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Jorge Ramos
Periodista Internacional

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Ya no debería sorprendernos. Pero cada vez que un país latinoamericano escoge a un presidente de izquierda todo el continente abre los ojos. Ya pasó en Argentina, Brasil, Bolivia, Chile, Uruguay y Venezuela. Y esta semana las miradas están puestas en Perú. (Ya luego le tocará su turno a México y Nicaragua.)

La gran pregunta en Perú es si el líder nacionalista Ollanta Humala podrá remontar la clara ventaja que le lleva en las encuestas el ex mandatario Alan García para ganar la presidencia este domingo. Los últimos sondeos que vi sugerían que los votos de la ex candidata Lourdes Flores (que no pasó a la segunda vuelta) se han ido más con Garcia que con Humala. Ya veremos.

Pero independientemente de lo que ocurra en Perú, la candidatura de Humala es otra señal más de la enorme insatisfacción que se vive en América Latina con sus gobernantes y con los supuestos logros de la democracia y los mercados libres.

Un par de meses atrás estuve en "Lima la fea", como le dicen los capitalinos, y da pena ver el contraste de las nuevas construcciones en Miraflores, los hoteles para extranjeros y los restaurantes de lujo sobre la costa con el ejército de desempleados y niños que piden limosna en las calles. A pesar de un crecimiento de casi 7 por ciento el año pasado, uno de cada dos peruanos es pobre.

Según una encuesta del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, nueve de cada 10 peruanos considera que el sistema democrático "funciona mal por culpa de los políticos". Ha caído la confianza que había hace dos décadas -- cuando la región padecía muchos regímenes autoritarios -- de que la democracia vendría a solucionar todos los problemas, desde la disparidad de ingresos hasta la falta de sistemas de salud y educación.

Para todos está claro que la democracia, para que funcione, tiene que ir mucho mas allá de garantizar elecciones multipartidistas, claras y limpias. Eso no ha ocurrido. Eso se llama decepción democrática.

Los latinoamericanos en general, y los peruanos en particular, se han dado cuenta que la democracia no se come. Por esta decepción democrática, en Perú se han ganado elecciones haciendo campaña contra todo.

Así ganó el autoritario Alberto Fujimori -- quien hace poco fue liberado en Chile -- y el impopular Alejandro Toledo. Y ahora es Humala el que se ha erigido como el candidato antisistema.

Humala --
un ex militar golpista, mestizo, que se autodefine como "nacionalista" más no izquierdista -- tuvo éxito en la primera vuelta de las elecciones encasillando a Lourdes Flores como la "candidata de los ricos" y a García como un mal, egocéntrico e hiperinflacionario recuerdo.

Ya en la campaña por la segunda vuelta Humala se enredó. No tuvo una defensa convincente sobre las acusaciones que le hicieron de violación a los derechos humanos -- cuando era un militar -- y sus vínculos con el polémico e injerencista presidente venezolano, Hugo Chávez, lo convirtieron en un submarino perforado. Además, llegó inexcusablemente 20 minutos tarde al único debate presidencial.

Con tantos errores, Alan le comió el mandado y Humala fue obligado a ponerse a la defensiva. Alan, así, se salvó de explicar por qué fue un pésimo gobernante de 1985 a 1990 -- la inflación acumulativa en ese período fue superior al 2,200,000 por ciento -- y de justificar su holgada existencia con el bajo salario de un servidor público.

"Escoger entre Alan y Ollanta es como escoger entre el cáncer y el SIDA", me dijo una periodista peruana. O como dijo el escritor Mario Vargas Llosa, se trata de decidir por el "mal menor". Pero, independientemente del resultado de las elecciones de este 4 de junio, la aparición del candidato Humala tiene una razón de ser: la pobreza de Perú.

Humala, en una larga conversación, me explicó así la desesperanza de muchos peruanos: "Pertenezco a una generación de peruanos que nos hemos dado cuenta que nos ha engañado la clase política tradicional ... los sistemas políticos han colapsado y la población ha sentido que estas democracias representativas no representan realmente los intereses de los ciudadanos".

Humala, entonces, significa el repudio y la frustración de millones de peruanos con la precaria situación del país en que viven.

Y muchos peruanos, aunque crean que García tiene más posibilidades de ganar el domingo, votarán igual por Humala. Es una forma, la única quizás, de registrar su enojo.

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