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Jorge Ramos
Periodista Internacional

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El último libro de Isabel Allende es el mejor ejemplo de que cualquier vida puede convertirse en una novela, aunque no cualquiera puede escribir una gran novela con su propia vida. Pero Isabel Allende sí pudo. "Todas las vidas pueden contarse como una novela, cada uno de nosotros es el protagonista de su propia leyenda", escribe en su último libro, La Suma de los Días, estructurado en cartas a su fallecida hija Paula.

Lo maravilloso de este libro es la forma en que va ligando a todos los personajes que entran y salen de su "tribu", y la sorpresa de reconocerlos de carne y hueso, a pesar de que cada uno es dibujado y descrito como si fuera una obra de ficción. En este libro, que ya es un besteseller en varios países de iberoamérica, hay mucho de la periodista que fue Allende, durante 20 años, en Chile y Venezuela. Pero con la diferencia que, además del agudo ojo observador, hay una magia flotando en sus páginas. "El misterio", dice, "no es un recurso literario, sal y pimienta para mis libros, como me acusan mis enemigos, sino parte de la vida misma". Vivos y muertos conviven como si la muerte no hubiera sido más que un engorroso trámite burocrático. Los muertos de Isabel están muy vivos; se cuelan como indocumentados a su vida diaria. "¿Milagros? Me parece que ocurren a cada rato..." Para quienes la hemos seguido desde 1982 tras el éxito de La Casa de los Espíritus, ahora tenemos una guía de lo que generó cada uno de sus 17 libros (si contamos el cuento de La Gorda de Porcelana). Es como si ella misma se entrevistara y el resultado es la revelación de (casi) todos sus secretos. "Parece que nací para contar y contar", nos confiesa. "Cualquiera diría que escribir novelas es como plantar geranios. Pasó diez horas al día clavada en una silla dando vueltas a las frases una y mil veces para poder contar algo en la forma más efectiva posible. Sufro con los temas, me involucro a fondo con los personajes, investigo, estudio, corrijo, edito, reviso traducciones y además ando por el mundo promoviendo mis libros con la tenacidad de un vendedor ambulante".

Su imaginación, sin embargo, tiene a la disciplina como extraña acompañante y de ahí surge su filosofía cotidiana. Empieza a escribir sus libros, invariablemente, cada 8 de enero. "Mi abuelo me inculcó en la
infancia la noción estoica de que la vida es dura... La felicidad es una cursilería: al mundo se viene a sufrir y a aprender". Pero eso no es suficiente para entender su oficio.

"La escritura es como el ilusionismo: no basta con sacar conejos de un sombrero, hay que hacerlo con elegancia y de manera convincente". El genio de Isabel Allende está en convencernos que el mundo que plasma en sus novelas está bien afincado en la realidad. Le crees sus invenciones.

En este libro encontramos a la Isabel detrás del Allende. "Willie (su esposo norteamericano) me describe como un huracán en una botella", confiesa. Pero no se queda ahí. "Soy mandona, independiente, tribal y tengo un trabajo poco común que me exige pasar la mitad de mi tiempo sola, callada y escondida".

No es extraño, entonces, que así sean también sus protagonistas. "En casi todos mis libros hay mujeres desafiantes, que nacen pobres o vulnerables, destinadas a ser sometidas, pero se rebelan, dispuestas a pagar el precio de la libertad a cualquier costo". En su página de internet en inglés, Allende reconoce que, más que sus libros, el principal triunfo en su vida es el amor que comparte con su familia. Cierto. Pero la verdad es que su familia está, de alguna manera, en todos sus libros. Su esposo Willie alguna vez le dijo que "tú no sabes lo que sucede a puerta cerrada en otras familias. La diferencia es que en la nuestra todo sale a la luz".

Y en La Suma de los Días conocemos a todos. A fondo. Salvo a uno de sus hijastros que prefirió no ser expuesto. Y quizás esa es la palabra correcta.

Tras un conflictivo incidente en que uno de los miembros de la extendida familia le reconoce a la escritora su verdadera orientación sexual ("-Parece que soy bisexual- me anunció con voz trémula") a ella no le queda más remedio que decir, con humor: "El melodrama familiar continuó, por fortuna, porque sino no ¿de qué diablos iba yo a escribir".

Su talento está en oír sin juzgar. "Yo no tengo autoridad moral para juzgar a nadie; en mi vida he hecho varias locuras por amor y quién sabe si haré algunas más antes de morirme. El amor es un rayo que nos golpea de súbito y nos cambia". Cada uno de los miembros de la tribu Allende, desde sus hijos Nicolás y Paula, hasta aquellos que
tienen la buena fortuna de trabajar con ellos o cruzarse en su vida en una librería, son presentados como esos videos que se filman en la intimidad y que luego terminan circulando por la internet. "Tal vez por eso a nadie le gusta tener a un escritor en la familia", reconoce.

"La situación familiar se resolvió de una manera más o menos normal", cuenta un poco más adelante. "Normal para California; en Chile habría sido un escándalo digno de la prensa amarilla". Isabel Allende no puede dejar de regresar a Chile, físicamente y en la imaginación.

"A menudo, cuando regresó a casa después de un viaje, tengo la impresión de haber andado en círculos treinta años para acabar de nuevo en Chile". Es Isabel Allende hablando como Ulises cuando dice en la Odisea: "deseo y anhelo continuamente irme a mi casa".

Pero uno no puede dejar de sospechar que su casa, su verdadera casa, donde está completa, son sus libros. Ahí es donde todo se agolpa.

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