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Jorge Ramos
Periodista Internacional

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Estoy desconectado. No me puedo comunicar con nadie. Voy sentado en el asiento 13J en un interminable vuelo de Madrid a Miami y no puedo utilizar el teléfono celular ni tengo acceso a la internet o a mis e-mails. No existo para nadie.

A través de la ventana se dibujan las gélidas tierras de Islandia y mi compañera de asiento ronca con un atormentado susurro de animal enjaulado. De sus audífonos se desbordan los gritos de un rapero encojonado pero nada disturba su sueño. En cambio, yo no puedo dormir.

Este es un vuelo de día, una especie de venganza esquimal para que sepamos lo que sufren los habitantes del polo norte cuando el sol que no se quiere enterrar.

Ya me tomé una siesta, vi dos películas, fuí tres veces al baño y le metí cuatro mordidas a un pollo de goma y a una bola de ligas de espagueti (que tanto se parecen a esos platos de comida hechos de plástico y que extrañamente adornan las entradas de los restaurantes japoneses, como si en realidad fueran un anzuelo para los hambrientos).

En verdad, me dan ganas es de chismear con mis amigos por teléfono, contarles de la energía que recoges en las calles de Madrid, y contestar algunos de los 893 correos electrónicos que seguro me esperan en la oficina. Pero no puedo.

Quizás soy un adicto a los e-milios. Hace poco escuchaba en la radio pública de Estados Unidos (National Public Radio, NPR) que, en promedio, los norteamericanos reciben 90 correos electrónicos diarios; esto es un enorme aumento de los 8 que recibían hace cinco años.

Es probable que, ante la falta de e-mails, esté sufriendo a 35 mil piés de altura los mismos síntomas que padecen los que dejan de fumar o de tomar.

Las aerolíneas insisten en que la internet y los teléfonos celulares interfieren con los instrumentos de vuelos de los aviones. Puede ser, aunque nadie se ha tomado el tiempo de explicarnos cómo.

Sin embargo, resulta ridículo que la tecnología nos permita tomarle fotos a la congelada luna de Saturno pero que no hayan podido inventar algo que nos deje hacer llamadas de celular desde el aire. Para mí que hay algo chueco en su argumento. ¿Será que nos prefieren calladitos?

Mis súplicas para conseguir un upgrade a primera clase fueron superadas por un pelón desabrido que llegó al aeropuerto tres horas antes que
yo. Los calambres de las piernas se me han extendido hasta la cabeza y me surge una pregunta asesina: ¿quién diseña estos miniasientos de niños para vuelos trasatlánticos?

Aquí, desde el exilio de clase turista, solo logro ver a lo lejos las nucas de esos privilegiados inquilinos de primera que pagaron dos mil dólares o más por una copa de champaña, un omelet de caviar, un DVD prestado y un asientote que se reclina como cama.

Cada uno tiene, también, uno de esos teléfonos que funcionan con tarjetas de crédito y que te cobran 10 dólares por minuto para que le digas “hola” a tu mamá o a tus cuates desde el cielo. Cada llamada es como un macabro preludio a la muerte; será por eso que nadie los usa.

Mis rodillas rozan con la lija del asiento de adelante. Los ralos pelos de mi vecina están a dos palmas de mis ojos.

Pero la tortura ha empezado a surtir efecto. Como un yogi en plena meditación, comienzo a disfrutar del silencio que me rodea. Faltan varias horas para llegar y no tengo nada que hacer más que pensar y descansar.

No hay teléfonos sonando, ni gente gritándole al aparatito -¿por qué será que subimos tanto la voz al hablar a través de un celular? Tampoco se escuchan dedos neuróticos, bailarines, sobre las teclas de la computadora. No se puede escuchar la radio ni tengo acceso a 250 canales de televisión; no tengo idea de cual es la noticia del día.

El zoom de las turbinas del avión, de pronto, se convierte en un solo om. Y es así que me doy cuenta de la maravilla de estar desconectado.

Nadie sabe donde estoy y nadie se puede comunicar conmigo. Todo tiene que esperar: el beeper, el celular, las llamadas de casa, las citas de trabajo, la taladrante Blackberry, los correos electrónicos, los mensajes instantáneos, los de texto por teléfono, los podcasts (programas de radio por internet) y los blogs cibernéticos. Desaparece la urgencia. No sé nada.

En tierra somos esclavos de la comunicación, vivimos ultraconectados. No hay momento, ni en el baño, en que nos podamos escapar. Existimos rodeados, amontonados.

E incluso cuando te quieres desaparecer, siempre hay alguna cámara jugando contigo al Big Brother; la del banco, la de la tienda, la del trabajo, la de la tele, la de vigilancia, la del voyeur que
te persigue en la playa, la del apartamento y hasta en tu auto. La aldea global es una cárcel.

Ah, pero en el aire nos desconectamos. Los aviones nos permiten recuperar el elusivo arte de estar solos sin sentirnos culpables. Sin embargo, eso también pudiera acabarse en breve.

La Comisión Federal de Comunicaciones de Estados Unidos (FCC) y la Administración Federal de Aviación (FAA) están considerando dos regalitos: acceso a la internet en todos los aviones a partir de este 2006 y el uso de teléfonos celulares, en el aire, poco después. Y de pronto, la idea me aterra: me imagino a mi compañera de asiento hablando durante nueve horas en su celular y estar bombardado por un tecleo interminable de computadoras conectadas a un chat en la internet que me llevaría, sin duda, a buscar la más cercana salida de emergencia. El silencio, de pronto, me conforta.

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