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Jorge Ramos
Periodista Internacional

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Soy un número. No, más bien, soy muchos números. La vieja queja de estudiantes, trabajadores, burócratas, clientes y amantes - "quiero que me traten como a un ser humano, no como a un número"- no tiene mucho sentido en esta época.

Con seis mil millones de personas en el mundo, lo único que deseamos la mayoría de las veces es que no nos confundan con otros. En mi caso, hay más de 20 Jorge Ramos viviendo en Miami. Y la manera de diferenciarnos es con números.

Espero que mis hijos, familiares, amigos y compañeros de trabajo me reconozcan por la manera en que los trato, por mis gestos y voz, mis ronquidos y estornudos. Pero más allá de este íntimo círculo, soy un simple número. Vamos a ver.

En Estados Unidos, donde vivo, no eres nadie sin un número del Seguro Social. Sin tu "soshal" no puedes trabajar, no puedes pagar impuestos, ni rentar una casa, no puedes abrir una cuenta de banco, ni comprar un auto o tener una tarjeta de crédito. O sea, no existes. Así que en Norteamérica soy -más que el nombre que tan pacientemente buscaron mis padres y abuelos- una cifra de nueve dígitos que comienza con el cinco y termina con el cero.

El asunto del número del Seguro Social es tan serio para determinar que eres un ser humano vivito y coleante que mi hijo Nicolás, antes de recibir su acta de nacimiento, vio llegar por el correo su social security number. ¡Nicolas -celebramos todos- existes! Y gracias a ese numerito lo pudimos inscribir en el kinder.

Hay más cifras, desde luego. Para algunos en Estados Unidos soy 031658, es decir, mi fecha de nacimiento empezando por el mes y seguido por el día y el año. Sin embargo, en México, donde nací, y en el resto de America Latina, soy 160358. Es cuestión de lógica: el día antes del mes; el mes antes del año.

A veces somos cifras sin razón; números tirados a la licuadora y escogidos al azar. Para el banco soy mi número de cuenta; la verdad no les importa si uso o no el Gilberto como segundo nombre.

Las dos compañías con que tengo tarjeta de crédito me han asignado un largo número; a ellos no les preocupa si duermo con pijama, encuerado o en calzones, siempre y cuando les pague al final de cada mes todo lo que he firmado (incluyendo, claro, los calzones).
Y para aerolínea en que estoy viajando ahora soy el pasajero del asiento 2D del vuelo 912 que despegó a las 7:16 a.m. de la puerta E31 en Miami, y que aterrizará a las 10:00 a.m. en Los Angeles. Tengo un número de viajero frecuente; no necesitan saber si soy gordo o flaco, ni si me da miedo volar.

Para el estado de la Florida soy una extraña combinación de letras y números que aparecen en mi licencia de manejar y que me piden cada vez que pago con cheque. Para la compañía de teléfono en casa soy 10 dígitos con código de área. Y otros diez más para el celular y diez más para la oficina. Mi nombre no me sirve para usar el teléfono. En internet soy dos series impronunciables de letras seguidas de códigos secretos. Y si antes de la época cibernética ya tenía problemas para memorizar todos mis números vitales -además de la placa del auto, la zona postal de mi casa y oficina, aniversarios y cumpleaños- ahora tengo que recordar listas enteras de códigos para tener acceso a información absolutamente personal.

Necesito dos pin (personal identification number o número de identificación personal) tan sólo para prender la computadora, dos más para tener acceso a mi cuenta bancaria, dos para revisar mi fondo de retiro (401K), dos para escuchar los mensajes en la máquina contestadora, uno para hacer llamadas de larga distancia, dos para sacar dinero en los cajeros automáticos con cada tarjeta de crédito y otros más para sacar información de archivo de no sé cuantas páginas de la internet…

Claro, podría apuntar todos estos números y códigos en una libreta o en una agenda electrónica, pero me aterra que se me pierda o me la roben y me quede vacío. Si alguien tuviera acceso a todos mis números me puede dejar en pelotas y con deudas estratosféricas. Así que, por difícil que parezca, he hecho apuntes mentales con métodos nemotécnicos de montañas de códigos, pins, combinaciones y cifras.

Lo preocupante es esos números son el ADN de mi privacidad. Esos números muestran qué como, dónde compro, a dónde viajo, cuánto dinero tengo ahorrado, el lugar en que vivo, la ropa que me pongo, qué escribo, a quién se lo envío, cuánto pago en impuestos, a quién le debo…

Alguien, por ahí, con una simple lista de mis números sabría más de mí que yo mismo. En otras palabras,
Big Brother me tiene agarrado por mis números.

¿Y esta es la libertad que nos iba a dar la nueva tecnologia? A veces me siento esclavo del Palm Pilot y del celular y del iPhone y de las laptop y de las contestadotas y de las instituciones que me piden, a través de una cordial y neutral voz electrónica, que me identifique. "Soy Jorge", me dan ganas de gritar.

De nada sirve. No soy Jorge. Soy un número. No, más bien, soy muchos números.

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