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Jorge Ramos
Periodista Internacional

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El salvador. El salvavidas. El mago. El imán. El mejor jugador del mundo. El más carita. El de las piernas más duras. El que curvéa la pelota como media luna. El futbolista más rico en la historia. El que la pone donde quiere. Todo esto se ha dicho del inglés David Beckham.

Pero también que ya pasó su mejor momento. Que va de retirada. Que viene a jugar en una liga de fútbol bastante mediocre. Que aprovechó su fama (y la de su esposa, Victoria, la ex Spice Girl) para sacar un chequezote en Los Angeles. Que no corre. Que no dribla. Que no tiene nada que ver con Pelé y Maradona. Que ya se olvidó de sus orígenes. Que es un fantoche. O sea, puro humo.

Sea lo que sea, lo vi jugar este sábado pasado y es todo un espectáculo. Su nuevo equipo, el Galaxy de Los Angeles, jugó un partido amistoso contra el Chelsea de Inglaterra y perdió uno por cero.

Sin embargo, el primer pase que dió Beckham cruzó más de media cancha y cayó exactamente a los piés de uno de sus compañeros. Pocos jugadores en el planeta pueden hacer eso.

Tampoco pueden anotar goles, fuera del area grande y en tiros libres, con el chanfle, precisión y fuerza de Beckham. Hasta existe una película -Bend It Like Beckham- que se basa en la casi mágica curvatura de sus chutes de larga distancia.

Y no cabe la menor duda que su carisma en la cancha atrae ratings y espectadores. Cuando Beckham está jugando lo siguen las cámaras y los ojos. Y el billete. Ganará 32 millones y medio en cinco años y otros 250 millones más por la venta de camisetas y boletos, entre varios negocios.

Pero la pregunta es ¿qué hace aquí David Beckham? Este jugador de 32 años de edad no necesita más dinero. Ni fama. Ni experiencia. ¿Entonces?

Se supone que viene a salvar la Major League Soccer (MLS) que ha perdido 350 millones, según la revista BusinessWeek, desde que se estableció en 1993. Aunque esa es una exageración del tamaño del estadio Azteca.

Con Beckham o sin Beckham, el fútbol tiene asegurado su futuro en Estados Unidos, a pesar de que todavía insistan en llamarlo soccer.

Es cierto que pocas veces se juntan más de 30 mil espectadores para los partidos de los 13 equipos de la MLS.

Pero varias cadenas de televisión transmiten todos los partidos del fútbol estadounidense y
más norteamericanos vieron la final de la Copa del Mundo en el 2006 por televisión que cualquiera de los juegos de la Serie Mundial de Beisbol.

Además, la calidad del fútbol estadounidense va para arriba y lejos como despegue de portero. Dos datos: ya se ha vuelto costumbre que Estados Unidos clasifique en los mundiales y que, en cualquier torneo, le gane a México.

Estados Unidos siempre está en la lista de los 20 mejores equipos del mundo y hace tiempo dejó de ser una broma deportiva.

Pero la señal más clara de que Estados Unidos se convertirá, con Beckham o sin Beckham, en una potencia futbolera está en sus más pequeños.

Ya hay 8 millones de niños y adolescentes que juegan fútbol en Estados Unidos, de acuerdo con los cálculos de la cadena CBS, y cuentan con más recursos y mejores instalaciones que cualquier otro país.

Veo con envidia como niños y niñas norteamericanos de 4 y 5 años de edad juegan en torneos los fines de semana, en canchas de pasto artificial, bien uniformados, bien alimentados, bien hidratados, con arbitro y entrenadores. En México yo jugué en la calle y en terrenos baldíos, sin porterías y sin ningún tipo de apoyo de la escuela, del gobierno o de organizaciones deportivas. Y estoy seguro que millones de niños latinoamericanos aún viven la misma experiencia que yo viví hace 40 años.

En cambio, los niños que juegan fútbol en Estados Unidos son realmente privilegiados. Esto, aunado al crecimiento de la población hispana e inmigrante, ha puesto al fútbol en otro nivel. Por eso organizaciones como la del Real Madrid, el Milán y el Guadalajara quieren afincarse en este país.

Sí, es cierto que la presencia de Beckham (y de Cuauhtemoc Blanco que ya debutó con el Fire de Chicago) ayudará a la MLS y a la promoción del fútbol en Estdos Unidos. Pero Beckham, quien acaba de comprar una casa de 22 millones de dólares en Beverly Hills, es quien más se beneficia. David Beckham cayó en blandito. Está en el país que, con él o sin él, va en camino de convertirse en campeón del mundo. Y quizás pueda hacer algo para acelerar el proceso. Aunque en ese equipo Beckham no podrá jugar.

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