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Jorge Ramos
Periodista Internacional

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Acabo de hacer mi primer viaje en avión desde que entraron en vigor en casi todo el mundo las nuevas medidas antiterroristas y, tristemente, lo puedo confirmar: volar en avión ya no es un placer. Volar ahora en aerolíneas comerciales es como esa terrible y vieja tortura en que dejaban caer gotas de agua sobre la cabeza de un prisionero: te mata, te vuelves loco o, al menos, pierdes la paciencia.Desde que se descubrió un plan para explotar simultáneamente en el aire 10 aviones que partirían de Londres hacia Washington, Nueva York y Los Angeles ya no se puede, supuestamente, llevar ningún tipo de líquido dentro de la cabina. Sin embargo, todo depende de dónde te subas al avión y quién te revise. Hay muchos huecos todavía en los sistemas de seguridad.

Hace unos días volé en una aerolínea estadounidense de Miami a Buenos Aires y, la verdad, la revisión fue muy básica. Me preguntaron si llevaba alguna crema, goma, aerosol o pasta y les dije que no. Me creyeron al igual que a todos los pasajeros que iban delante y detrás de mí.

Pasamos las maletas de mano por el equipo de rayos X y nadie nos volvió a preguntar nada más. Pero me quedé con la duda de si el equipo del aeropuerto podía detectar líquidos y sustancias maleables. Además, nadie estaba revisando manualmente el equipaje que llevaríamos con nosotros. Eran casi las 9 de la noche y había menos agentes en el aeropuerto que durante el día.

Eso sí, tuve que mostrar dos veces mi pasaporte. Antes de las nuevas reglas, sólo había que mostrarlo una vez al entrar al area de las puertas para abordar los aviones.

Las cosas fueron muy distintas cuando regresé de Buenos Aires a Miami. Ahí nadie nos creyó nada. Luego de pasar el equipaje de mano por la máquina de rayos X, nos abrieron las maletas y portafolios a todos los pasajeros sin excepción.

En el piso, junto a los agentes, había cremas humectantes, champús y montañas de maquillaje y perfumes carísimos. Los pasajeros tiraban molestos sus artículos personales sin entender muy bien cómo un rímel, un lápiz labial o gotas para los ojos se podían convertir en una bomba.

"¿Por qué me quita esto?" era la pregunta que se repetía. Y los agentes sólo contestaban, sin alterarse: "Son las nuevas órdenes".

Cuando tocó mi turno de la revisión, me sorprendió que la agente me
quitara una pequeñísima pasta de dientes y una envase chiquitito de crema para las manos; yo creía, luego de leer varios reportes, que podía llevar conmigo cualquier artículo con menos de 4 onzas de contenido. No era así. Sin embargo, la agente dejó que pasara mi desodorante líquido. No entendí muy bien cuales eran las órdenes que ella había recibido. Le hice caso sin protestar. "Mientras más revisen mejor me siento", le escuché decir a un pasajero, "de lo que se trata es que volemos seguros". Asentí moviendo la cabeza.

Por cierto, todas las cosas que están prohibidas se venden en el elegantísimo duty free del aeropuerto Ezeiza de Buenos Aires y se entregan a los pasajeros en la misma puerta del avión: bebidas alcohólicas, perfumes, maquillaje. Es buen negocio, pero esto genera mucha confusión para los pilotos y asistentes de vuelo que nunca sabrán si esos artículos fueron comprados en las tiendas libres de impuestos por una persona a la que le sobraban unos dolaritos o son sustancias explosivas que coló un terrorista.

Todo parece peligroso. Ni siquiera entre los expertos en terrorismo hay consenso sobre qué hacer. Basta con entrar a la internet para darse cuenta lo fácil que es hacer un explosivo.

El problema es que los terroristas van un paso delante de la tecnología. Hoy en día no existen los equipos y detectores necesarios para identificar todas las sustancias detonantes. Los detenidos en Londres, acusados de terrorismo, tenían pensado hacer explotar sus bombas con teléfonos celulares y cámaras fotográficas.

Eso no es todo. Escuché a un experto sugerir por televisión que los terroristas pudieran seguir el ejemplo de los narcotraficantes y tragarse las bombas (o insertárselas en sus cuerpos y en los de sus mascotas) para, luego, tratar de explotarlas en pleno vuelo. Mulas terroristas. Y para eso no estamos preparados.

La otra opción a esta barbarie es llegar 3 horas antes al aeropuerto, registrar todas las maletas y prohibir el equipaje de mano. Un amigo me dijo, medio en broma, que llegará el momento en que todos los pasajeros tendremos que volar en uniformes o pijamas, chanclas y con una bolsita de plástico transparente para nuestra identificación y dinero.

Esta es la época de los malos aires.Posdata: ¡Qué bien se la pasa uno en Buenos Aires! Sólo por eso vale la pena pasar tantos rollos.

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