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Jorge Ramos
Periodista Internacional

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Marimí vive del tango. Varios días a la semana se va al barrio de La Boca y baila tango en la calle para los turistas.

Sus medias caladas están corridas y su cara ojerosa no puede ocultar el cansancio de bailar al aire libre y en pleno invierno. A pesar de que recibe sólo algunos pesos en un botecito de metal -- divididos con otra

bailarina y un bailarín -- hay una enorme dignidad en su porte y en su actitud.

Marimí, vestida de negro y rozando los 25 años, podría ganar más dinero haciendo otra cosa. Pero lo suyo es bailar tango. Cuando la conocí estaba a punto de estrenar una obra musical en un pequeño teatro de la capital. Estaba cansada, pero feliz.

La felicidad no es un sentimiento ampliamente compartido en Argentina. O, al menos, no lo percibí así. Entre los argentinos hay el claro consenso de que hubo tiempos mejores. Y así no dan ganas de sonreír.

Media hora después de aterrizar en el aeropuerto de Ezeiza uno se da cuenta de que Argentina es América Latina y no Europa. Aunque alguna vez, con Carlos Menem de presidente, Argentina se sintió primer mundo. Era más barato vacacionar y comprar propiedades en el extranjero que en territorio nacional.

Con el ilusorio dinero de las privatizaciones y los préstamos, Argentina equiparó su peso al dolar, se declaró rica y se salió del Movimiento de los Países No Alineados. No somos tercer mundo, presumió Menem. Pero el truco no duró mucho. Cuando se acabó el dinero -- porque no había más empresas estatales que vender ni a quien pedirle -- Argentina tocó fondo, uno de cada cinco trabajadores perdió su empleo y los bancos no tuvieron con qué pagar a sus clientes.

En los últimos días he hablado con decenas de argentinos y todos, sin excepción, se han quejado de sus políticos y del "corralito", esa trampa que todavía hoy le impide a los argentinos sacar su propio dinero del banco. Sus ahorros están secuestrados.

Muchos argentinos, entonces, arrastran esa amargura del que fue robado y cargan el resentimiento de no ver en la cárcel a los responsables de su desgracia nacional. Además, oyen con frustración a los turistas con dólares y euros decir que las cosas en Argentina "están muy baratas".

Les incomoda darse cuenta que otros se aprovechan de su situación.

Con el dólar a tres pesos argentinos, el país está
repleto de empresas extranjeras que prefieren, por ejemplo, filmar un comercial en Buenos Aires que en Nueva York. Y dudo mucho que haya otro lugar en el mundo donde hoy se pueda comer en un restaurante de lujo un muy buen bife con chorizo, pasta al dente, ensalada super fresca, y dulce de leche, acompañado con excelente vino de Mendoza, y pagar menos de US$10.

Argentina es hoy una gran ganga. Pocos países dan más por tu dinero.

Pero las compras de los turistas no son un consuelo para los nacionales.

La mayoría es pobre y lo peor es que hay pocos caminos para salir de ahí. El desmantelamiento durante décadas de los programas de salud y educación frenó la movilidad social. Ahora no hay brinco que sirva.

La buena noticia es que Argentina promete crecer al 8 por ciento este año y el desempleo ha bajado al 10 por ciento. Un peso débil ha favorecido las exportaciones y los inversionistas están recuperando la confianza. Argentina, no hay duda, es más estable políticamente. Atrás quedó el fatídico 2001 cuando tuvo cuatro presidentes en 10 días. Y a pesar de los coqueteos del presidente Nestor Kirchner con las izquierdas autoritarias de Hugo Chávez y Fidel Castro, los argentinos no quieren otra dictadura para ellos.

No, no parece haber peligro de un regreso al pasado antidemocrático de la Argentina. Bastante tuvieron ya con la guerra sucia. Esa es una lección bien aprendida.

Pero Kirchner pudiera reelegirse fácilmente a menos que le salga un buen contendiente para las elecciones presidenciales de octubre del 2007.

Una encuesta del Centro de Opinión Pública (CEOP) sugiere que sólo su esposa, la senadora Cristina Fernández, pudiera quitarle el puesto a Kirchner. ¿Cederá él? Y eso sí sería noticia.

De todo esto -- política, comida, tango y más -- hablé con media docena de temerarios taxistas bonaerenses, siempre dispuestos a dar un volantazo y una opinión a la menor provocación. Además ¿para qué someterme a psicoanálisis si por menos de US$2 uno de estos choferes puede resolver todos mis problemas (y los de Argentina) y, además, me lleva a donde quiero?

Dejo la Argentina de Gardel, Evita, el Ché y Maradona con la sospecha de que el país tardará en levantarse por completo. Argentina, como el resto de América Latina, arrastra su historia y le cuesta siempre ver para delante. Cuando se añora tanto el pasado hay pocas razones para ser optimista. Está
claro que, con la excepción de Marimí, en Argentina no se puede vivir del tango.

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