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Jorge Ramos
Periodista Internacional

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Por fin, el aprendiz de emperador mostró sus verdaderas intenciones. Hugo Chávez quiere morirse en la presidencia de Venezuela. Al menos ya lo sabemos.

Se acabaron los jueguitos. Se acabaron las mentiras. Ahora sabemos que Chávez nos mintió a todos cuando el 5 de diciembre de 1998 dijo: “Claro que estoy dispuesto a entregar (el poder después de cinco años)”. Nos vio la cara. Era una farsa electoral. Chávez se acaba de desnudar en su reciente discurso de casi cinco horas frente a la Asamblea Nacional cuando propuso un nuevo cambio a la Constitución: "El presidente o presidenta de la república puede ser reelegido o reelegida de inmediato para un nuevo período, así de sencillo". Lo que jode, lo que fastidia, es que trate de vendernos su reelección indefinida como si fuera un gesto verdaderamente democrático, clamado por el pueblo, y no como lo que es: una tramposa maniobra antidemocrática para tratar de justificar su apropiación del poder.

"Yo dudo", dijo Chávez, "que haya otro planeta con una democracia más vital que la que disfrutamos en Venezuela hoy en día".

Siento disentir: Venezuela ya ni siquiera es una democracia. Lo fué. Pero ya no lo es. Y la razón es sencilla. En una democracia gobiernan muchos. Hoy en Venezuela gobierna uno solo.

Chávez está engordando frente a nuestros ojos. Y no me refiero a la robusta papada ni a la nueva talla de sus caros trajes importados. Aquí está el menú de todo lo que se ha comido Chávez: la presidencia, el ejército, la Asamblea Nacional, la corte suprema, los medios de comunicación -con notables excepciones- y la petrolera Pedevesa. Eso no es democracia. Es gula política. Eso es la acumulación de todos los poderes: ejecutivo, legislativo, judicial, militar y el de la prensa. Es increíble que esto esté pasando en pleno 2007 en el continente americano.

La señal más clara de esta gordura de poder es la creciente intolerancia chavista ante las críticas. Ya no da entrevistas a periodistas independientes. ¿Para qué exponerse si en su programa semanal Aló Presidente puede hablar hasta por ocho horas sin una sola interrupción o cuestionamiento?

Y ahora hasta quiere que los extranjeros se callen al llegar a Venezuela. "¿Hasta cuándo nosotros vamos a permitir que venga fulano de tal, de cualquier país del mundo, aquí mismo a nuestra casa, a decir que aquí hay una dictadura, que el presidente es un tirano?" se preguntó Chávez hace poco. Y,
por supuesto, él mismo se contestó. "No, eso está prohibido a los extanjeros". A Chávez le queda chica Venezuela. Con petrochequera en mano busca aliados -Ecuador y Bolivia-, amenaza vecinos -Perú y Colombia-, tuerce brazos -Brasil-, insulta al norte -México y Estados Unidos- y hasta se atreve a hacer campaña política y apoyar candidatos en otros países -como recientemente lo hizo en Argentina.

Así Chávez, que se define como antimperialista, dibuja un imperio chavista en su mente.

Todo esto ocurre mientras a Fidel Castro se le va escurriendo la vida. Chávez -con más salud, menos años y más dinero- le ha quitado ya al dictador cubano el rol del boxeador de la izquierda. Él es el que pega. Él es el que asusta. Él es el que se autopromueve como salvador del mundo. Él que se siente indispensable.

En estos últimos días han surgido, una vez más, los rumores de la inminente muerte de Castro. Las salas de redacción están listas con el obituario y ya se han desempolvado los planes para tratar de llegar a la Habana, cueste lo que cueste, tras el anuncio de su esperada defunción.

En esta ciudad de Miami -donde matamos a Castro dos o tres veces al año para verlo resucitar al tercer día- la gran pregunta es si la dictadura se sostendrá tras la muerte del dictador.

La transición del poder que ya se ha dado en la isla -con el control del día a día en manos de Raúl Castro- destruyó las teorías (y esperanzas) del exilio cubano de que con Fidel enfermo y fuera del poder la democracia se colaría en Cuba. No se coló. Nadie sabe qué va a pasar en una Cuba sin Fidel. Pero lo que sí sabemos es que mientras un dictador se esfuma otro aparece. Chávez, quien constantemente se compara con Bolívar y con Jesucristo, ya encueró sus verdaderas ambiciones: quiere ser el nuevo emperador. Qué calladito se lo tenía.

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