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Jorge Ramos
Periodista Internacional

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Llegué tarde. Elvira Arellano ya no está. Hace unos días la deportaron a México. Pero aquí todo el mundo sigue hablando de ella. Elvira es un símbolo.

Elvira Arellano es la indocumentada mexicana que desafió por un año una orden de deportación al refugiarse en una iglesia de esta ciudad. Pero fue arrestada hace dos semanas tras su sorpresiva llegada a Los Angeles, California.

Quería participar ahí en una marcha a favor de la legalización de 12 millones de indocumentados. Ya no pudo. Fue deportada sin muchas ceremonias a Tijuana, México. Sin embargo, su caso es el mejor ejemplo de por qué no sirven las actuales leyes migratorias de Estados Unidos.

El arresto de Elvira la separó de su hijo de 8 años, Saúl, quien es un ciudadano norteamericano. Miles de familias han sido separadas por las recientes redadas del servicio de inmigración en todo Estados Unidos.

Elvira fue arrestada, pero Osama bin Laden sigue libre. La llamada "guerra contra el terrorismo" debe librarse en contra de verdaderos asesinos y criminales, no en contra de inofensivos trabajadores inmigrantes.

¿Saben cuál fue el delito de Elvira? Conseguir documentos falsos para trabajar limpiando aviones en el aeropuerto O'Hare de Chicago. Sí, es verdad, rompió las leyes. Pero su trabajo beneficiaba a muchos norteamericanos y, además, no le quitó el trabajo a nadie. Sólo quería darle una mejor vida a su hijo. Eso es todo.

Es irónico que un país que fue fundado por inmigrantes, y que hoy en día los necesita más que nunca, se ponga a perseguir a los extranjeros más débiles y desprotegidos. Elvira y millones de inmigrantes no son enemigos de Estados Unidos; Osama sí lo es.

Elvira y millones de inmigrantes no son culpables de los actos terroristas del 11 de septiembre del 2001. Sin embargo, ellos son los que están pagando las consecuencias de una política migratoria que no parece distinguir a los buenos inmigrantes de terroristas potenciales.

Esto ha generado mucho miedo entre los inmigrantes.

Tomé la Blue Line del metro de Chicago -la misma ruta que seguramente tomaba Elvira para ir y regresar del aeropuerto- y ahí las conversaciones en español suelen incluir con frecuencia las palabras "migra" y "redadas".

No exagero lo del miedo. En la Feria del Libro, que organiza con mucho éxito desde 1985 la familia Girón, conocí a Gabriela. Ella y su esposo han decidido regresar a Zacatecas, México, junto con sus tres hijos y tras 13 años en Estados
Unidos, por el temor a las redadas. Y habrá más redadas mientras no cambien las leyes.

Más allá de sus contribuciones económicas, la reforma migratoria debería aprobarse con un simple argumento de seguridad nacional: a Estados Unidos le conviene saber quién vive aquí.

Pero la esperanza de una legalización se pudiera alejar hasta el 2013, como sugirió el congresista demócrata Rahm Emanuel.

Él cree que el debate migratorio no revivirá hasta el segundo período de gobierno del próximo presidente.

A pesar de estas señales de desesperanza, el pasado fin de semana se realizó en Los Angeles la marcha pro-inmigrante a la que Elvira ya no pudo asistir. Pero su tragedia personal no pasó desapercibida. El lema de la protesta fue: "Todos Somos Elvira".

Es cierto. Con muy pocas excepciones, todos los que vivimos en Estados Unidos o nuestras familias vinieron de otro lado. Pero una feroz y extrovertida minoría, cargada de odio y prejuicios, está imponiendo su mensaje antiinmigrante a un país que tradicionalmente ha abierto los brazos a los recién llegados.

Me apenó mucho no haber llegado a tiempo a Chicago para conversar con Elvira. Pero lo más curioso es que me la encontré en las pláticas con cada uno de los inmigrantes que, como ella, aún no se dan por vencidos.

Sí, en este país, todos somos Elvira.

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