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Jorge Ramos
Periodista Internacional

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La decisión de 260 congresistas norteamericanos de construir un muro entre México y Estados Unidos es mucho más que una soberana tontería. Es el triunfo del prejuicio sobre la razón. Es tirar el dinero. Es echarle la culpa a inmigrantes inocentes de los ataques terroristas a Estados Unidos.

Es la explotación del miedo al terrorismo con fines políticos. Es producto de una terriblemente ineficaz política exterior del gobierno mexicano.

Es algo que no sirve para nada y que, al final de cuentas, mata.

La construcción de este muro tiene que ser la peor idea del 2005, cortesía del congreso norteamericano. Es difícil pensar en otra manera en que se puedan desperdiciar US$8,000 millones tan rápidamente. No hay que ser un físico nuclear, ni un neurocirujano, y ni siquiera un tipo brillante

para entender que si construyes un muro de 1,116 kilómetros en una frontera de 3,141 kilómetros, aún te quedan otros 2,025 kilómetros sin muro para cruzar sin visa.

Increíblemente, sin embargo, 260 congresistas estadounidenses -- que se supone forman parte de uno de los grupos mejor informados del mundo -- votaron a favor de una enmienda para construir ese muro. ¿Por qué?

Primero, porque no quieren perder su puesto; aunque sepan que ese muro no va a parar la inmigracion de indocumentados, pocos congresistas se atreven a verse débiles en la guerra contra el terrorismo. Eso es puro populismo: dicen y hacen lo que la gente quiere oir, no lo que funciona. Y segundo, votaron por el muro porque parecen creerle más a la actual propaganda antiinmigrante que a los datos concretos.

Aunque resulte obvio es preciso repetirlo: ninguno de los 19 terroristas que asesinaron a casi 3,000 norteamericanos el 11 de septiembre del 2001 entraron a Estados Unidos por la frontera con México. Ninguno. Y ese muro no va a evitar otro ataque terrorista. Es una falsa ilusión de seguridad.

Hay que perseguir a Osama no a Pedro.

Cada minuto, en promedio, se cuela un inmigrante ilegalmente a Estados Unidos. Cada minuto. Y esto no lo va a detener un muro. El hambre es más fuerte que cualquier muro. Un latinoamericano puede ganar en Estados Unidos 10 ó 20 veces más que en su país de origen. Por eso vienen. Pero deberían ser bienvenidos, no rechazados.

La mayoría del medio millón de inmigrantes indocumentados, que según cálculos del Pew Hispanic Center entra cada año, no es criminal ni terrorista. Estos inmigrantes hacen de Estados Unidos un país
mejor: toman los trabajos que los estadounidenses no quieren, pagan impuestos, crean empleos, controlan la inflación, aportan al retiro de los ancianos y son la columna vertebral de muchas industrias (entre ellas la agricultura, hotelería y construcción, por mencionar solo tres). Hasta los mismos 260 congresistas que votaron a favor del muro se benefician de su trabajo directa o indirectamente.

Los muros matan, igual en el viejo Berlín comunista que en el territorio español de Melilla en el norte de Africa y en la frontera mexicoamericana. El año pasado, según la Patrulla Fronteriza, murieron 464 inmigrantes tratando de cruzar ilegalmente a Estados Unidos. Un nuevo muro, construido en partes de Texas, Nuevo México, Arizona y California, provocaría muchas muertes al obligar a los inmigrantes a tomar rutas cada vez más peligrosas a través de desiertos y montañas.

La culpa del muro, y hay que decirlo, no es nada más de congresistas populistas, mal informados o que explotan el miedo de los votantes estadounidenses. La culpa también es del gobierno mexicano.

La política exterior de México destinada a negociar un acuerdo

migratorio con Estados Unidos ha sido un absoluto fracaso. No ha logrado nada. Por el contrario, ha permitido que la idea más abominable en la relación entre dos países aliados -- la construcción física de una pared divisoria -- avance en Washington.

El gobierno del presidente Vicente Fox no tiene ninguna cabeza visible que todos los días, consistentemente, explique en inglés a periodistas y políticos de Estados Unidos la posición de México. Yo no veo al embajador mexicano en Washington, Carlos de Icaza, ni al canciller Luis Ernesto Derbez en CNN, FoxNews, ABC, CBS o NBC. No es personal. Quizás su labor es calladita. Pero este es el momento de gritar, no de quedarse callados.

La lánguida política exterior de México padece de un enorme vacío de liderazgo y visibilidad.

El expresidente mexicano Carlos Salinas de Gortari puede ser todo lo que ustedes quieran -- hay mucho terreno para tirar dardos -- pero su gobierno sí que sabía hacer campañas de relaciones públicas. Durante la aprobación del Tratado de Libre Comercio (TLC) en el congreso norteamericano en 1993, el gobierno de México contrató a algunas de las agencias de lobby y relaciones públicas más poderosas de Estados Unidos. El gobierno salinista tenía identificados a todos los periodistas y políticos influyentes y cada vez que se hacía un comentario contra el TLC había una llamada telefónica o una
reacción casi inmediata. Sus voceros inundaron por meses los medios de comunicación en inglés y en español.

Fox no ha hecho nada similar y ahí están los resultados: el TLC se aprobó y el acuerdo migratorio no.

¿De qué sirve que en la cancillería mexicana allá en Tlaltelolco tengan un "war room" para saber qué dicen los congresistas norteamericanos sobre el tema migratorio si después no hacen un intensivo seguimiento con visitas, llamadas, comunicados y presión personal? ¿Visitó algún representante del gobierno mexicano a todos y cada uno de los 260 congresistas estadounidenses que votaron a favor del muro?

La política no es un juego de buenas intenciones. En la política las cosas se tienen que pedir, presionar, empujar, exigir. Y si el gobierno de México se dio cuenta que no podía negociar un acuerdo migratorio con el presidente George W. Bush, al menos se debió asegurar que el muro no fuera una idea viable. No hicieron bien su tarea.

La propuesta de "ley de protección fronteriza, antiterrorismo y control de la inmigración ilegal", aprobada ya por la Camara de Representantes y que será estudiada por el senado a principios del próximo año, no resuelve el problema migratorio. Lo retrasa y lo complica. Además, no enfrenta al

elefante blanco: ¿Qué piensan hacer, más allá de criminalizar su presencia, con los 11 millones de indocumentados que ya viven en Estados Unidos? Es imposible e impráctico deportarlos a todos.

La gran ironía es que si el muro acaba por construirse, se hará sin duda con la mano de obra de muchos trabajadores indocumentados. ¿Quién más en Estados Unidos está dispuesto a trabajar por un poquito más de US$5 la hora para hacer barditas inútiles en el desierto?

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