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Jorge Ramos
Periodista Internacional

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Soy adicto a los aguacates. Nada me hace tan feliz como un bolillo con aguacate y sal. Y desde hace sólo unos días puedo escoger entre aguacates de México o de California. Hay sutiles diferencias entre unos y otros, pero mientras sean de la variedad Hass, me los como gustoso. Este es el tipo de aguacate más vendido en todo el mundo: sin sodio, con poca grasa y con un sabor para morirse.

Hasta aquí lo anecdótico. Ahora vienen los aguacatazos.

Desde 1914, los aguacates mexicanos no podían entrar a California, Florida y Hawaii. La excusa era que traían una plaga: la mosca de la fruta. Eso nunca se pudo demostrar. Sin embargo, esa prohibición sí protegió a los 7 mil productores de California, de donde salen 9 de cada 10 aguacates estadounidenses.

Desde 1997 los aguacates mexicanos empezaron a entrar a Estados Unidos debido al Tratado de Libre Comercio (TLC) hasta colarse en 47 de los 50 estados norteamericanos. Pero no fue hasta el pasado 1 de febrero, tras muchas presiones, que el mercado se abrió a todo el país. Cedió como chip en guacamole. No tenía lógica que el país más capitalista del mundo fuera, también, un proteccionista aguacatero.

Y ahora viene la guerra del aguacate. Los agricultores californianos temen que los aguacates mexicanos de importación invadan el mercado norteamericano, les quiten clientes y bajen el precio de esta fruta –no es verdura. Sin embargo, estas son las nuevas reglas del juego. Todos parejos o todos chipotudos. México puede importar aguacates a todo Estados Unidos para sus ensaladas y sandwiches sin restricciones. Y ahora Estados Unidos -mucha atención- va a querer hacer lo mismo con el maíz y el frijol que exporta a México. Ya veremos si México está preparado para esa guerra.

Lo malo para los aguacateros de California es que la guerra verde comienza en mal momento. Hace poco sufrieron unas terribles heladas -perdiendo una tercera parte de su producción- y nada parece moverse en el congreso, dominado por los demócratas, para legalizar a los trabajadores del campo que tanto necesitan. Lo más curioso del caso es que son campesinos mexicanos -igual en Uruapan, Michoacán que en San Diego, California- los que pizcan los aguacates de los árboles. En el fondo, estamos hablando de una fruta mexicana.

Los aztecas le llamaban "ahuacatl" y los conquistadores españoles quedaron prendados de su sabor y consistencia. Ya luego le atribuyeron propiedades sexuales
-era una especie de viagra verde y natural- y no fue hasta 1856 que se registró en Los Angeles el primer árbol de aguacate proveniente de México, según reporta el escritor Kent Harper. Y ahora Estados Unidos, que tiene el ejército más poderoso de la historia y una larga racha de invasiones, corre el riesgo de ser invadido... por aguacates mexicanos. Pero la cosa no es tan grave. México es el principal productor de aguacate del mundo -exportará 220 mil toneladas de aguacate en el 2007- y Estados Unidos uno de los principales consumidores. (En el pasado Super Bowl se consumieron 107 millones de aguacates para guacamole en un solo fin de semana). Tiene sentido, pues, que los vecinos cooperen.

Hay más. Se espera que las ventas de aguacates mexicanos a Estados Unidos aumenten 25 por ciento este año. Y este aumento significa más trabajos para campesinos en México. Y eso es bueno. Son miles de campesinos que, si son bien remunerados, no tienen por qué emigrar al norte. (Ojalá que sus jefes compartan las nuevas ganancias millonarias con sus trabajadores ¿no? Ahí se los dejo de tarea a la Secretaría de Agricultura en México).

Este modelo del aguacate, por llamarle de alguna manera, puede aplicarse con éxito en otras áreas. El nuevo presidente de México, Felipe Calderón, tiene razón al argumentar que la única manera de detener significativamente el flujo de trabajadores mexicanos hacia Estados Unidos es creando buenos trabajos en la república mexicana.

Si Estados Unidos quiere detener la entrada de indocumentados a largo plazo, tiene que realizar inversiones multimillonarias para crear trabajos para mexicanos en México y abriendo sus mercados a productos mexicanos.

Sólo una especie de Plan Marshal para México y América Latina puede eventualmente detener o reducir la inmigración del sur al norte.

Llamémosle el Plan del Aguacate. Esta guerra del aguacate nos está abriendo una oportunidad única de cooperación entre México y Estados Unidos. Es una ruta para el futuro. Y, de paso, todos nos beneficiamos comiendo durante todo el año la fruta más rica y saludable del mundo.

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