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Jorge Ramos
Periodista Internacional

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No hay nada más importante para el futuro de Estados Unidos que la inmigración. La economía subirá y bajará. El terrorismo, en un momento dado, dejará de amenazarnos. Pero los inmigrantes cambiarán para siempre la cara de Estados Unidos. Y eso es bueno.

Después de debatir (en televisión y en persona) al menos en cinco ocasiones con el conductor de la cadena CNN, Lou Dobbs, me queda claro que nadie va a quedar satisfecho con la decisión que tome el Congreso norteamericano sobre una reforma a las leyes de inmigración, cualquiera que ésta sea. Sin embargo, es fundamental para el futuro de Estados Unidos que cualquier reforma incluya la legalización de 12 millones de inmigrantes indocumentados y visas de trabajo para los que vienen detrás.

Hablemos claro. Cuando Dobbs y otros llaman "ilegales" (illegals) a

los indocumentados, muchos se imaginan a criminales y terroristas. Y esa percepción está equivocada.

Aquí estamos hablando de gente - mujeres, abuelos, niños, campesinos, trabajadores -- que no tuvo absolutamente nada que ver con los actos terroristas del 11 de septiembre del 2001. Y si bien es cierto que violaron la ley al cruzar la frontera o al quedarse más allá del tiempo establecido en sus visas, también lo es que miles de empresas los contratan y millones de norteamericanos se benefician de su trabajo.

Todos somos cómplices de los indocumentados. Es prácticamente imposible pasar un día sin beneficiarse del trabajo de los indocumentados: comemos lo que ellos cosechan, vivimos en las casas que ellos construyen, cuidan a nuestros niños, pagan impuestos, crean empleos, toman los empleos que los norteamericanos no desean, mantienen la inflación bajo control y pagan por el retiro de una población que envejece rápidamente.

Otra percepción equivocada es que los indocumentados toman más de lo que aportan a la economía. Falso. En 1995 la Academia Nacional de Ciencias (National Academy of Sciences) concluyó que todos los inmigrantes, legales y no, contribuyen US$10,000 millones a la economía cada año. Pero lo que sí es cierto es que el gobierno federal no reparte correctamente el ingreso que recibe de los inmigrantes a las ciudades, condados y estados más afectados por los gastos de salud y educación de los inmigrantes. Eso no es culpa de los indocumentados y se puede cambiar en el presupuesto.

Es increíble que la nación más diversa del planeta someta a millones de seres humanos a la oscuridad y el miedo. Los indocumentados son
seres invisibles para la mayoría de los estadounidenses. No existen en ningún registro oficial. Pero por sus contribuciones económicas y culturales se merecen estar aquí.

Y no, no es una amnistía lo que se está discutiendo en el Senado con la propuesta McCain-Kennedy. Si esta propuesta es aprobada por el

Congreso en pleno y firmada por el presidente George W. Bush, enviaría a los indocumentados al final de la fila y les tomaría 11 años, en promedio, convertirse en ciudadanos norteamericanos (luego de pagar una multa, aprender inglés y demostrar que no deben impuestos y que no son criminales).

Esa legalización resolvería una parte del problema -- la de los que

ya están aquí -- porque la alternativa es impensable. Pudiera costar hasta US$240,000 millones de dólares deportar a la mayoría de los indocumentados.

No me puedo ni imaginar los videos en televisión de agentes federales deteniendo en Los Angeles, Chicago y Houston a familias con niños en los brazos, sacándolos por la fuerza de su casa y poniéndolos en cárceles o centros de detención antes de ser deportados. La imagen de Estados Unidos se dañaría irremediablemente en todo el mundo y la posibilidad de violaciones a los derechos humanos es enorme.

La otra parte del problema migratorio es la de los que siguen llegando. Cada segundo un inmigrante cruza ilegalmente de México a Estados Unidos. Medio millón llega cada año. Y así seguirá ocurriendo mientras en Estados Unidos un trabajador gane 15 ó 20 veces más que en México por realizar la misma labor.

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