Internacional

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"Estoy muy cansada", me dijo Ingrid Betancourt, vía satélite desde París, antes de comenzar la entrevista. Y se notaba. Daba la impresión que llevaba varios días sin dormir bien. Había desaparecido esa alegría y entusiasmo que le vimos poco después de su rescate de la selva colombiana, el 2 de julio.

Era irónico, pero mientras veía su imagen a través de un monitor, pensé que un par de semanas en libertad –hablando incansablemente en entrevistas, eventos políticos y volando de Colombia a Francia- habían afectado más su vitalidad que los 6 años y 140 días que pasó secuestrada por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC).

La noche anterior se había desmayado después de una entrevista. Pero ella no paraba. ¿Por qué lo hace? "Yo creo que hay una necesidad de luchar por los que quedan en Colombia", me dijo, al referirse a los más de 700 secuestrados que aún están en poder de las FARC.

"Pero también quiero confesarte que todo esto ha sido muy intenso para mí. Estoy muy cansada. Necesito ya tiempo para mí, para echar raíz; tengo que construir una vida… Estas son las últimas entrevistas que voy a conceder porque simplemente necesito estar ya con mi familia y volverme a estructurar mentalmente". Le pregunté sobre su pelo. No es un asunto frívolo. El largo de su pelo está cargado de simbolismo. Ella ha dicho que cada centímetro de su pelo es un centímetro de dolor.

"Tiene un valor simbólico porque cuando yo estaba en la selva no me podía cortar el pelo; primero porque no tenía tijeras", me dijo, mientras mostraba frente a las cámaras una larga cola de caballo que suele cubrir casi toda su espalda.

"(Mi pelo) es como un reloj biológico, es como una marca que indica el tiempo pasado en otro planeta, que es el planeta del sufrimiento. Mientras que haya personas viviendo ese mismo horror en esa misma selva… Tengo que dejar que siga corriendo el registro del tiempo".

Para Ingrid, la selva es el infierno. Es dolor físico. "Yo llevaba seis años, cinco meses, en que todos los días me dolía algo, todos los días físicamente estaba siendo picada por algún bicho, me rascaba en algún sitio, me dolía alguna parte de mi cuerpo", recordó.

Pero más allá de las tarántulas, serpientes y escorpiones de la selva, el infierno para Ingrid eran, también, sus captores: "Ese horror de horrores, esa presencia hostil, de arbitrariedades, de
crueldad diaria, de refinamiento de la maldad". A pesar de lo anterior, Ingrid quiere dejar algunas cosas en la selva. Cuando Larry King, de CNN, le preguntó si ella había sido abusada sexualmente por las FARC o sobre una enredada versión respecto al bebé de la ex rehén Clara Rojas, quien nació en la selva, ella prefirió no contestar.

"¿Por qué no contar la historia completa?" le pregunté. "¿Por qué no contar exactamente cómo operan los guerrilleros de las FARC?" "Yo sé que tengo que dar testimonio, que hay cosas que tengo que contar", reconoció. "Lo único que quiero decir es que necesito tiempo, que todavía hay cosas que tengo que decantar… Una de las cosas que aprendí es que soy una mujer frágil… Algún día tendré el valor de contarles cosas; no me siento en este momento con la posibilidad de hacerlo". Poco después de ser liberada, Ingrid viajó a la capital francesa. Y ahí cambió las libélulas de la selva por las luces de París, el olor del lodo por el de los perfumes y hoteles, y un río por una regadera con agua caliente que le dolió al caer sobre su piel la primera vez que se baño tras su secuestro.

"¿Usted tiene miedo que alguien la quiera matar?", le pregunté, tras apuntar su rápido traslado a París. “¿Las FARC o alguien la quieren matar?"

"Yo de eso no sé", me contestó. "Lo único que yo sí sé es que tengo que ser prudente. Por mi murieron soldados tratando de rescatarme".

Conocí a Ingrid Betancourt el 15 de enero del 2002, 38 días antes de ser secuestrada. Era candidata presidencial pero estaba visitando Miami para promover su libro 'La Rabia en el Corazón'. Pero la rabia que en aquel momento demostró en contra del también aspirante presidencial, Álvaro Uribe, había desaparecido.

En esa entrevista de 2002 Ingrid Betancourt me dijo lo siguiente sobre el actual presidente colombiano: "Álvaro Uribe es el candidato de los paramilitares… Yo diría que Álvaro Uribe tolera los asesinatos en Colombia como un método de enfrentar a la guerrilla. Y cuando una persona que está aspirando a la presidencia de la república está dispuesta a violar los derechos humanos para lograr un fin, es una persona que está poniendo en juego la democracia colombiana". "¿Usted sigue pensando lo mismo de Álvaro Uribe?", le pregunté sobre el mandatario, quien autorizó la Operación Jaque, liberándola a ella, a tres norteamericanos
y a 11 soldados y policías colombianos. "Hoy Álvaro Uribe representa la voluntad de Colombia", me dijo sobre el mandatario elegido en 2002, reelegido hace 2 años y que, quizás, pudiera buscar un tercer período presidencial. "Yo creo que él ha acertado en devolverle a los colombianos la sensación de que su vida familiar esta en seguridad y yo creo que eso ha permitido la maduración de la nación colombiana".

Y para quienes creen que Ingrid salió muy "uribista" de su cautiverio, aquí están sus opiniones sobre el presidente de Venezuela. Cuando le pregunté si ella confiaba en Hugo Chávez, con quien acababa de hablar por teléfono, me dijo: "Sí claro".

Y luego continuó: "Creo que (Chávez) tiene una palabra que se hace oír en todo el Continente. Yo sé que lo que él diga es importante para los miembros de las FARC. Muchas veces lo que dice Chávez conmociona a la guerrilla, porque no les gusta que se les digan cosas… Yo siempre he pensado que la guerrilla colombiana es autista; no les gusta sino oírse a sí mismo… Las personas que en este momento están cambiando la manera de hacer política, por ejemplo como Chávez, lograron llegar al poder por la vía democrática". La pregunta pendiente es si Ingrid Betancourt quiere ser presidenta de Colombia. Las encuestas recientes sugieren que podría lograrlo en 2010. Pero ella no ha tomado ninguna decisión al respecto. "Para mí, después de estos siete años de cautiverio, eso no es una prioridad", me aseguró, "tampoco es una ambición".

Al final de la entrevista de casi 20 minutos, Ingrid estaba claramente fatigada. Hacía pausas para tomar aire y para encontrar las palabras. Pero terminó contándome que estos últimos días ha dormido en París con sus dos hijos, Lorenzo (19) y Melanie (22), a su lado.

"He dormido poquito estos días", reconoció. "Y cuando ellos están dormiditos, al lado mío, y los miro dormidos, y veo en sus caras eso que queda de ellos de niñitos -ya no son niños, ya son unos adultos- es muy hermoso".

Esa cama en París, durante esas pocas horas de sueño junto a sus hijos, es el nuevo refugio de Ingrid tras haber salido del infierno.

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