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Jorge Ramos
Periodista Internacional

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Aquí ya nadie se acuerda del tsunami. O, más bien, nadie quiere acordarse: la memoria es mala para la economía y para el turismo.

A media hora en bote de esta hermosa isla tailandesa, hay playas que han sido literalmente sacadas de postales y revistas: mares transparentes, largas palmeras que se mecen con un cálido viento y arenas blancas donde se sumen lentamente los pies, como si se tratara de un gentil masaje. Los turistas tratan de alejar los melanomas con capas y capas de cremas protectoras. Pero el dios sol es todopoderoso y los atrae, como Icaro, hasta quemarlos.

Nadie parece estar preocupado aquí. Los tailandeses tienen pegada una sonrisa permanente y son, para mí, los seres más cordiales sobre la faz de la tierra. Y el que visita, con tremendos anfitriones y un maravilloso paisaje, no puede más que sentirse agradecido por estar en el reino de Siam.

Sin embargo, durante toda mi estancia en el sur de Tailandia no pude dejar de pensar en el maremoto. El 26 de diciembre del 2004 más de 225,000 personas murieron en este país, Indonesia, y el resto del sudeste asiático por un tsunami. Una ola gigantesca de 20 metros de altura ahogó en una brillante mañana todo lo que encontró a su paso. Y fue mucho.

Klaus, un instructor de buceo alemán, me contó cómo el nivel del mar aumentó repentinamente en el hotel donde aún da clases. Todas las cabañas de madera que tenían una maravillosa vista al mar quedaron destruídas. Y cuando le pregunté si él sabía qué pasó con los turistas que todavía dormían dentro de ellas, se quedó en silencio. Era obvio que murieron; no tuvieron ninguna escapatoria.

Lo sorprendente es que exactamente en el mismo lugar donde estaban esas cabañas que se llevó el mar como si fueran juguetitos de plástico, se han construido otras nuevas. Y estaban todas ocupadas. No es extraño que un europeo o un norteamericano llegue a pagar hasta US$1,000

la noche por alojarse ahí. Esto a pesar del peligro de otro tsunami.

Nadie aquí se quiere acordar de la muerte. La memoria es mala para los nuevos negocios.

Cada vez que le pregunté a algún tailandés sobre el peligro de otro maremoto, me repitió la biblia oficial del turismo. No se preocupe, me dijeron, ya hay instaladas unas alarmas que nos indicarían con por lo menos 15 minutos de anticipación la
llegada de una gran ola.

Detectores en el mar, supuestamente, monitorean un súbito aumento de la marea tras un terremoto en las profundidades submarinas. Un terremoto, causado por el desfase de dos placas tectónicas, ocasionó la tragedia hace dos años y otro similar pudiera ocurrir en cualquier momento.

Las alarmas, al final de cuentas, no me tranquilizaron. Esas quizás funcionen bien en islas grandes como Phuket. ¿Pero qué pasa en las islitas que visité y que ni siquiera aparecen en los mapas?

Los tailandeses tienen una verdadera fascinación con el agua. En ocasiones trae muerte -- como la que llegó con el tsunami -- y en otras es símbolo de vida.

Por ejemplo, ellos celebran su Año Nuevo -- a mediados de abril -- echándose agua, unos a otros, durante tres días seguidos. Como turista es imposible quedar seco; somos el blanco perfecto de los lugareños.

Los adultos te mojan con mangueras y cubetas, mientras que los niños lo hacen con vasitos y pistolas de agua. No hay manera de huir.

Durante el festival del Songkran los tailandeses usan el agua para limpiarse de la mala fortuna durante el año que pasó y para refrescar su destino en el que viene. Empaparse es una forma de celebrar. Los tailandeses son absolutamente lúdicos, son los adultos más infantiles que conozco y, también, los más alegres.

Para ellos casi todo es un juego. Y digo casi, porque eso, sí, se toman muy en serio el rito de rociar con agua a las miles de figuras de Buda que hay por todo el país, como una señal de respeto y buena suerte.

Y así, entre el sol, juegos y ceremonias, es fácil olvidar que la tierra que piso podría quedar bajo agua en solo unos minutos. Le doy una chupada a una extraña pero refrescante bebida verde de jengibre, cierro mi libro, lo descanso sobre la panza, dejó que el calor achicharre todos los malos recuerdos en mi mente y me dejo llevar por la corriente.

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