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Jorge Ramos
Periodista Internacional

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Los latinoamericanos le han perdido el miedo a la izquierda.

Atrás quedaron los días en que hablar de partidos o grupos izquierdistas era sinónimo de revolución, de toma del poder por la fuerza, de dictadura del proletariado, de Marx como dios.

Hoy la izquierda latinoamericana ha aprendido a jugar y a ganar en la democracia, a funcionar en sociedades de mercado y en la globalización, y a aprovechar los enormes vacíos que por décadas dejaron los partidos políticos tradicionales.

Es la izquierda enderezada.

El triunfo de la candidata socialista Michelle Bachelet en las elecciones presidenciales del pasado domingo en Chile y las enormes posibilidades de victoria del líder indígena Evo Morales este domingo en Bolivia corrobora la ola izquierdista que se esparce por toda América Latina.

No es llamarada de petate. Pero la izquierda aún tiene que demostrar que, además de ganar elecciones, puede gobernar bien.

Nestor Kirchner en Argentina, Tabaré Vázquez en Uruguay, Lula da Silva en Brasil, Ricardo Lagos en Chile y Hugo Chávez en Venezuela llegaron al poder por el enorme descontento de la gente con los gobiernos que les precedieron. Los latinoamericanos están hartos de políticos llamados liberales o de derecha que se enriquecían mientras sus países empobrecían.

Por eso ahora, tras dos décadas perdidas, los votantes le están dando la oportunidad a la izquierda. La actitud es la siguiente: la derecha y los partidos políticos tradicionales ya trataron y fracasaron, entonces ¿por qué no darle un chance a la izquierda?

Y la esperanza es que ellos roben menos, dirijan mejor, creen más empleos, reduzcan las desigualdades sociales, no repriman con violencia y, sobre todo, que digan la verdad.

El reto central en América Latina es la pobreza. No hay otro. Más de la mitad de los latinoamericanos son pobres y viven con salarios inferiores a cinco dólares diarios. Por eso se quejan y por eso emigran a Estados Unidos. Y la gran tragedia es que las políticas neoliberales de finales del siglo 20 y principios del 21 no han reducido el número de pobres, con la notable excepción de Chile.

Lagos, el saliente presidente de Chile, es el mejor ejemplo de que los políticos de izquierda pueden ser prudentes (por no llamarlos conservadores) en la economía sin sacrificar sus ideales sociales. Hoy hay menos pobres en Chile que cuando Lagos entró al poder.

En cambio, Chávez, el presidente venezolano que busca eternizarse en el poder más allá del 2013, representa como el populismo,
el nacionalismo y la fácil crítica antinorteamericana, puede perjudicar a un pueblo. A pesar de los estratosféricos precios del petroleo, hoy hay más pobres y menos democracia en Venezuela que cuando Chávez entró al poder. Chávez, como soldado, solo sabe usar el lenguaje del enfrentamiento -- y ahí están como muestra los recientes insultos a los presidentes de México y Estados Unidos y a quien se le ponga enfrente -- pero como gobernante y administrador ha resultado ser muy mediocre. Además, su alianza con la Cuba castrista sugiere poca imaginación y un muy enlodado anquilosamiento ideológico.

El hoyo negro de la izquierda latinoamericana es Cuba.

Es incomprensible e inexcusable que líderes que llegaron a la presidencia en elecciones legítimas y competitivas le sigan rindiendo pleitesía al dictador cubano Fidel Castro.

Es una hipocresía mayúscula el querer democracia para los brasileños, argentinos y uruguayos pero no para los cubanos de la isla que ni siquiera pueden usar libremente la internet y que son encarcelados por expresar su oposición al régimen de 46 años.

A Castro y a Chávez, sin duda, les encantaría secuestrar a la nueva izquierda latinoamericana. Sin embargo, el ser demócrata es hoy en día más

importante que el ser izquierdista. Ligarse con alguno de estos dos tiranitos es un beso de la muerte en unas votaciones libres. Vean, por poner un caso, los malabarismos políticos que hace el candidato presidencial del Partido de la Revolución Democrática (PRD) en México, Andrés Manuel López Obrador, para evitar que sus opositores le pongan la etiqueta del "Chávez mexicano". Si la etiqueta pega, pudiera perder las elecciones del 2 de julio del 2006.

Lo que todo esto quiere decir es que hay de izquierdas a izquierdas. Hay una nueva izquierda eficiente, realista, joven y democrática que todavía tiene que desprenderse de la vieja izquierda autoritaria, violenta, reaccionaria, ególatra y terriblemente inútil a la hora de gobernar.

Esta parece ser la hora de las izquierdas en América Latina. Ya lo veremos en la decena de elecciones que tendremos en el 2006. Pero para ser exitosas tienen que dar soluciones concretas a problemas concretos. No basta con llegar al poder. Al final de cuentas las izquierdas, como cualquier forma de gobierno, serán medidas por sus resultados, no por sus discursos.

Luchar por los pobres y por los
más explotados sigue siendo tan idealista hoy como lo fue durante la revolución mexicana en 1910 o la revolución sandinista en 1979. Es una cuestión de énfasis: es defender a los de abajo y no a los de arriba.

Pero no es hasta ahora que se da la posibilidad real de que la mayoría de los casi 500 millones de latinoamericanos sean gobernados por gobiernos de izquierda. A ver como nos va.

Será fácil saber si tienen éxito. Si al final de sus gobiernos hay menos pobres y más jóvenes con buenos trabajos, tendrán éxito.

Si al final de sus gobiernos hay menos políticos ricos, tendrán éxito. Si al final de sus gobiernos hay menos gente que decide emigrar al norte, tendrán éxito.

Si al final de sus gobiernos hay más tranquilidad social y menos criminalidad, tendrán éxito.

Y si al final de sus gobiernos, América Latina, como región, puede competir con China, India, Estados Unidos y la Unión Europea, entonces y solo entonces, tendrán éxito.

Mientras tanto, la izquierda es solo una promesa.

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