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Jorge Ramos
Periodista Internacional

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Hay regalos que no son bienvenidos. Incomodan y, lejos de agradar a quienes los reciben, son una imposición que solo disfrutan los que los dan. Este es el caso del muro en la frontera con México.

El gobierno del presidente George W. Bush le está regalando un carísimo muro a varias ciudades fronterizas con México, pero el problema es que ellas no quieren aceptar el regalo. Es cierto. Los alcaldes de ciudades fronterizas como Eagle Pass y Del Rio, ambas en el estado de Texas, no quieren ahí un muro.

"La forma de proteger la frontera no es con el muro", me dijo Efraín Valdez, el alcalde de Del Rio. El indocumentado "se va a tardar tres minutos más para cruzar, pero de todas formas va a cruzar".

Tres minutos de retraso. Eso es todo. Pero de todas maneras los indocumentados van a seguir cruzando. Con túneles, con escaleras, escondidos en vehículos, nadando y saltando. El hambre es más fuerte que el miedo.

El año pasado se construyeron 265 millas de muro en la frontera, según informó el propio Secretario de Seguridad Interna, Michael Chertoff. Y esperan llegar a un total de casi 700 millas en este 2008. ¿El costo? Estratosférico. Unos 70 millones de dólares por cada milla de muro. Y todo para retrasar tres minutos el paso de los indocumentados.

"El muro va a dar una imagen falsa de seguridad", me comentó en una entrevista Chad Foster, el alcalde de Eagle Pass. ¿Para qué construir un muro", se pregunta Foster "si ya tenemos una división natural que es el río Bravo (o río Grande, como se le dice en Estados Unidos)?"

Efectivamente el río Bravo/Grande delimita desde 1848 las 1,254 millas de frontera entre México y el estado norteamericano de Texas. Además, asegura el alcalde Foster, ya hay sensores y agentes de la oficina del sheriff, de aduanas, de la Guardia Nacional y del servicio de inmigración patrullando la frontera. "Pedimos asegurar la frontera de Texas con más tecnología", no con un muro, me comentó Foster.

Cuidado. No es que los alcaldes Valdez y Foster, junto con muchos más en Texas, quieran una frontera abierta con México. Pero no creen que el muro va a funcionar para detener el flujo de indocumentados que entran a razón de uno por minuto. El muro es una medida de fuerza ante un problema económico.
Mientras haya gente con hambre y sin empleo en América Latina, y comida y trabajo y educación y oportunidades para ellos en Estados Unidos, van a seguir jugándosela y cruzando ilegalmente.

Durante el último año murieron exactamente 400 inmigrantes en su intento de cruzar. Es una cifra ligeramente menor que el año anterior. Pero aun así es terrible y muy significativa. Nada -- ni el muro, ni los incendios en California, ni las redadas, ni más agentes en la frontera, ni el clima antiinmigrante en el resto del país -- está parando a los indocumentados.

Es preciso buscar otra solución. Y esa es muy clara: legalizar a los que ya están aquí y visas para los que vienen detrás (y que tanto necesita Estados Unidos).

Además de que el muro no sirve para detener a los indocumentados, sino sólo para retrasarlos o desviarlos a otras rutas más peligrosas, hay otro asunto importante: el agua.

"Eso nos preocupa", me dijo el alcalde Valdez "porque el muro nos va a quitar el uso del río Grande; nos va a quitar el agua". El 95 por ciento de los terrenos en Texas que colindan con México son propiedad privada. Esos rancheros no podrán llevar a sus animales a tomar agua al río. Y será más complicado que estos texanos utilicen el agua del río para irrigar sus cosechas, ya que habrá una pared de por medio.

Hay más. Los alcaldes temen que en el preciso instante en que se empiece a construir un muro en la frontera texana, el río Grande/Bravo quedará, en la práctica, del lado mexicano. El tratado internacional entre México y Estados Unidos establece la frontera exactamente a la mitad del río. Pero al construir el muro del lado norteamericano, los alcaldes creen que Estados Unidos le estaría cediendo territorio (y su parte del río) a México; no a nivel legal pero sí físicamente.

Por eso, como me dijo el alcalde Foster, "estamos dispuestos a pelear hasta el fin para que no se ponga una barda en la frontera de Texas".

Construir un muro en la frontera entre México y Texas, como insiste el gobierno del presidente Bush, afectaría el comercio, el medio ambiente, la distribución del agua del río Bravo/Grande, la frontera física entre ambos países y, lo más irónico es que no cumpliría su cometido de evitar el paso de indocumentados.

Sólo los va a retrasar tres minutos.

Tres.

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