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Jorge Ramos
Periodista Internacional

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Cada vez que el presidente George W. Bush toma una decisión sobre Irak, se enloda aún más. A veces me da la impresión -como si fuera una caricatura- de verlo correr sobre el mismo lugar. Pero no hay nada cómico en la imagen. Miles están muriendo mientras él decide cómo ganar la guerra o cómo esconder el fracaso.

En cada uno de los discursos sobre Irak –y ya van ocho desde el inicio de la guerra en marzo de 2003- el presidente nos ha vendido su optimismo, sus mejores deseos, pero no la realidad.

La realidad es que han muerto 3,768 soldados norteamericanos (de acuerdo con el Departamento de Defensa) y más de 72,130 civiles iraquíes (según documenta www.iraqbodycount.org).

La realidad es que en Bagdad no se pueden realizar las actividades más sencillas –ir al mercado, caminar por la calle, asistir al trabajo o a la escuela...- sin correr el riesgo de morir.

La realidad es que Naciones Unidas (ONU) calcula que más de 4 millones de iraquíes han tenido que dejar sus casas; es la crisis de refugiados que más rápidamente crece en todo el mundo.

La realidad es que los iraquíes nunca quisieron a los norteamericanos en su país. "Uno de mis errores fue asumir que los iraquíes y el ejército iraquí agradecerían su liberación", reconoció el general Peter Pace, quien se retira como Jefe del Estado Mayor Conjunto.

En Irak, durante los primeros días de la guerra, yo nunca vi a los iraquíes darle dulces y flores a los soldados norteamericanos. Esa es la realidad que no escuchamos en los discursos presidenciales.

El mismo día en que Bush hablaba de los "éxitos" en la provincia de Anbar, fue asesinado uno de los principales aliados de Estados Unidos en Irak, el jeque sunita Abdul al-Rishwi. ¿Cómo se puede lograr la paz en Irak cuando los mismos iraquíes no pueden reconciliarse entre sí?

Parece que sunitas, chiítas y kurdos preferirían repartirse el país y no ser obligados -primero por Saddam y luego por los soldados norteamericanos- a vivir juntos. La bronca es tan grande que estos tres grupos ni siquiera se han puesto de acuerdo en cómo repartirse las ganancias de la venta del petróleo.

Bueno, por esos supuestos "éxitos" en Irak, Bush anunció que empezará a retirar soldados de Irak. Unos 5 mil regresarán para navidad. Pero en México a eso le llaman "dar atole con el dedo".

Me explico: había 130 mil soldados norteamericanos en enero del
2007; actualmente hay un récord de 169 mil; y para mediados del próximo año volverán a ser 130 mil en Irak. La realidad es que Bush solo ha ofrecido recortar el mismo número de soldados que aumentó hace unos meses.

La realidad es que no está claro qué hace Estados Unidos en Irak. Irak no tuvo nada que ver con los ataques terroristas de Al-Qaeda el 11 de septiembre del 2001. El tirano Saddam Hussein tampoco. ¿Entonces?

El gran misterio de la presidencia de Bush es cómo tomó la decisión de invadir Irak. ¿Por qué? ¿Para qué? Y ahora salirse de ahí es casi imposible.

No me queda la menor duda que la guerra de Irak marcará la vida de toda mi generación. Aunque el próximo presidente o presidenta de Estados Unidos retire la mayoría de las tropas, tendrá que dejar una importante base militar y una enorme embajada -que ya está en construcción en Bagdad-. Entiendo que Al-Qaeda y los terroristas siguen siendo una amenaza real para Estados Unidos y para los norteamericanos. Pero la innecesaria invasión de Irak, lejos de protegernos, nos ha dejado a todos más vulnerables.

Además, los 567.000,000,000 que ya se han gastado en Irak -equivalente a $1,890 por cada habitante de Estados Unidos- hubieran sido mejor invertidos en la captura de Osama bin Laden y en la destrucción de su organización en cada rincón del planeta.

El verdadero problema es que Bush inició un lodazal en Irak sin saber exactamente por qué y sin saber cómo salir de ahí.

Pero sí sabemos dos cosas: una, que no habrá retirada de Irak mientras Bush esté en la Casa Blanca y, dos, que será otro presidente el que nos va a desenlodar.

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