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Jorge Ramos
Periodista Internacional

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Se confunden. Perseguir a indocumentados no es la mejor manera de luchar contra el terrorismo. Estos inmigrantes, que cruzaron ilegalmente la frontera para venir a trabajar, no son el enemigo. Por el contrario, pudieran convertirse en los mejores aliados de Estados Unidos - si los dejan. En los casi 25 años que llevo viviendo en Estados Unidos nunca había visto una campaña antiinmigrante como ahora. Nunca. Por lo que veo y oigo parecería que están culpando a los inmigrantes latinoamericanos de los actos terroristas del 11 de septiembre del 2001 y del fracaso de la guerra en Irak. Como no pueden agarrar a Osama bin Laden y a sus secuaces en la frontera entre Pakistán y Afganistán, la traen agarrada aquí contra trabajadores inocentes.

Las señales están por todos lados. El gobierno del presidente Bush está planeando llevar la persecución de indocumentados hasta sus mismos lugares de trabajo. Se impondrían multas de miles de dólares a las compañías y empleadores que contraten a trabajadores con números del seguro social falsos o correspondientes a otras personas. Y no es ningún secreto que los 12 millones de indocumentados en Estados Unidos sobreviven con identificaciones falsificadas.

Si este plan se pone en práctica va a generar despidos masivos y un ambiente de terror en la comunidad inmigrante. De nuevo, aquí hay que recordar que no estamos hablando de criminales ni terroristas sino de la gente que cosecha lo que comemos, que construye los lugares donde vivimos, que mantiene la inflación bajo control, que paga impuestos, que genera empleos, que toma los trabajos que nadie más quiere, que reemplaza a los norteamericanos que se jubilan y que ayuda a que éste sea un mejor país.

Hay más. La incompetencia del Congreso para negociar y aprobar una reforma migratoria a nivel nacional ha dado por resultado que los estados y las ciudades del país tomen el asunto en sus propias manos. En Hazleton, Pennsylvania, querían prohibir el alquiler de casas y apartamentos a indocumentados hasta que una corte lo evitó por ser una medida inconstitucional. En Kansas quieren que el inglés sea el idioma oficial. Varias ciudades quieren que sus policías se conviertan, también, en agentes de inmigración. Y éstas son las ideas menos radicales. Otras piden, por ejemplo, quitarle desde escuela y servicios médicos a los inmigrantes recién llegados o negarle la ciudadanía estadounidense a hijos de indocumentados. La avalancha antiinmigrante no tiene fin. En lo
que va del año se han aprobado 170 leyes estatales relacionadas con el asunto migratorio, muchas más que las 84 aprobadas en el 2006. Algunas de esas propuestas de ley destilan toneladas de resentimiento y veneno xenofóbico.

El problema está en que si los norteamericanos ven que sus políticos -que deberían ser ejemplo de decencia, sabiduría y compasión- atacan despiadadamente a los indocumentados, entonces ¿qué se puede esperar del resto? Lo mejor de Estados Unidos son sus oportunidades; lo peor es el racismo y la discriminación.

Una encuesta hecha por Sergio Bendixen para el Banco Interamericano de Desarrollo corrobora esta visión. Una tercera parte de los mexicanos y centroamericanos encuestados en español dijo que el principal problema de Estados Unidos es la discriminación. El 83 por ciento de los mexicanos y el 79 por ciento de los centroamericanos consideran, además, que la discriminación va en aumento.

Entiendo que Estados Unidos quiera aplicar sus leyes y proteger sus fronteras. Ese es el derecho de cualquier país. Lo que pasa es que esas leyes no reflejan la realidad del país. No podemos cerrar los ojos ante millones de personas sin documentos y al hecho de que todos los que vivimos aquí somos sus cómplices, ya que nos beneficiamos de su trabajo.

Me temo que lo peor aún está por venir: no habrá reforma migratoria en años, el servicio de inmigración está bajo enorme presión política para aplicar las actuales y defectuosas leyes, las redadas y las deportaciones se van a incrementar y con ellas la separación de las familias, y los grupos más nativistas y conservadores continuarán imponiendo su agenda de odio a una mayoría poco comprometida a actuar a favor de extranjeros.

Perseguir a indocumentados le da a muchos la falsa ilusión de estar luchando contra el terrorismo. Pero no nos equivoquemos. Ninguno de los 19 terroristas que mataron a casi 3,000 inocentes el 9/11 entró por México, o era latinoamericano o hispano. Ninguno. Y ninguno de los indocumentados en Estados Unidos ha tenido algo que ver con la muerte de soldados norteamericanos en Irak. Ninguno.

Si a estos inmigrantes les permitieran quedarse legalmente se convertirían, por simple agradecimiento, en los más firmes defensores de las libertades y del estilo de vida norteamericanos. Además, al identificarlos, Estados Unidos sería un país más seguro contra el terrorismo. Pero no los dejan.

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