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Jorge Ramos
Periodista Internacional

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El cine y los cineastas mexicanos están causando un entusiasmo inusitado, tanto en México como en el resto del mundo. Y está bien ganado. El cine que están haciendo los mexicanos da mucho de qué hablar y, en estos momentos, está entre lo mejor del planeta. No exagero y no lo digo yo. Ahí están para probarlo las múltiples nominaciones y premios en Cannes, en los Golden Globe y en el Oscar.

Sin la menor duda, entre los mexicanos más influyentes del último año a nivel global están los directores Alejandro González Iñárritu (Babel), Guillermo del Toro (El Laberinto del Fauno) y Alfonso Cuarón (Niños del Hombre), los actores Gael García Bernal, Diego Luna y Adriana Barraza, el escritor Guillermo Arriaga, la actriz/productora Salma Hayek, los diseñadores de arte Eugenio Caballero (ganador del Oscar) y Brigitte Broch, y los fotógrafos Guillermo Navarro (ganador del Oscar), Rodrigo Prieto y Emmanuel Lubezki, entre otros.

Lo que ellos hacen es visto por cientos de millones en varios idiomas. ¿Qué otro mexicano puede hoy decir lo mismo? Son la mejor tarjeta de presentación que tiene México. Son mexicanos sin miedo. No tienen que pedirle permiso a nadie. Hacen casi todo lo que quieren. Tuvieron éxito en su país y en el extranjero. Hollywood, París y Londres saben pronunciar su nombre.

Ya la hicieron.

Pero la gran ironía, lo triste, es que todos ellos se tuvieron que ir de México para que reconocieran su talento, para seguir creciendo y para hacer las películas que en México no pudieron hacer.

Por eso llama la atención y se agradece que ahora estén tan preocupados por el cine que se está haciendo en México, y por los problemas que enfrentan los cineastas más jóvenes de su país.

Se está haciendo buen cine en México, pero la industria tiene muchos problemas que resolver. Tres generaciones de cineastas se enfrentan al eterno dilema de cómo recuperar la inversión hecha para producir las películas.

También, se trata de encontrar una fórmula para apoyar a todos aquellos que hacen su primera o segunda película. Esto último se logra dándoles, solo a ellos, un mayor porcentaje de las entradas.

Eso es lo que proponen Iñarritu, Cuarón, Del Toro y mucha compañía. Pero barajan también otras posibles soluciones.

Por principio se trata de producir más películas. ¿Cómo? Permitiendo que compañías privadas inviertan en el cine mexicano a cambio de un estímulo fiscal. La Ley 226 deja que una empresa dedique parte de
su pago de impuestos a la producción de películas. Eso está bien. Aunque hay que evitar que el asunto se burocratice con comités, amiguismo y papeleo. Pero eso no resuelve todo el problema del dinero. El cine es arte y negocio. Y resulta ingenuo que toda la inversión de una película se trate de sacar de los boletos de las salas de cine. El productor de una película, en promedio, nunca se lleva más de 15 centavos por cada peso que entra por boletos.

Por eso hay que buscar otras formas de recuperar la inversión. La televisión mexicana debería pagar mucho mejor por transmitir películas e involucrarse en producirlas. La venta de DVDs es otra alternativa financiera (a pesar de las perversas uñas de la piratería). Y, por último, las películas mexicanas no tienen por qué quedarse sólo en México: es preciso que lleguen a los mercados de Sudamérica y España.

Si hoy una película mexicana se gasta más de $3 millones en su producción, difícilmente ganará dinero. Y con ese límite, la calidad y los recursos tienen un tope. Así no se puede competir con las multimillonarias superproducciones hollywoodenses.

No es extraño, pues, que la mayoría de las películas que se exhiben en México sean norteamericanas. Sin embargo, el objetivo es que la mitad de todos los filmes exhibidos en México sean mexicanos. Más allá del negocio de hacer cine y del apoyo gubernamental que requiere para prosperar, México está viviendo un momento fílmico interesantísimo. Sus cineastas están escribiendo, produciendo, actuando y dirigiendo películas con contenidos atrevidos, únicos, atractivos para el espectador y sin temor a probar lo nuevo. No es un cine agachado. Por el contrario, saca la cabeza y se atreve a imaginarse global. Es cine mexicano, con asuntos locales, pero sus temáticas están tocando al resto del mundo.

Una buena historia, aunque se filme en Tepoztlán o Yucatán, puede ser universal. No hay autocensura. Encierran sus sueños, completitos, en latas de celuloide.

Y lo mejor de todo -y he sido testigo de esto- es que la comunidad fílmica mexicana, en lugar de ponerse trabas y zancadillas como en el pasado, está trabajando junta y con muchas ganas.

Últimamente he visto la filmación de varios proyectos y el optimismo es contagioso. Es una actitud ganadora: todo se puede hacer, ninguna competencia es invencible y lo mexicano puede ser, también, lo mejor del mundo, aún con bajos presupuestos.

Los cineastas mexicanos se ven a
tú por tú con cualquiera. El cine mexicano es mucho más que los nombres de famosos que mencioné al principio. Es un quehacer apasionado, en su mayoría, de jóvenes que están recogiendo sus vidas y sus historias para ponerlas en la pantalla grande. Es un cine honesto, neto. De lo único que se trata es que se haga más y se vea más. México -donde el promedio de edad es de 27 años- tiene en su pujante industria cinematográfica un buen modelo de país.

Si México empujara tanto como sus jóvenes cineastas, sería otro país. Pero, al menos, ya se lo están imaginando.

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