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Jorge Ramos
Periodista Internacional

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Los europeos se toman muy en serio sus vacaciones. Nada parece ser más importante. Es la vida personal antes que el trabajo. Su mundo se para porque quieren descansar, romper su rutina y no hacer nada. Un griego, un francés o un italiano tienen muchos más días de vacaciones que un norteamericano. Mientras un estadounidense recibe 9 días de vacaciones en promedio durante su primer año de empleo, según el Instituto de Política Económica, los suecos, daneses y austríacos reciben 25 días como mínimo.

Aquí resulta impensable la creciente costumbre de muchos empleados norteamericanos y japoneses de no tomarse todos los días libres que les corresponden. Las vacaciones en Europa se ven como un derecho, no como una debilidad del trabajador.

Pero para no hacer nada primero hay que llegar. Y en este verano eso implica enfrentar aeropuertos llenos, masas de viajeros cansados y empleados de la industria de la aviación obligados a escuchar quejas –maletas perdidas, retrasos, vuelos sobre vendidos…- como el mejor de los sicólogos. Antes de continuar, déjame hacer una breve observación cambiaria. Viajar con dólares por estos días en Europa es una frustración constante. No es tan traumático como hacerlo con pesos, bolívares y lempiras, pero siempre duele o asusta pagar $10 por un café o refresco, $30 por una pizza o ensalada, $50 por un pescadito y más de $100 por una camiseta.

El dólar en Europa es como el espléndido hermano mayor al que alguna vez le fue muy bien en la vida, pero que recientemente perdió su casa, trabajo y familia. Da pena.

Luego del shock cambiario y de instalarse en el hotel, viene lo más difícil: desconectarse. ¿Para qué viajar tan lejos si seguimos pensando en lo que dejamos atrás?

Todo conspira para mantenerse contectado al trabajo. Nuestras vacaciones son cada vez más cortas y la tecnología nos permite llevar la oficina en la maleta.

Aún si dejas la computadora en casa, los celulares y las conexiones de internet funcionan en casi todos lados. Del grupo de nueve personas con el que viajé, cinco estuvimos revisando regularmente nuestras llamadas y los correos electrónicos.

Sí, es una comodidad y ayuda a lidiar con problemas a tiempo, pero lo que me di cuenta es que ya nadie respeta las vacaciones, ni el
que se va ni el que se queda.

(Durante los 10 días que estuve fuera recibí cientos de e-mails a pesar de que un mensaje automático advertía que no los iba a leer hasta mi regreso. A nadie le importó.)

A pesar de lo anterior, Europa es el líder de un movimiento mundial destinado a bajarle velocidad a nuestras vidas. Son cada vez más los restaurantes que se unen a la cadena de “Slow Food”, prometiendo comida local y orgánica, un impacto mínimo al medio ambiente, y una atmósfera adecuada para comer despacio.

En uno de esos restaurantes, en Roma, me sorprendí cuando, luego de tres horas en la mesa, los meseros aún me atendían con cordialidad y me seguían trayendo comida. Este viaje me recordó el extraordinario libro de Carl Honoré, In Praise of Slowness (Elogio a la Lentitud), en el que argumenta los maravillosos beneficios de disminuir nuestro apurado ritmo de vida. De hecho, su libro comienza apropiadamente con una cita de Ghandi que dice: “Hay mucho más en la vida que el aumentar su velocidad”.

Le hice caso a Ghandi y a Honoré, y al tercer día de vacaciones me atreví a apagar el celular. ¿Y saben qué? No pasó nada. Nadie es indispensable.

De pronto, fue desapareciendo esa urgencia por hacer cosas y estar conectado al trabajo y me abandoné al difícil arte de no hacer nada. Los italianos, maestros de este arte, han encapsulado esa filosofía en la frase: il dolce far niente. Me tardé, pero finalmente me desconecté. Mi cerebro quería correr, contestar llamadas y checar emilios, pero lo paré con pláticas sin prisa, comidas sin horario y con sobremesa, siestas vespertinas y el levantarme de la cama cuando lo pidiera el cuerpo, no el reloj.

Poco a poco la culpabilidad inicial fue evaporándose.

Mi única tarea, lo reconozco, fue ver los partidos de fútbol de la Eurocopa. Pero a ellos siguieron largas caminatas por las calles empredradas de una isla que no sabe dormir de noche, que insiste en pintarse de blanco y no crecer más de dos pisos, que ha mantenido su dimensión humana y donde la policía (real y moral) no se ve ni se siente.

Mykonos resultó ser el antídoto que necesitaba. Comprendí, como los griegos, que apurarse es vivir menos. Y me dejé ir con el viento incesante de Mykonos en larguísimos días sin nubes y sin prisa.

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