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Jorge Ramos
Periodista Internacional

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Me he pasado los últimos días viajando entre Miami y la Ciudad de México, es decir, yendo de una incertidumbre a otra.

Más de un mes después de las elecciones del 2 de julio, los mexicanos todavía no saben quién es su presidente electo. Y en Miami, tras 47 años de Fidel Castro en el poder en Cuba, el exilio cubano no sabe si la dictadura está a punto de caer o si sólo se está renovando para no morir.

(Supe que había llegado a Miami cuando, segundos después de aterrizarel avión, uno de los pasajeros recibió una llamada en su celular y luego nos anunció al resto de los pasajeros: "Dicen que Fidel se murió". Esa ha sido, por años, una señal inequívoca de que estás en Miami. Cada año matan a Fidel una o dos veces.) En Cuba y en México nadie sabe, con exactitud, qué va a pasar.

Mexicanos y cubanos (tanto dentro como fuera de la isla) han hecho una ciencia del rumor y la especulación. Cuando falta información y hay vacío de autoridad, el chisme es rey.

La radio y la televisión mexicana, la miamense y la oficial que surge de la Habana están repletas de expertos y malabaristas de la palabra que llenan horas y horas sin decir mucho. Los que realmente saben algo -- sobre la estrategia de Andrés Manuel López Obrador para llegar a la presidencia o respecto de la salud de Fidel -- no están hablando.

Durante días la noticia ha sido que no sabemos nada. Hoy sabemos un poquito más; que habrá un recuento parcial de los votos en México y que Fidel no murió en el quirófano tras "una crisis intestinal aguda con sangramiento sostenido". Pero ese poquito no es suficiente para saber cómo será la vida de los mexicanos y de los cubanos el próximo año.No es lo mismo una Cuba con Fidel que una Cuba sin Fidel.

Con Fidel sigue la represión, los prisioneros políticos, el comandante como dios y única religión, la ideolatría absurda e inexplicable de latinoamericanos que quieren democracia en sus países pero no para los cubanos; con Fidel el miedo se queda a vivir en la isla.

Sin Fidel se abre la posibilidad de que se desmorone el sistema comunista basado en la delación y la fuerza. Sin Fidel se podría decir "Fidel" en las calles de Cuba sin temor. Sin
Fidel, Chávez y Evo se desinflan y desorientan. Sin Fidel, como quería el Papa Juan Pablo II, Cuba se podría abrir al mundo y el mundo abrirse a Cuba. Sin Fidel, su hermano Raúl es sólo Raulito, no el hermano de Fidel. Y eso es mucho decir.Y México también tiene sus serias disyuntivas.No es lo mismo un México con (el conservador) Felipe Calderón como presidente que con (el izquierdista) López Obrador. Uno gobernaría de arriba para abajo y el otro de abajo para arriba. Y aquí el orden de los factores sí altera el producto.

Cuba y Venezuela preferirían lidiar con López Obrador; el gobierno de Estados Unidos, no hay duda, se sentiría más a gusto con Calderón. Con Calderón el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá no se toca; con López Obrador el tratado se rompe en el 2008 pues el gobierno mexicano evitaría la suspensión de subsidios a sus campesinos.

López Obrador sería un cambiazo. Antes y después de las elecciones presidenciales, el candidato perredista ha criticado a todos: empresarios, medios de comunicación, al presidente Vicente Fox, al Congreso, a la Iglesia, a los militares, a las autoridades electorales, al Tribunal

Electoral, a cualquier que no quiera un recuento total de los 41 millones de votos. López Obrador sería un presidente que iría contra la corriente. Así sólo tendría dos opciones: se ahoga o jala al país con él.

Calderón, por su parte, nunca se presentó como el presidente del cambio. Habría continuidad del foxismo al calderonismo, con ajustes leves aquí y allá. Calderón construiría sobre lo que ya se ha ganado. El panista ofrece a México estabilidad; no es el lobo feroz que amenaza destruir la casa a soplidos. Calderón es el que cuida la casa desde dentro.

Las incertidumbres en México y en Cuba vienen del no saber quién se queda en el poder. Y ambos países tienen una larga y fatídica tradición de

depender de los de arriba para sus decisiones más trascendentales. Los de abajo esperan el humo blanco.

El problema es que todo es muy fluído. Fidel dice que cedió el poder a su hermano Raúl pero nadie cree en Cuba (o fuera de Cuba) que eso sea cierto; Fidel, enfermo o no, sigue a cargo del país.

En México, mientras tanto, el conteo oficial de votos aseguró que Felipe Calderón fue el ganador de las elecciones presidenciales. Sin embargo, el que se lleva todos
los días los titulares de la prensa es López Obrador. El protagonista de la política en México sigue siendo el Peje. Y el recuento de más de 3 millones de votos nos regala varios días más de absoluta y deliciosa ambiguedad.

Lo más grave de todo esto es que, cuando nos lleguen las certezas, ni

México ni Cuba quedarán contentos. Ni Fidel, ni Raúl, ni Felipe, ni Andrés Manuel estarán en el poder con el voto de la mayoría de la gente. En la dictadura cubana sólo el voto de Fidel cuenta. Y en la frágil democracia mexicana, el próximo presidente (de un país de 106 millones de habitantes) habrá llegado al poder con sólo 14 ó 15 millones de votos.

Viéndolo así, la incertidumbre actual podria ser el mejor escenario para aprender y para que, a mexicanos y cubanos, esto nunca más nos vuelva a ocurrir.

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