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Jorge Ramos
Periodista Internacional

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México está hundido en el pataleo. Los panistas con quienes he hablado me dicen que Andrés Manuel López Obrador, quien no acepta los resultados oficiales de la elección presidencial, tiene su "sagrado derecho al pataleo". Y lo mismo exactamente escucho de los perredistas sobre la negativa de Felipe Calderón de aceptar un recuento de todos los votos. "Es el sagrado derecho al pataleo de Felipe", me dicen.

Bueno, ni el Instituto Federal Electoral (IFE) se salva; patalea porque se cuestiona su credibilidad y eficacia. El pataleo, claro, se vale. Tienen derecho a quejarse todos los que crean que no están siendo tratados con justicia tras las pasadas elecciones presidenciales. Pero al final debe ganar el que obtuvo más votos.

Punto. La Real Academia de la Lengua Española, en su página de internet, describe el "derecho al pataleo" como la "última y vana actitud de protesta que adopta o puede adoptar el que se siente defraudado en sus derechos." Y en estos momentos casi todos los participantes en las pasadas elecciones presidenciales se sienten agraviados. López Obrador, el candidato del Partido de la Revolución Democrática (PRD) cree que hubo "fraude" el domingo 2 de julio, acusó al presidente de México, Vicente Fox, de "traidor" a la democracia y considera que el proceso electoral fue un "cochinero". Y como él cree, de verdad, que ganó las elecciones, parece estar dispuesto a todo: impugnar resultados, movilizar a miles de simpatizantes, desacreditar al IFE, promover la resistencia civil y nunca reconocer que perdió. Nunca.

López Obrador aún no ha podido demostrar convincentemente que hubo un fraude, ni tampoco cómo miles de mexicanos pudieron hacer trampa el día de las elecciones con tanta supervisión nacional e internacional.

Además, resulta paradójico que se queje de las elecciones presidenciales pero no cuestione los resultados que tanto favorecieron a su partido en la Cámara de Diputados, en el Senado y en la alcaldía de la capital.

Rebelarse es su forma de mantenerse políticamente vivo. López Obrador no puede esperar a las elecciones del 2012. Para entonces el también perredista Marcelo Ebrard, el nuevo alcalde de la Ciudad de México, tendría apenas 52 años de edad y sería más presidenciable que el Peje. Para López Obrador es ahora o nunca.

Por eso su pelea.

El pataleo no es sólo perredista sino también panista. Calderón, el candidato del Partido Acción Nacional (PAN), se niega a que haya un recuento total
de votos, basado en lo que dice la ley electoral. Tiene razón en que las elecciones "se ganan en las urnas, no en las calles". Sin embargo, es muy arriesgado para él asumir la presidencia cuando hay millones de mexicanos que cuestionan su triunfo. Ganar con el 0.58 por ciento o 243,000 votos es el margen más estrecho en la historia electoral de México. Y aunque los panistas estén comprensiblemente molestos con las protestas y maniobras de López Obrador, aún les falta lo más difícil. Están obligados a demostrarle a los que no votaron por Calderón que las elecciones sí fueron limpias y transparentes.

El IFE también está en el pataleo. Su jefe y árbitro máximo, Luis

Carlos Ugalde, fue olímpicamente ignorado por ambos candidatos cuando les pidió esperar a los resultados oficiales antes de declararse como ganador. Y la bronca postelectoral demuestra que a Ugalde y al IFE les falta credibilidad. Si todos los mexicanos y los partidos creyeran ciegamente en la autoridad electoral, no andaríamos en estas broncas.

Los números no nos ayudan a resolver el pataleo. Una encuesta del diario Reforma asegura que solo el 37 por ciento de los mexicanos cree que "sí es necesario" contar todos los votos. Pero el PRD dice que sus estudios internos dicen que "más del 70 por ciento" de la gente sí quiere un recuento.

El problema de fondo es que México tiene una larga historia de fraudes electorales gracias a 71 años de control del Partido Revolucionario Institucional (PRI). El hecho de que la elección del 2000 haya sido limpia no significa que algunos mexicanos olviden todo un pasado de mentiras.

Una elección limpia no hace primavera.

El próximo presidente, para que sea eficaz, tiene que estar a prueba de dudas. Gobernar con un Congreso dividido en tres y un país partido entre ricos y pobres es ya suficiente reto. Pero si a esto le sumamos un problema de legitimidad, como el que tuvo Carlos Salinas de Gortari en 1988, México estaría coqueteando con la ingobernabilidad.

Los votos de la fraudulenta elección presidencial del '88 nunca se recontaron y se quemaron años después. Por eso Salinas de Gortari nunca pudo sacudirse de la sospecha de que ganó con trampa. La elección del 2006 tiene que demostrar que los mexicanos hemos aprendido de
nuestros errores.

Entiendo que las leyes electorales mexicanas no contemplan un recuento de todos y cada uno de los votos. Pero a menos que haya un recuento parcial de las casillas más cuestionadas, no veo otra salida satisfactoria a la actual crisis que vive México.

El respeto al sagrado derecho al pataleo nos ha evitado hechos de violencia. Eso habla bien de la frágil democracia mexicana. Significa que hay recursos legales para no llegar a enfrentamientos. Entonces, por ahora, que siga el pataleo.

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