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Jorge Ramos
Periodista Internacional

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continua de LA GRAN DECEPCION ......las millones de personas que están haciendo sus maletas en América Latina para venirse a vivir al norte.

La propuesta de Bush no incluye ninguno de estos dos puntos. Así no puede funcionar.

Mi ilusa esperanza de que Bush resolviera el problema migratorio surgió en noviembre de 1999, la primera vez que entrevisté en Austin al entonces gobernador de Texas.

Con una sensibilidad sobre el tema que no había escuchado nunca en un candidato presidencial, Bush me dijo que él entendía por qué un padre o una madre con un niño hambriento en México, donde gana medio dólar al día,decide venir a Estados Unidos a ganar 50 dólares diarios. Salí convencido de que éste era un hombre que, aunque se oponía a una amnistía migratoria como la de Reagan, buscaría una verdadera solución.

Poco después, el 9 de agosto del 2000, en una segunda entrevista -- esta vez en un tren entre Oxnard y Ventura en California -- Bush me dijo que estaba a favor de la reunificación de las familias separadas por problemas migratorios.

Y luego, para mi sorpresa, fue el propio Bush quien me entrevistó y preguntó mi opinión sobre la amnistía; me escuchó atentamente, con respeto y interes. Bien, me dije. Alguien que tiene una actitud así debe de hacer algo concreto respecto de los indocumentados.

Este mismo tema lo repitió Bush, ya como presidente, en un discurso en Ellis Island el 10 de julio del 2001, cuando dijo que "los inmigrantes deben ser recibidos, no con sospechas y resentimiento, sino con apertura y cortesía".

Poco despues, al hablar en Washington el 24 de agosto del 2001, el primer mandatario dijo: "Hay gente en Mexico que tiene niños que no saben de dónde va a salir su próxima comida. Y van a venir a Estados Unidos si creen que pueden ganar dinero aquí. Es un simple hecho". Días después de este último discurso vino la destrucción de las Torres gemelas en Nueva York y parte del Pentágono en Washington, D.C., el 11 de septiembre del 2001 y el tema migratorio quedó envenenado por el terrorismo. La prioridad de Bush -- y de la nación -- cambió y desde

entonces se hizo mucho más difícil la vida para todos los inmigrantes, tanto legales como indocumentados.

Aún así, quise imaginar que durante el segundo
período en el poder, ya sin la carga de la reelección, Bush retomaría el tema migratorio con fuerza y valentía y le buscaría una solución permanente. Un error. ¿Dónde quedó el candidato que ofreció compasión hacia los más explotados del país?

Lo único positivo de todo este debate es que Bush le ha dado al tema migratorio un grado de urgencia similar al de la guerra en Irak. En los dos casos el presidente ha presentado su plan para la victoria. Pero en ambos ronda la fantasma de la derrota.

Bush, para decirlo tal cual, ha salido muy mal parado en el asunto migratorio: los conservadores lo critican por ser demasiado generoso con los indocumentados, los liberales lo acusan de dar soluciones a medias, los mexicanos están frustrados porque no cumplió con sus expectativas de negociar un acuerdo migratorio, y los latinos que votaron por él esperaban mucho más ayuda y comprensión con los indocumentados y refugiados.

Y en esas andamos, dando vueltas. Para terminar, ofrezco un dato más. La primera vez que entrevisté a Bush, en 1999, había 5 millones de indocumentados en Estados Unidos; hoy hay 11 millones y el problema sigue creciendo. Medímos mal a Bush.

Qué decepción. ¿Qué más puedo decir?

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