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Jorge Ramos
Periodista Internacional

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Hay dos Méxicos separados por una frontera. Y las

diferencias son cada vez más claras.

Está el México de allá, el de los 103 millones de habitantes, el que está sumido en la turbulencia de las campañas por la presidencia, el que cada año expulsa (sin querer queriendo) a algunos de sus mejores trabajadores, el que no acaba de llegar a la modernidad, el que siempre está a punto de ... pero le falta poquito.

Y está el México de este lado, el de acá, al que llegamos los que nos fuimos del de allá, el que se ha formado como una especie de isla con tentáculos dentro de otro país, el de la reconquista cultural, el de 25 millones de personas de origen mexicano, el que sueña sobre el otro México pero no se atreve a regresar porque ¿para qué?

En estas frías calles neoyorquinas es fácil encontrar a los que forman parte del México de este lado: son los que tienen los trabajos más difíciles, los que limpian, los que cocinan y atienden en los restaurantes, los que hacen, en pocas palabras, lo que nadie más quiere hacer. Y cuando les preguntas ¿de dónde éres? la respuesta es casi siempre la misma: de Puebla, de Michoacán, de Oaxaca ... La población mexicana es la de más alto crecimiento en Nueva York.

Pero casi lo mismo se puede decir de California, Texas, Arizona, Illinois o Carolina del Norte. Lo que pasa es que el México de este lado se alimenta del medio millón de inmigrantes que llega cada año y de todos los bebés que nacen aquí de familias mexicanas. Somos muchos y seremos más.

Los mexicanos de este lado seguimos conectados, de muchas maneras, al México de allá: uno de cada tres ha viajado a México el último año; seis de cada 10 ha enviado dinero a sus familiares; y ocho de cada 10 ha llamado por teléfono, según la última encuesta del Pew Hispanic Center. O sea, extrañamos y nos preocupa lo que pasa en el México de por allá.

Sin embargo, mientras más tiempo pasa más nos alejamos. Se nos olvida hablar bien el español. A veces decimos "aseguranza" en lugar de seguro, "troca" en lugar de camión, "parquemos" nuestro auto (en lugar de estacionamos nuestro coche) y llamamos a un "rufero" cuando "liquea" el techo. La televisión, la escuela, la presión laboral y la flojera nos hace saltar al "spanglish".

Decimos que
queremos regresar a México pero pocos lo hacen. "Allá no hay buenas chambas" suelen decirme como explicación. O "pos mis hijos ya nacieron aquí". Yo vine por un año a Estados Unidos y ya llevo 22 aquí.

No soy la excepción.

Claro que nos interesa la política mexicana, pero no mucho más que los resultados de un partido de futbol en el estadio Azteca o de un encuentro internacional de la Selección de México. Y esta falta de interés político e información fue evidente durante el reciente esfuerzo por inscribir a mexicanos para votar desde el extranjero.

De los 10 millones de mexicanos nacidos en México pero que viven en Estados Unidos, solo unos 40,000 podrán votar por correo desde el exterior para las elecciones presidenciales de 2 de julio. ¿Por qué tan poquitos?

Porque el Congreso mexicano limitó mucho el registro de votantes, porque el Instituto Federal Electoral (IFE) no pudo realizar una efectiva y rápida campaña de información en Estados Unidos y porque, la verdad, los mexicanos de acá tienen preocupaciones más apremiantes que las de pagar US$8 para votar por correo.

Cincuenta y cinco de cada 100 mexicanos en Estados Unidos ni siquiera sabían que iba a haber elecciones en México. Y solo siete de cada 100 mexicanos de acá tenían conocimiento de todos los requisitos para votar desde el exterior. Eso demuestra los tristes límites de la improvisada campaña del IFE. Al final de cuentas, República Dominicana podría tener más votantes en el exterior que México, y eso que solo hay 670,000 dominicanos viviendo en Estados Unidos.

Pero más allá de los problemas organizativos y de los candados que le impuso al IFE el Congreso de México, la poca participación política de los mexicanos en el exterior nos sorprendió a muchos. Fuí de los que creyó por años que el voto desde el exterior podría definir una elección muy reñida en México. Y no es así. Ahora sabemos que los mexicanos en Estados Unidos están más preocupados por su vida aquí -- su trabajo, la educación de sus hijos, conseguir casa propia, tener un seguro de salud -- que por seguir de cerca las promesas de los candidatos presidenciales en México.

A pesar de lo anterior, es interesante lo que sugiere la encuesta del Pew sobre los pocos mexicanos que sí podrán votar desde el exterior.

Felipe Calderón (26 por ciento) del Partido Acción Nacional adelanta en la intención de
voto a Andrés Manuel López Obrador (21 por ciento) del Partido de la Revolución Democrática y a Roberto Madrazo (13 por ciento) del Partido Revolucionario Institucional. Esta visión, más hacia la derecha, contrasta con las encuestas en México que siguen apuntando como líder a López Obrador. Hasta en eso el México de acá parece diferenciarse, por ahora, del de allá.

México fue cortado por la mitad hace 158 años. Los dos Méxicos que resultaron viven desde entonces ciclos de acercamientos y alejamientos, no carentes de tensión. Y aunque las diferencias son cada vez más patentes, ninguno de los dos puede entenderse sin el otro. Hay dos Méxicos divididos por una frontera.

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