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Jorge Ramos
Periodista Internacional

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Uno de cada 25 habitantes de Estados Unidos vive entre el miedo y la esperanza. Tras levantarse, no sabe si será arrestado en la calle o en el trabajo. Tiene terror a las redadas y a ser deportado. Pero escarba las noticias de los periódicos, escucha la radio y no se pierde el noticiero de la noche para saber si, por fin, ha surgido un plan para legalizarlo.

No hay que irse muy lejos para darse cuenta que el miedo se está apoderando de los 12 millones de indocumentados en Estados Unidos. Las redadas son una lotería. Le pueden tocar a cualquiera en Los Angeles, Chicago, Houston, Miami y Nueva York. Pero se están realizando también en lugares como New Bedford, Massachusetts.

En el fondo, las redadas son absurdas; es imposible deportar a sus países de origen a millones de personas. Pero han logrado su objetivo de aterrorizar a una población inocente.

Es importantísimo recordar que los arrestados en estas redadas –las peores desde los años 80- no son criminales ni terroristas. Se trata, simplemente, de trabajadores que alimentan y benefician a los norteamericanos, y que hacen las labores que ellos no quieren realizar.

Se equivocan los que creen que las redadas van a asustar a los inmigrantes que quieren venir al norte. Vean al sur. Cada minuto entra un inmigrante indocumentado a Estados Unidos. Cada año tenemos medio millón de ejemplos de que el hambre es más fuerte que el miedo. Este ambiente cargado de terror es muy parecido al que me tocó vivir en Los Angeles, California, antes de la amnistía migratoria de 1986. Los inmigrantes no se atrevían a ir al supermercado o a las iglesias, ni dejaban ir a sus hijos a las escuelas por temor a las redadas.

Pero al igual que hace un cuarto de siglo, la esperanza está surgiendo del miedo.

Los congresistas Luis Gutiérrez y Jeff Flake acaban de presentar en la Cámara de Representantes un proyecto de ley que está pintado con amarillo de esperanza. No es perfecto. Tiene un montón de castigos y multas. Seguramente será desmenuzado y hecho pedacitos. Pero es lo único concreto que tenemos por el momento para legalizar a los indocumentados. No hay más.

Gutierrez y Flake proponen darle una visa temporal a todos aquellos indocumentados que llegaron a Estados Unidos antes del 1 de junio del 2006 y cumplan varios requisitos más.

El más tramposo de todos obligaría a estos indocumentados a
salir de Estados Unidos para luego regresar legalmente.

Es burocracia pura. Dudo mucho que un indocumentado pobre, con empleo, casa e hijos, que lleva años viviendo escondido, acepte salir de Estados Unidos con la simple promesa de que lo van a dejar regresar.

El problema es que no tenemos otra alternativa. Si ese proyecto se llegara a aprobar, un indocumentado se podría convertir en ciudadano norteamericanos 8 o 9 años después de iniciar sus trámites de legalización. Es un maratón. Pero vale la pena.

Tomo el proyecto Gutiérrez-Flake porque no hay otro, porque es un primer paso, porque si no nos apuramos nos vamos a quedar, otra vez, sin nada. Sin legalización. Sin esperanza.

Así que me quiero agarrar a esa ínfima posibilidad de que avance este proyecto de legalización en la Cámara de representantes, luego en el Senado y que, finalmente, sea firmado por el Presidente Bush. Sé que me estoy agarrando de un hilito. Pero no veo otra solución a corto plazo para sacar a millones de personas de condiciones cercanas a la esclavitud. Tengo prisa.

No podemos esperar. Si este año, digamos para agosto o septiembre, no se aprueba una nueva ley migratoria, habrá que esperar hasta el 2010 para retomar el tema.

El 2008 será un año electoral y el nuevo presidente no se va a aventar la bronca migratoria durante su primer año de gobierno en el 2009. Mi esperanza se basa, también, en la actitud propositiva de muchos inmigrantes. Un ejemplo. El locutor Eduardo Sotelo, mejor conocido como 'El Piolín' y que tiene uno de los programas de radio más escuchados de Estados Unidos -en inglés y en español- está iniciando una campaña para enviar millones de firmas en apoyo a una legalización a los 535 congresistas que pueden aprobar una nueva ley.

El Piolín y sus oyentes han aprendido cómo funciona este país. Y en eso se basa mi esperanza. Mientras tanto, Estados Unidos, la única superpotencia mundial, tiene que encontrar la manera de dejar de perseguir, dentro de su territorio, a sus habitantes más vulnerables. Es una contradicción injustificable que millones vivan con miedo en el llamado país de la libertad.

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