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Jorge Ramos
Periodista Internacional

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El pregonero Hugo Chávez anuncia 'el socialismo del siglo 21' con tal inocencia y optimismo, que está claro que se ha saltado muchas páginas de la historia.

De pronto pienso que a este hombre que tanto le gusta compararse con Jesucristo y con Simón Bolívar, nadie le ha dado a leer la historia del colapso de la Unión Soviética y del desmoronamiento del bloque socialista en Europa del este.

Quizás en sus lecturas no ha llegado a ese capítulo. Pero llegará.

Cometeríamos un gravísimo error si descartáramos de un plumazo (o más bien, de un click) a todos los gobiernos izquierdistas que han llegado recientemente al poder en América Latina.

Hugo, Daniel, Evo y Rafa -a los compañeros les gusta llamarse sólo por su primer nombre- ganaron legítimamente las elecciones en Venezuela, Nicaragua, Bolivia y Ecuador porque la gente tiene hambre, desea un buen trabajo, está harta de los partidos políticos tradicionales, de eso que llaman “políticas neoliberales”, y del crimen que se ha apoderado de las calles latinoamericanas.

Si algo ha cambiado en América Latina es que la democracia está amarrando. Bravo. Ya no son gobernantes los que dan un golpe de estado o los que reciben el dedazo. Gana el que tenga más votos en unas elecciones y punto. Eso es nuevo y esperanzador.

También nuevo en la región es que han llegado al poder los que representan a los de abajo y no los que representan a los de arriba. A la izquierda, después de tantas décadas de oposición, por fin le toca gobernar. El problema es cómo va a gobernar.

Hay, básicamente, dos modelos izquierdistas: el moderado -seguido por Néstor, de Argentina, Tabaré, de Uruguay, Lula, de Brasil y Michelle, de Chile- y el radical que propone el lépero del barrio, Hugo Chávez. Chávez es el 'bully' de la clase.

Chávez, sin acordarse de la historia en la segunda parte del Siglo 20, quiere repetir todo lo que falló en los países socialistas de Europa del este a principios del siglo 21: la acumulación del poder en un solo hombre o grupo, la estatización de la economía, la represión a los opositores y la veneración incuestionable al líder.

Si algo caracterizó al socialismo del siglo 20 fueron sus líderes autoritarios. Y yo no creo que el 63 por ciento de los venezolanos que votaron por Chávez en las pasadas elecciones lo hicieron porque querían una dictadura para Venezuela.

Pero para allá van con el plan de
Chávez de gobernar por decreto.

A la larga -todos sabemos- ese sistema socialista tronó y terminó con las dictaduras en Hungría, Polonia, Alemania del Este y compañía. Venezuela va por el mismo camino.

Chávez lo controla casi todo, desde el Congreso (Asamblea Nacional) y la corte suprema, hasta el ejército y el organismo que cuenta los votos. Quiere estatizar las empresas de teléfonos y de electricidad, como si sus funcionarios fueran más eficientes y menos corruptos que los de empresas internacionales.

Reprime con listas negras y amenazas abiertas a los que se oponen o critican su dictadurcita. (Ahí están como ejemplo la guillotina que pende sobre Radio Caracas Televisión y los insultos al Secretario General de la OEA).

Y exige la lealtad e incondicionalidad de un reyezuelo absolutista. Quien no esté con él es un traidor. Pues seremos traidores.

Más que el 'Socialismo del siglo 21', Chávez está bautizando todos los errores del siglo 21. En lugar de crear riqueza, empleos y una sólida estructura económica para Venezuela, el populista Chávez regala dinero a sus amigos extranjeros y a sus electores nacionales.

Con el barril de petróleo a más de 50 dólares, Chávez puede viajar como el rey Midas.

La pregunta es qué va a hacer con todos sus compromisos cuando se acabe la fiesta negra del petróleo. ¿Con qué va a pagar sus deudas y promesas? ¿Cómo va a mantener su popularidad sin dinero para repartir?

Ya veremos si Nicaragua, Bolivia y Ecuador se dejan engatusar por la flauta chavista. Por ahora, la señal más preocupante de que esos nuevos gobiernos pueden seguir la ruta autoritaria es su pública adoración por Fidel Castro.

¿Y el pueblo de Cuba?

¿Cómo alguien que se llama demócrata y que llegó al gobierno a través de unas elecciones puede defender a un dictador que lleva 48 años en el poder, responsable de miles de muertes y que nadie, nunca, ha elegido? ¿Cómo es posible querer y defender la democracia para los venezolanos, nicaragüenses, bolivianos, ecuatorianos, argentinos, brasileños, chilenos y uruguayos pero no para los cubanos de la isla?

Antes de escribir este artículo desde Miami, comí sobre un mantel hecho en la India y tomé agua en un vaso de plástico hecho en China. ¿Por qué ningún país latinoamericano, que está mucho más cerca de Estados Unidos, pudo producirlos?

Porque seguramente sus gobernantes estaban peleándose entre sí sobre el rumbo que debería tomar su país, en lugar de hacer algo concreto para mejorar la calidad
de vida de sus habitantes.

Si América Latina se vuelve a equivocar y toma algunos de los caminos que propone Chávez, corremos el riesgo de la irrelevancia en los próximos 25 años. Así, China y la India nos van a comer el mandado mientras nosotros seguimos discutiendo qué hacer.

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