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Jorge Ramos
Periodista Internacional

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Están persiguiendo y atacando los inmigrantes indocumentados como nunca antes. Como si ellos fueran los culpables de los principales males de Estados Unidos. Como si hubieran derribado las Torres Gemelas de Nueva York en el 2001. Como si fueran criminales o terroristas. Como si su presencia fuera una plaga.

Acusar a los indocumentados de todo se ha puesto de moda en la política norteamericana. No había visto nada así en 25 años.

Atacan a los indocumentados porque no hay nadie que los defienda. Los ataques no tienen consecuencias políticas porque los indocumentados no votan. Y ellos no se atreven a denunciar los abusos por temor a que los deporten. Es como pegarle a un niño. Y lo hacen, por igual, la mayoría de los candidatos presidenciales y los principales funcionarios del país.

Tengo tres ejemplos. Ni siquiera durante los recientes incendios en el sur de California se suspendieron las detenciones de indocumentados. Univision reportó que seis inmigrantes fueron detenidos en el estadio Qualcom de San Diego donde se suponía que cualquier persona, independientemente de su estatus migratorio, podía refugiarse de los fuegos.

Además, cuatro de los muertos por esos incendios fueron indocumentados que perecieron al sudeste del condado de San Diego, cerca del cruce fronterizo de Tecate. Este incidente refleja perfectamente los riesgos que enfrentan los indocumentados todos los días al venir a Estados Unidos. Ni siquiera los más fuertes incendios en décadas en California detienen el flujo de indocumentados. Mucho menos lo hará un muro.

Otro ejemplo. El Concilio Nacional de La Raza acaba de dar a conocer un estudio sobre los traumas que las recientes redadas causan en los niños. Tras la detención de 912 indocumentados el último año en tres poblaciones de Colorado, Nebraska y Massachusetts, 506 niños fueron afectados directamente.

Imagínate lo que le pasa a un niño cuando su mamá, su papá o los dos son detenidos y no llegan a recogerlo a la escuela o a dormir a la casa. Las consecuencias son desastrozas: miedos, ansiedad, estrés e incluso hasta pensamientos suicidas.

"Estamos poniendo a los más jóvenes y vulnerables miembros de nuestra sociedad ante un profundo riesgo", dijo Janet Murguia, presidenta de la Raza, al pedirle al Congreso que realice audiencias para estudiar los terribles efectos de las redadas en los niños. En Estados Unidos hay 5 millones de niños que viven con padres indocumentados; 3 millones de los cuales son, además, ciudadanos
estadounidenses.

Ultimo caso. La propuesta del gobernador de Nueva York, Eliot Spitzer, de dar licencias de manejar a los indocumentados ha sido bombardeada en los medios de comunicación más conservadores y en la misma campaña presidencial. No importa que el objetivo del gobernador sea el de mayor seguridad.

"Queremos que nuestras carreteras sean seguras", dijo Spitzer en una entrevista por televisión, luego de explicar que en su estado hay 1 millón de indocumentados.

La presión fue tan grande que el gobernador fue forzado a cambiar su propuesta original y ofrecer, en cambio, tres licencias distintas. Los indocumentados solo podrían recibir una para manejar pero no como identificación oficial ni para subirse a aviones. E incluso esta última propuesta pudiera morir antes de materializarse.

Como vemos en estos tres ejemplos, el ataque contra los inmigrantes indocumentados es a fuego lento, poco a poco, cerrándoles una por una todas las puertas. Lo interesante es que, a pesar de estos ataques, los inmigrantes siguen llegando y los que están aquí no están regresando masivamente a sus países de origen.

Mientras tanto, es casi imposible pasar un día en Estados Unidos sin recibir algún beneficio del trabajo de los indocumentados. Incluso aquellos que más los odian y persiguen, se benefician.

¿Quién cosechó la comida de tu cena o desayuno? ¿Quién construyó la casa o el apartamento donde vives? ¿Quién cocina/limpia o atiende la tienda/el hotel/el restaurante al que fuiste? Pero este mensaje no se escucha. El griterío antiinmigrante domina la política norteamericana.

Hay dos ideas que urge enfrentar en el Congreso: la de legalizar a los indocumentados que ya se encuentran aquí y la de encontrar una manera para que entre legalmente el medio millón de inmigrantes que se cuela a Estados Unidos cada año. Pero seríamos tontos e ilusos si creyeramos que eso va a pasar a corto plazo.

¿Entonces? Los indocumentados esperan; sin gritar mucho y sin moverse mucho. Esperan a que soplen nuevos vientos con un nuevo presidente o presidenta. Como dice un viejo dicho mexicano: "El que se mueve no sale en la foto".

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