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Jorge Ramos
Periodista Internacional

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¿Qué es lo que hace toda esa gente, afuera de los bares y restaurantes, en pleno invierno y a punto de congelarse? Fumar. Eso es lo que hacen.

El vicio es más fuerte que el frío. Desde que el gobierno francés prohibió el fumar dentro de cualquier lugar público y cerrado a comienzos de este 2008, los 12 millones de fumadores en Francia han tenido que llevar su humo a las calles y banquetas. Si no fuera porque estamos presenciando un mórbido espectáculo masivo en el que los fumadores se matan lentamente con cada chupada de nicotina -un mortal teatro kabuki- sería chistoso verlos tiritando de frío mientras con dos nerviosos dedos acercan el cigarrillo a un par de expectantes labios entreabiertos.

Besar y fumar, en un principio, se parecen. Se inician abriendo ligeramente la boca. Sin embargo, uno grita sensualidad y, otro, pestilencia. No debe haber nada más vomitivo, repelente y asqueroso que besar a alguien que fuma. Las expresiones de alivio, después cada fumada, nos hacen creer que el fumador estás más cerca de la felicidad que el resto de los mortales. Pero en realidad está más cerca de la muerte. Aquí vienen las cifras.

Cada día, en promedio, mueren alrededor de 200 franceses debido a problemas causados por el cigarrillo, de acuerdo con cifras oficiales publicadas por el diario International Herald Tribune. Son 70 mil muertes prevenibles cada año.

Aunque es imposible, por ahora, pensar en Francia sin cigarros. Es un cliché que mata y se resiste a morir. ¿Hay acaso imagen más francesa que la de tomar un café con un cigarrillo al lado mientras se ve al mundo pasar?

Pero a partir del 1 de enero esa imagen se ha roto. El café se ha separado del cigarrillo. Dentro, sentados, se toma el café. Afuera, parados, se fuma. Y se muere.

La oposición a estas medidas impuestas por el Ministerio de Salud fue férrea. Pero un rápido y agradabilísimo recorrido por varios cafés de los Campos Elíseos, Montparnasse y le Marais confirmó que la mayoría de los franceses sí está respetando las nuevas reglas antitabaco.

Aunque habrá que esperar algunos años para medir la caída en los casos de cáncer de pulmón y otras enfermedades respiratorias.

Ahora bien, si los franceses pueden dejar de fumar en lugares públicos, ¿por qué los mexicanos no pueden?

Acabo de estar en la ciudad de México y es insoportable comer en restaurantes donde los fumadores se creen dueños
del lugar y de nuestros pulmones.

No hay nadie más arrogante el que fumador mexicano cuando se le pide que apague su cigarro en un lugar público y se niega.

Te mira con desprecio, como si su derecho a fumar fuera más importante que el tuyo a protegerte de una enfermedad o de morir. Y en muchos casos sigue fumando y, si pudiera, hasta te echa el humo encima de la comida. Todo esto -esperemos- cambiará tan pronto como entren en efecto las nuevas leyes aprobadas por el Senado, a nivel nacional, y por la Asamblea Legislativa del Distrito Federal.

México y Francia son de los pocos países que están haciendo algo muy concreto para defenderse de los fumadores y de las empresas que venden humo y cáncer. Hay más de mil millones de fumadores en el mundo. Uno de cada seis habitantes del planeta fuma. Las compañías tabacaleras, frente a las nuevas restricciones en países ricos y mejor informados, han llevado sus productos y exportado enfermedades del pulmón a las naciones más pobres.

Ahí hay menos información sobre los efectos nocivos del tabaco. Muchos gobiernos prefieren recibir millones de dólares en impuestos por la venta y consumo del cigarrillo que imponer nuevas restricciones y una política de salud que salve la vida de sus ciudadanos. Países pobres y en vías de desarrollo se gastan sólo $1 en campañas contra el cigarrillo por cada $5 mil que reciben de las compañías tabacaleras, según un reciente estudio de la Organización Mundial de Salud.

De los 192 países del mundo, solo unos 10 tienen estrictas medidas que prohíben fumar en oficinas, restaurantes y lugares cerrados. Esto significa que en este siglo 21 morirán mil millones de personas debido al cigarrillo.

Esta información surge de un reporte financiado por la Fundación Michael Bloomberg.

París es una ciudad-líder y una ciudad-modelo. Durante siglos ha marcado la pauta de lo que es el gusto por vivir y el buen vivir. Y hoy lo es aún más… sin humo.

Fumar mata. Lo sé por experiencia propia. Mi padre fumó por 20 años y murió 20 años antes de tiempo. Quizás, sin tanto cigarro, hasta me hubiera acompañado a este viaje.

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