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Jorge Ramos
Periodista Internacional

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Es el primer niño "desaparecido" de la guerra sucia en México que se encuentra con vida.

Se llama Lucio Antonio Gallangos, ahora de casi 33 anos de edad, aunque todavía no se ha acostumbrado a que le digan así. Prefiere, por lo pronto, que le llaman Juan Carlos Hernández, el nombre que le dieron sus padres adoptivos. Pero cualquiera que sea su nombre, el simple hecho de estar con vida saca a relucir uno de los capítulos más oscuros de la historia reciente de México.

Lucio desapareció en 1975 cuando tenía solo 3 años de edad. Un operativo policial en la casa de seguridad donde se escondían sus padres - ambos miembros de la Liga Comunista 23 de Septiembre -- aparentemente lo dejó herido con un rozón de bala en la pierna izquierda y luego fue llevado por cuatro agentes al hospital pediátrico Moctezuma de la ciudad de México.

El niño Lucio fue el único capturado por la policía en ese operativo; todos los demas que estaban en la casa lograron escapar. Era el 3 de junio de 1975. Lucio estuvo en el hospital por nueve días hasta que fue llevado a la Casa Cuna de Tlalpan para ser adoptado.

De sus padres biológicos - Roberto Antonio Gallangos y Carmen Vargas Pérez -- se supo muy poco; que eran guerrilleros, que habían participado en protestas antigubernamentales y que en al menos en una ocasión él - también conocido por su nombre de guerra "Simón" -- fue fotografiado mientras cometía un atraco bancario. Nadie supo nada de ellos tras ese verano de 1975.

Hay una versión no confirmada de que Gallangos tras sobrevivir el asalto a la casa que compartía con sus hijos Lucio y Aleida, trató sin éxito de rescatar a su hijo del orfanato. Documentos oficiales confirman que Gallangos fue arrestado el 17 de junio de 1975 y su compañera, Vargas Pérez, unos días después. Es probable que Gallangos haya sido torturado como sugiere una fotografía aparecida recientemente en la prensa mexicana y obtenida gracias al nuevo acceso a los archivos de la nación.

La suerte de Gallangos y Vargas Pérez está escondida en la memoria de agentes y policías que no quieren recordar. Sus familiares creen que fueron torturados y ejecutados. Sus cuepos nunca han sido encontrados.

Todo esto es nuevo para Lucio, según me contó en una entrevista exclusiva. Hasta hace solo unas semanas él llevaba una tranquila y
apolítica existencia, típica de cualquier trabajador inmigrante en el area de la construcción de Washington, D.C.

Lucio se fue de México hace ocho años ante la imposibilidad de seguir estudiando en la universidad de Puebla y frustrado con trabajos de mesero y de carpintero que no le dejaban más de US$7 diarios.

Pero el mismo día de navidad de 2004, hizo una llamada telefónica que le cambió la vida y que rescata una página escondida de la historia de México.

Lucio estaba viendo la televisión en español el 23 de diciembre del 2004 cuando en el noticiero local, a las 6 p.m., vió una entrevista que le llamó poderosamente la atención. En la entrevista aparecía una mujer llamada Aleida Gallangos que decía venir desde México en busca de su hermano perdido y daba su teléfono. Y él tenía el mismo nombre del hermano perdido de Aleida: Juan Carlos Hernández.

Esa misma noche, luego del noticiero, Lucio/Juan Carlos recibió inesperadamente una llamada desde México. Era su mamá. Y lo que le dijo lo dejó estupefacto.

"Perdóname por no habértelo dicho pero yo no soy tu madre," le dijo llorando la mujer por el teléfono. "Nosotros fuimos a la casa cuna y te adoptamos." El mundo, tal y como lo conocía, se le cayó a Lucio. "Me duele hasta la fecha," me comentó Lucio. "Es un choque enterarte que no eres su sangre."

Durante 33 años, sus padres adoptivos -- Francisca Valadez y Rosendo Hernández -- le habían ocultado que era un niño adoptado.

Pero cuando se enteraron que Aleida, que habia hecho investigaciones en México respecto a su hermano, ya había llegado a Washington D.C. y que lo estaba buscando por nombre y apellido en la televisión, prefirieron ser ellos quienes le dieran a Lucio la dura noticia de que era adoptado.

Lucio no pudo dormir esa noche y en la mañana del 24 de diciembre le habló por teléfono a Aleida. "¿Quien eres?" preguntó ella. "Soy Juan Carlos," contestó. Juan Carlos/Lucio, aún desconfiado y digiriendo la información, tardó cinco días en hacer una cita para ver por primera vez a su hermana biológica en un apartamento de la capital norteamericana. Y así, el 29 de diciembre del 2004, se encontró al primer niño "desaparecido" de la guerra sucia en México.

"¿Eres Juan Carlos o eres Lucio?," le pregunté. "Soy Juan
Carlos y fui Lucio," me contestó, pensando bien cada un de sus palabras. "Mis padres (biológicos) me registraron como Lucio Antonio. Ahora lo sé. Hay una historia de esto, por lo que leí: Lucio lo pusieron por Lucio Cabañas (un líder guerrillero asesinado en México en 1974)."

Lucio, quien nunca ha estado involucrado en asuntos políticos, cree que los agentes que lo llevaron a un hospital cuando él era un niño recibían ordenes y no actuaron por cuenta propia. Luis Echevarría era el presidente de México en esa época.

"En última instancia," le pregunté, "¿tú crees que Echevarría es verría el responsable de la muerte de tus padres?"

"No sé si lo fue," me dijo, "pero no lo evitó."

Ni Lucio ni su hermana Aleida tienen esperanzas de que sus padres biológicos estén con vida. Sin embargo, sí quisieran saber donde fueron enterrados. Mientras tanto, la corroboración de esta historia depende, literalmente, de un pelo o de una gota de saliva.

A pesar de que investigaciones previas, documentos del archivo nacional de México, fotografías y el parecido físico sugieren que Lucio y Aleida sí son hermanos - y que ambos son hijos de los guerrilleros Gallangos y Vargas Pérez - aún no se han realizado las pruebas genéticas para confirmar científicamente su parentezco.

La Fiscalía Especial, encargada de investigar los crímenes del pasado en México, pidió la autorización de Aleida y de Lucio, el pasado 5 de enero, para realizarles las pruebas del DNA. Ambos han aceptado hacérselas. Pero hasta el momento de publicar este artículo, no se habían realizado. Aleida, sin embargo, no tiene la menor duda. Cuando hace poco le pregunté si existía la posibilidad de que Lucio no fuera su hermano, me dijo sin titubear: "Sí es mi hermano, lo sé, estoy segura."

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