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Jorge Ramos
Periodista Internacional

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Vine a esta ciudad a ver futbol pero no puedo dejar de pensar en muros. No puedo dejar de pensar en todos los alemanes que murieron tratando de cruzar el muro de Berlín. Tampoco puedo olvidarme de los mexicanos que mueren tratando de cruzar el muro que separa a su país de Estados Unidos.

Los muros son para dividir, para decir: "Esto es lo mío y eso es lo tuyo." Los muros hablan de desconfianza, no de amistad. Los muros se construyen cuando las palabras se agotaron. Los muros son el fracaso del diálogo. Mientras más largos los muros más pequeños son los políticos que los construyen y permiten. Los muros son un insulto para el que está del otro lado. Le dice: "No te quiero aquí conmigo."

Los muros matan.

Hace casi 17 años -- para ser exactos, un 10 de noviembre de 1989 -- llegué a un Berlín que celebraba la caída de su muro. Recuerdo perfectamente a cientos de jóvenes arrancando con sus uñas ensangrentadas pedazos de la pared.

Ahora regreso a otro Berlin, ya sin muro, pero igualmente emocionado.

Esta vez la fiesta es por el Mundial de futbol. Berlín, que representaba lo peor de las dos Alemanias, simboliza hoy lo mejor de una sola Alemania unificada.

Pero una parte del muro sigue ahí. No puedo dejar de verla, aunque trate.

Ya no son los 155 kilómetros de muro, alambre y minas que a partir del 13 de agosto de 1961 empezó a separar Berlín en Este y Oeste. Ahora solo quedan unos 200 metros de una pared llena de graffiti. El simbolismo es brutal.

Este muro representa, a la vez, libertad y muerte. En los 28 años de existencia del muro de Berlín unas 5,000 personas lograron escapar de Alemania Oriental. Libertad. Sin mbargo, 239 personas fueron asesinadas al intentarlo. Muerte.

En el Museo del Muro de Berlín, cerca de donde se encontraba el famoso cruce de Checkpoint Charlie, hay fotografías terribles de quienes murieron al huir. Pero de pronto, mientras camino en el museo, me saltan a la mente las imágenes -- igualmente terribles -- de los inmigrantes mexicanos y latinoamericanos que se mueren en la frontera tratando de entrar de manera ilegal a Estados Unidos.

Y luego me pongo a hacer números. Cada seis meses mueren en la frontera entre México y Estados Unidos el mismo número de personas que murieron durante los 28 años que estuvo en pie el
muro de Berlín. Increíble.

Los muertos que caían en el muro de Berlín eran siempre noticia a nivel mundial y causaban denuncias de políticos y organizaciones internacionales. En cambio, los muertos de la frontera mexicoamericana solo generan silencio oficial. Nada.

El año pasado murieron 464 personas tratando de cruzar de México a Estados Unidos. Unos murieron por el calor del desierto, otros se perdieron en las montañas y algunos más se ahogaron en el río Bravogrande o Grandebravo, como quieran llamarle.

Y no recuerdo a ningún político importante o a las Naciones Unidas o a la Organización de los Estados Americanos quejarse amargamente tras cada una de esas muertes.

Las cosas, desafortunadamente, se van a poner peor. Para fines de este mes ya habrá 2,500 soldados de la Guardia Nacional en la frontera de California, Texas, Nuevo México y Arizona con México. O sea, la militarización de la frontera va. Y la construcción de un nuevo muro es cuestión de tiempo. El Senado quiere un muro de 370 millas y la Cámara de Representantes otro de 700 millas. O sea, el muro va. Será una extensión del que actualmente ya separa a Tijuana de San Diego.

El nuevo muro entre Estados Unidos y México se asemejará al que dividía Berlín. Habrá una muralla de cemento alta y ancha, como en Berlín; alambre de púas para evitar que la salten, como en Berlín; tendrá vigilantes armados esperando al que se atreva a cruzar, como en Berlín, y usarán cámaras de video, sensores y la última tecnología, como en Berlín. Lo único que no habrá son los explosivos.

¿La principal diferencia? Que el muro de Berlín se derrumbó mientras que el de México y Estados Unidos se sigue ampliando. Los alemanes, en este caso, nos dieron un ejemplo y están del lado correcto de la historia. Igual en Berlín que en la frontera mexicoamericana, cualquier muro es una verguenza, una ofensa y, al final de cuentas, un paredón.

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