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Jorge Ramos
Periodista Internacional

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Matar en Estados Unidos es fácil. Demasiado fácil. El país está inundado por armas de fuego. Hay millones de rifles y pistolas en casas, oficinas,tiendas y escuelas.

Y todo es perfectamente legal.

Comprar una pistola en este país es muy sencillo. Vas a la tienda, escoges la que más te gusta, revisan si tienes antecedentes penales y luego de una breve espera -que varía de estado a estado pero que casi nunca pasa de un mes- tienes la capacidad de matar con arma de fuego. Así de sencillo La peor masacre en una escuela en la historia de Estados Unidos tiene varias explicaciones. Pero la primera, la más sencilla, es que el asesino tuvo acceso a armas de fuego. Si no fuera así, los asesinatos en el Tecnológico de Virginia no hubieran ocurrido.

Portar armas está protegido por la constitución norteamericana. La segunda enmienda establece que “no será violado el derecho del Pueblo a obtener y portar armas.” Y cada vez que se monta un esfuerzo para limitar, regular o desaparecer el derecho a portar armas, se arma un tiroteo legal que lo impide.

Los grupos que defienden el derecho a portar armas en Estados Unidos son muy poderosos financiera y políticamente. Sus millonarias contribuciones a las campañas políticas determinan el futuro de muchos congresistas. Por eso casi nada se mueve en Washington sin su apoyo. Y no están dispuestos a negociar. El actor Charlton Heston sugirió en el 2001 que solo entregaría sus armas de sus "frías y muertas manos".

Durante los próximos días resurgirá el debate sobre el derecho a tener armas de fuego en Estados Unidos. Pero si nos sirve de referencia lo ocurrido tras la masacre en la escuela Columbine, en Colorado donde murieron 15 personas en 1999, nada va a cambiar. Dentro de un año, más o menos, habrá otra masacre si dejan las cosas tal y como están.

En Japón las leyes son distintas y es el país desarrollado con el menor número de muertes por armas de fuego. Sus leyes dicen: "Nadie debe poseer un arma de fuego o una espada..."

Muy pocos japoneses las pueden portar y cada una de las balas adquiridas está registrada a nombre del comprador. En otras palabras, la masacre estudiantil de Blacksburg, Virginia, no podría ocurrir en centros educativos de Tokio, Osaka u Okinawa.

Ahora pongamos la masacre del Tecnológico de Virginia en contexto. La violencia es parte de la sociedad norteamericana
en niveles que no se ven en otros países. Y esto va mucho más allá de portar armas de fuego.

No soy ningún monje pero me sorprenden los innumerables juegos de videos para niños cuyo propósito es asesinar digitalmente al oponente. Juegos de muerte

En una pantalla los niños aprenden a herir, golpear y, eventualmente, decapitar y matar a sus contrincantes. En ese mundo ilusorio la muerte no tiene consecuencias. Pero en el nuestro sí.

Los universitarios de hoy en día llevan al menos una década jugando a matar en videos.

Además, no podemos olvidar que Estados Unidos está enfrascado en dos terribles guerras, en Irak y en Afganistán, donde todos los días nos enteramos por televisión e internet de la muerte de soldados norteamericanos y de civiles iraquíes. La muerte es nuestra acompañante diaria desde marzo del 2003. En una guerra no sólo se vale, sino que se exige, eliminar al enemigo.

Matar deliberada y selectivamente se legitima bajo el argumento de la guerra. Y para muchos jóvenes el terminar con una pareja o pelearse con un amigo o profesor es tan grave o más que una lejana guerra. Es cuestión de punto de referencia.

Nunca sabremos exactamente por qué ese joven se puso a disparar en el Tecnológico de Virginia. Ya es demasiado tarde. Pero en su mente había una guerra. O muchas. Y las armas estaban a su disposición. Una llamada… Termino contándoles una anécdota personal. Poco después de la masacre de Virginia recibí una llamada de mi hija. Ella está estudiando en una universidad del noreste de Estados Unidos.

"Es muy duro Papá", me dijo sin preámbulos. "¿Ya te enteraste de lo que ocurrió?" En su voz se notaba la ingenuidad de quien no acaba de comprender que la próxima vez ella podría ser la víctima. Y qué bueno. No quiero que viva con miedo. Sin embargo, no le quise decir que tuvimos suerte, que estos hechos alocados de violencia son demasiado frecuentes en las escuelas de Estados Unidos y que la próxima vez que ocurra volveré a saltar de mi asiento para asegurarme que no esté pasando en la universidad donde ella estudia. En esta ocasión otros padres están de luto. Y lo que más tristeza me da es que, a pesar de lo que dicen los políticos estos días con la mano en el pecho, las posibilidades son que Columbine, y ahora Blacksburg, se vuelvan pronto a repetir.

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