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Jorge Ramos
Periodista Internacional

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No puedo dejar de pensar en América Latina como un adolescente, un poco confundido, sin saber qué camino tomar. Va dando tumbos y duda sobre cada decisión que toma. Está atolondrado, angustiado y no puede imaginarse cómo será su futuro.

Sin tirar más rollos, las elecciones presidenciales en Ecuador -- este domingo -- son un ejemplo perfecto del dilema que vive esta región de casi 500 millones de habitantes. Ecuador se debate entre un líder radical de izquierda -- el carismático, controversial y enérgico académico Rafael Correa -- y un grupo de candidatos que luchan por distinguirse entre sí pero que acarician más el centro y la derecha.

Correa -- amigo de Hugo Chávez de Venezuela, simpatizante de Fidel Castro de Cuba, contrario a los tratados de libre comercio con Estados Unidos, deseoso de no pagar la deuda externa -- surge por la pobreza que se vive en Ecuador y que obliga a decenas de miles cada año a una angustiosa travesía por mar hacia Estados Unidos o por avión a España. Es fácil entender por qué las encuestas favorecen a Correa: los ecuatorianos están hartos de los partidos políticos tradicionales, tienen hambre, han perdido la fe en su país, no creen que el próximo año estarán mejor que en éste y ven en este candidato izquierdista a alguien distinto.

Y lo mismo puede decirse de Nicaragua, donde el comandante sandinista, Daniel Ortega, regresará a la presidencia en las elecciones del 5 de noviembre si consigue (como sugieren las encuestas) un poquito más del 35 por ciento del voto.

En Nicaragua la memoria es corta y este es un Ortega "light": católico, apostólico y comulgado, medio arrepentido de sus errores y haciendo amigos con sus antiguos enemigos. Su campaña avanza a pesar de las acusaciones de abuso sexual de su hijastra, Zoilamérica Narváez. Ortega -- como Correa en Ecuador, Chávez en Venezuela y Evo Morales en Bolivia -- se ha presentado como la alternativa: a la pobreza persistente, a la corrupción de los políticos de siempre, a la escandalosa acumulación del poder y del dinero, a la injustísima distribución de ingresos y salarios, al abrazo norteamericano, a la guerra en Irak. Y, sí, mucha gente está apostando por ellos. Ortega, Correa, Chávez y Morales se parecen a Ollanta Humala en Perú, a Andrés Manuel López Obrador en México, a Lula da Silva en Brasil, a Nestor Kirchner en Argentina, a Michelle Bachelet en Chile
y a Tabaré Vázquez en Uruguay en que han tomado las causas y los puntos de vista de los de abajo. Ninguno se dio a conocer diciendo que iban a defender los intereses de los de arriba.

Eso los hace diferentes.

Y está perfectamente bien que luchen por quienes han sido olvidados durante cinco siglos. Pero el problema de Ortega, Chávez y Morales -- y dejamos pendiente a Correa por si gana -- es doble: uno, sus fórmulas para acabar con tantos pobres son dudosas y hasta fantasiosas, y dos, pecan de un indefendible autoritarismo.

Son los caudillos del siglo 21.

El más pagado de sí mismo es Chávez. Constantemente se compara con Jesucristo y con Simón Bolivar. Se siente indispensable. "Que no te maten", supuestamente le dijo Castro hace poco en La Habana. "Vive porque la revolución depende de que tú vivas o no vivas". Es increíble que en este 2006 todavía haya líderes -- como Chávez, Ortega y Morales -- que defiendan a un dictador como Castro. Además, es de una hipocresía suprema querer democracia para los venezolanos, nicaraguenses y bolivianos pero no para los cubanos. Dime a quién admiras y te diré quien eres.

Lo que menos necesita América Latina en estos momentos es a un grupito de caudillos con varita mágica y poca tolerancia para los que disienten con ellos. Pero entiendo por qué, para millones de latinoamericanos, es tan apetecible este tipo de figuras mesiánicas. Ante su desesperación -- sin empleo, sin buenas escuelas para sus hijos, con abusos constantes, plagados de delincuencia -- prefieren al que dice ver las cosas como ellos y les ofrece cambiar, de tajo, el sistema. No tienen nada más que perder porque ya lo han perdido todo.

A pesar de sus recientes fracasos en Perú y en México, América Latina parece estar dispuesta a experimentar con las izquierdas en la presidencia. Son, en su mayoría, izquierdas reformadas, suavizadas. Llegan al poder, no con las balas ni la revolución, sino con los votos de los inconformes. Y eso se vale en cualquier democracia. Lo preocupante es que todo este nuevo movimiento de izquierda vaya a fracasar de una forma tan estrepitosa como los gobiernos de derecha que le precedieron en América Latina durante las últimas dos décadas. Pero es posible.

Las
izquierdas tienen la increíble oportunidad, por primera vez en la historia de América Latina, de usar las presidencias para terminar con la endémica pobreza extrema de nuestras mayorías sin ahogar la democracia, que tanto nos costó.

Por eso llegaron al poder. Para eso votaron por ellos.

Pero si fallan -- si dentro de 10 años hay más pobres en Venezuela, en Bolivia, en Nicaragua, en Argentina, en Brasil... -- entonces están condenando a América Latina a la irrelevancia. Si fallan, China y la India estarán a años luz en la competencia por nuevos mercados y nuevas tecnologías. Si fallan y se aferran al poder por el poder mismo, como lo hizo Castro, nadie los va a perdonar. Ni en las urnas ni en las calles ni en sus casas.

América Latina está -- como Larry Darrel, el atormentado y joven protagonista de la novela de Somerset Maugham -- "al filo de la navaja". No hay mucho campo de maniobra.

Si nos volvemos a equivocar, nos borramos del mapa.

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