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Jorge Ramos
Periodista Internacional

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Nos puede pasar a cualquiera. Te subes a un avión, un tipo explota una bomba y cataplum, todo se acabó. Esa es la amenaza del terrorismo. A cualquiera le puede ocurrir. Y esa es la verdadera guerra que hay que ganar. Lo de Irak es otra cosa. En un ratito hablamos de esa otra guerra.

Pero empecemos por lo más básico. Entre la gente que viaja mucho –y temo que me tengo que incluir en esta categoría- hay solo dos tipos de maletas: las que uno lleva consigo como equipaje de mano… y las que se pierden.

Tengo como regla, al igual que muchos viajeros, llevar sólo lo que puedo meter en una maleta de mano. Si no cabe, no lo llevo. Y todo lo que llevo va conmigo en la cabina del avión. Así me he ido desde la India y China hasta Tailandia y Australia.

No soy la excepción. Es mejor repetir calzones que esperar horas para "checar" la maleta en el aeropuerto o a la llegada a tu destino. Claro, si llega. Hace poco vi un reportaje de todas las cosas que se pierden en los aeropuertos, y son para hacer un museo.

Tras descubrirse el plan de explotar 10 aviones que irían de Londres a tres ciudades norteamericanas -Washington, Nueva York y Los Angeles- viajar se ha complicado aún más. Ya no se puede llevar nada líquido -pasta de dientes, desodorantes, cremas, agua para tomar, medicinas, gotas para los ojos- y en cada aeropuerto cambian las cosas que te prohíben.

En Londres no te dejan llevar celular, ipod o computadora. En Miami sí. Y en América Latina aún no saben ni qué hacer. Depende del agente que te toque.

Más allá de que volar ha dejado de ser un placer, la pregunta es si vamos a llegar vivos. Punto.

Yo hice conexión a través de Londres durante la copa del mundo junto con mi hijo. Mi hija lo hizo semanas después y en unos días lo hará mi madre. A cualquiera de nosotros cuatro le hubiera podido tocar un bombazo en el aire. Ese es el terror de volar.

Y esa, la guerra contra el terrorismo, es la que vale la pena pelear. No podemos ser cautivos de un grupo de alucinados que por motivos religiosos y un "coco wash" del demonio están dispuestos a suicidarse
y a llevarse a varios más de corbata.

Y todo para encontrarse con 60 y tantas vírgenes en el cielo.

Recuerdo con cierta nostalgia los tiempos en que los terroristas tenían miedo de morir. Aún recuerdo que cuando secuestraban aviones, la policía y los negociadores asumían que el terrorista quería vivir. Ya no.

Lo que más me sorprende de estos tiempos de terrorismo es que haya tantos jóvenes dispuestos a ser mártires y morir por razones que otros, más cobardes, les enseñaron.

Como quiera que sea, a los terroristas sólo se les gana de dos maneras. Uno, por la fuerza –como hicieron las autoridades británicas, desmoronando un plan que podría haber costado miles de vidas. Y dos, a través de los medios de comunicación a nivel mundial.

Si no convencemos a esos jóvenes musulmanes con deseo de martirio de que nosotros que vivimos en América y en Europa no somos los malos de la película, nada va a cambiar.

Es esa lucha de ideas que estamos perdiendo. Nadie le esta contando a esos muchachos quiénes somos verdaderamente. Y lo que ellos ven en Irak o en el Líbano los radicaliza aún más.

Hay terror en el aire (cuando nos subimos a un avión) porque hay confusión en la tierra. La guerra contra el terrorismo no tiene nada que ver con la decisión de Estados Unidos y Gran Bretaña de invadir Irak. Nada.

La guerra contra Al Qaeda y el gobierno talibán en Afganistán se justificó por las casi 3 mil muertes del 11 de septiembre de 2001. Pero invadir Irak y sacar del poder a Saddam Hussein fue algo muy distinto.

Para muchos norteamericanos esa guerra es injustificable. El 62 por ciento de los estadounidenses -según la última encuesta de la cadena ABC y el diario The Washington Post- desaprueba la forma en que el gobierno del presidente George W. Bush está manejando la guerra en Irak.

Casi 2,600 soldados estadounidenses y más de 30 mil civiles iraquíes han muerto. Y siguen contando. Cuando no encontraron armas de destrucción masiva en Irak, se inventaron que el verdadero objetivo era llevar la democracia al mundo árabe. Bueno, esto tampoco se ha logrado.

"Una guerra civil de baja intensidad y una partición de Irak es un escenario más probable que una exitosa transición hacia una democracia estable" , dijo recientemente y antes de dejar su puesto William Patey, el ex embajador británico en Bagdad.

La guerra en Irak ha multiplicado, no reducido, las
amenazas terroristas.

No hay que hacerse bolas. La guerra en Irak, a pesar de lo que escuchamos todos los días, no debe ser la prioridad; ha sido una carísima y mortífera distracción.

La verdadera guerra que hay que ganar es en contra de los terroristas que quieren destruir la forma en que vivimos y volamos. Esa sí es una guerra que todos podemos apoyar.

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