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Jorge Ramos
Periodista Internacional

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Es increíble que en el congreso de Estados Unidos haya tanta gente que esté convencida que un muro va a detener la entrada de indocumentados provenientes de México y del resto de América Latina. Es de una suprema ingenuidad.

¿De verdad creen los 80 senadores, y los cientos de representantes del congreso norteamericano que votaron a favor de la construcción de un muro de 700 millas, que eso va a detener a un jóven con hambre? En lugar de encontrar una verdadera solución al problema de los indocumentados, Estados Unidos está usando la fuerza. Otra vez. El gobierno norteamericano está enfrentando el tema de la inmigración ilegal como si fuera una guerra y no lo es.

México no está en guerra contra Estados Unidos; los inmigrantes que cruzan al norte no son de Al Qaeda (la organización terrorista de Osama Ben Laden). Los congresistas, en su mayoría republicanos, que votaron a favor de la construcción del muro no quisieron ver a largo plazo. Vieron, de manera míope, las elecciones congresionales del martes 7 de noviembre. El mensaje para los votantes es: "Miren lo que estamos haciendo, voten por nosotros".

Pero en realidad no hicieron nada. Aprobaron, sí, 1,200 millones de dólares para un muro que no va a servir de nada. Nada. La inmigración indocumentada es como un torrente de agua; al enfrentarse a un muro se va por los lados. El medio millón de indocumentados que anualmente vienen a vivir a Estados Unidos cruzarán, sencillamente, por donde no haya muro o donde no haya mucha vigilancia.

La gran ironía es que una buena parte del muro pudiera ser construido por los propios inmigrantes indocumentados que pretende espantar.

El problema de la inmigración ilegal es económico. Mientras haya desempleados en México y empleos para ellos en Estados Unidos, seguirán viniendo. Mientras un mexicano que gane 5 dólares al día en su país pueda ganar eso mismo en una hora en Estados Unidos, seguirán viniendo.

Cada minuto un indocumentado se cuela a Estados Unidos. Cada minuto. Con muro o sin muro. Y eso no va a cambiar. Si los congresistas de verdad hubieran querido resolver el problema migratorio, tendrían que haber incluído dos cosas esenciales en la nueva ley: la legalización de los 12 millones de indocumentados que ya viven en Estados Unidos, y visas (o un programa de trabajos) para los 500 mil que llegan cada año.

Pero no quisieron. Prefirieron jugar a la politiquería, apostar a
reelegirse en unas semanas y postergar la solución de la principal crisis que ha enfrentado este país después del terrorismo.

Los congresistas que votaron por aprobar la construcción de este muro dicen que es solo el primer paso, que ya luego vendrá una "reforma migratoria total". Pero en la política (como en la vida) es inútil tratar de controlar el futuro. Solo cuenta lo que vivimos día a día.

Y no deja de sorprenderme el cambiazo que ha dado el presidente norteamericano George W. Bush. Fíjense.

El 15 de agosto de 2001, en un discurso ante la Cámara de Comercio Hispana en Albuquerque, Nuevo México, Bush dijo que "México es un amigo de Estados Unidos, Mexico es nuestro vecino...y por eso es tan importante para nosotros el destruir las barreras y los muros que pudieran separar a México de Estados Unidos" (George W. Bush. Speech at the Hispanic Chamber of Commerce in Albuquerque, New Mexico. “Mexico is a friend of America, Mexico is our neighbor…and that is why it’s so important for us to tear down our barriers and walls that might separate Mexico from the United States. White House press release). Bueno, ese mismo presidente que hace cinco años quería destruir "las barreras y los muros" en la frontera con México, ahora las condona, las justifica y las manda construir.

¿Qué le pasó al exgobernador de Texas que tan bien entendía a los inmigrantes? ¿Qué le pasó al candidato presidencial que enamoró el voto de los hispanos en 2000 y 2004? ¿Qué le pasó al presidente que consideró alguna vez a México como el mejor amigo de Estados Unidos?

La firma de Bush nunca estuvo en duda. En una entrevista con Wolf Blitzer, de CNN, hace una semana confirmó que firmaría la ley. México, claro, ahora se queja y manda una queja formal por la inminente construcción del muro y reza por que Bush vete la propuesta de ley. Pero parece que en Los Pinos no reciben CNN.

Las buenas intenciones no sirven. Miren cómo terminó el gobierno del presidente mexicano Vicente Fox. El mismo que quería gobernar para los mexicanos de ambos lados de la frontera y que centró su política exterior con Estados Unidos en la negociación de un acuerdo migratorio, nos deja un nuevo muro en la frontera.

¿Dónde están los políticos, los embajadores, los cabilderos y los funcionarios mexicanos que tuvieron que haberse reunidos con todos y cada uno de los
congresistas norteamericanos para evitar la construcción del muro?

El muro es la más clara muestra de que la política exterior de México hacia Estados Unidos terminó en un lodazal.

Se va Fox y nos llega un muro. Por donde quiera que se vea (desde México y desde Estados Unidos) el muro es un error de 700 millas de largo.

Refleja lo peor de Estados Unidos, la ineficiencia de los políticos mexicanos y la tragedia de los que se tienen que ir de la nación donde nacieron. Ese nuevo muro se va a medir, también, en muertes; mientras más largo, más inmigrantes muertos habrá en la frontera. El muro es el fracaso.

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