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Jorge Ramos
Periodista Internacional

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Acabo de ver el video de los momentos que precedieron a la explosión que dejo seriamente heridos al conductor de la cadena de televisión ABC,Bob Woodruff y a su camarógrafo, Doug Vogt. Ambos iban en la parte de afuera de un tanque de las nuevas fuerzas armadas de Irak cerca de la población de Taji, al noroeste de Bagdad. El reportero se ve protegido con un casco y un chaleco antibalas mientras el sol ilumina su cara.

Parecía tranquilo, casi confiado. Pero de pronto el video se ve totalmente negro. Ese fue el momento de la explosión. La bomba a un lado de la carretera fue de tal magnitud que la cámara dejo de funcionar. Ejecutivos de ABC lograron rescatar el video y lo transmitieron como parte de su cobertura de noticias. El reportero y el camarógrafo, sin quererlo, se convirtieron en noticia. Y la pregunta obligada es: ¿vale la pena?

La respuesta es un categórico si. Los reporteros son nuestros ojos en la guerra. Sin ellos no sabemos lo que realmente esta pasando. Suelo desconfiar de los políticos y mas aun cuando están involucrados en un asunto tan mortífero como la guerra. Por más objetivo que pretenda ser, el político (del país que sea) tiene el interés de demostrarle a sus gobernados que tomo la decisión correcta, y por eso tuerce la realidad.

Un periodista no tiene esa presión. Los buenos reporteros solo dicen lo que ven y no necesitan mas. Sin ellos estamos ciegos.

Seamos francos: las cosas no van bien en Irak. El numero de soldados estadounidenses muertos ya llego a los 2,235. Cada dia Estados Unidos se gasta, en promedio, unos US$13 millones en mantener sus operaciones militares en Irak y Afganistan. Y hasta el mismo Presidente George W.

Bush reconocio en su ultimo informe presidencial que "un retiro súbito de nuestras tropas de Irak sentenciaría a nuestros aliados iraquies a la muerte y a la prisión." La nueva democracia en Irak se sostiene artificialmente en los fusiles de los 138,000 soldados norteamericanos.

Por eso necesitamos periodistas en Irak. Para que nos digan que esta pasando allá. Pero el precio ha sido altísimo. Desde marzo del 2003 hasta la fecha han muerto 61 reporteros en Irak, según el Comité para la Protección de los Periodistas. Esta cifra se acerca a la de los 66 reporteros que murieron cubriendo la guerra en Vietnam durante casi dos décadas. Conclusión: hoy los
reporteros mueren con mas frecuencia que antes. Otros, como la reportera independiente Jill Carroll, quien informaba para el diario The Christian Science Monitor, han sido secuestrados. Y cientos mas, como me conto mi valiente amigo Gustavo Sierra, del diario argentino El Clarin, sufrirán por toda su vida las consecuencias sicológicas de informar sobre la muerte.

¿Que hace que un periodista como Bob Woodruff, con cuatro hijos, con uno de los empleos mas prestigiosos de la television en el mundo y con un salario millonario, arriesgue su vida en Irak? La pregunta es viejísima. El periodista de renombre, H.D.S. Greenway, quien ahora escribe para la revista Foreign Affairs, se preguntaba hace poco lo mismo, aunque el si tuvo la sabiduría de sugerir un respuesta. "¿Por que los periodistas buscan ir a la guerra? ¿Es por el glamour, la aventura, la adrenalina?

¿Es el deseo de tener un lugar de primera fila en la historia? ¿Es su deber publico, una forma de avanzar profesionalmente? Es todo lo anterior..."

Es cierto. Me ha tocado estar en cinco conflictos bélicos -- en El Salvador, Kosovo, el Golfo Persico, Afganistan y recientemente en Irak -- y nunca dejas de preguntarte "¿que carajos hago aquí?" Cubrir una guerra es algo repugnante y, a la vez, irresistible.

Los mejores periodistas se dan a conocer en las guerras. No solo porque tienen que enviar su información a tiempo sino porque, antes que nada, están obligados a sobrevivir la violencia. De nada sirve un reportero muerto. De nada.

Lo curioso es que la mayor parte de los periodistas que he conocido en zonas de guerra están ahí por su propia voluntad. Algunos, incluso, han pagado sus pasajes de avión y todos sus gastos para estar ahí. Y eso me recuerda la frase de la escritora Nora Ephron, quien asegura que "la terrible verdad es que para los corresponsales, la guerra no es el infierno. Es algo divertido."

Yo no lo llamaría divertido. Pero pocas veces me he sentido mas vivo que rodeado de tanta muerte. Y hay, lo reconozco, un cierto grado de irresponsabilidad cada vez que cubrimos una guerra.

Durante los primeros dias de la guerra en Irak pude cruzar con un pequeño equipo de televisión a la población de Safwan, al sur del país. Y en un acto casi irracional, nuestro primer impulso fue adentrarnos en Irak, primero caminando y luego en una camioneta. Me acompanaban el productor Rafael Tejero y los camarógrafos Jorge
Solino y Angel Matos.

Pero íbamos solos, sin protección de ningún tipo. Trabajamos muy rápidamente, hicimos algunas entrevistas y un par de presentaciones de televisión para el noticiero antes de salir huyendo de ese lugar. Pero esa aguda percepción o intensísima emoción de estar en el preciso lugar donde cambia el mundo es irrepetible. No hay nada como estar ahí.

Además, sabíamos que estábamos consiguiendo información y video que ponía la noticia de la guerra en su contexto debido. Fuimos de los primeros en informar que los iraquíes no estaban recibiendo con flores y música a los soldados norteamericanos. Hoy eso ya suena a trillado, pero entonces fue noticia. Nuestro riesgo fue mínimo si se compara con el tomado por otros reporteros que cubrían la guerra desde Bagdad o que se unieron a tropas en combate. Otros, mucho mas valientes, nos seguirían. Pero en ese momento nosotros sentimos que nos la estábamos jugando y que valía la pena el riesgo.

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